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Después de elegir el divorcio

Después de elegir el divorcio

Status: Terminada
Genre:Traiciones y engaños / Amante arrepentido / Divorcio / Completas
Popularitas:31
Nilai: 5
nombre de autor: Mutzaquarius

Mela llevaba veinte años siendo la esposa perfecta. Cocinaba, limpiaba, cuidaba a su suegra enferma, criaba a su hija y mantenía en orden un hogar que nunca fue suyo. Todo para que Arman, su marido, pudiera concentrarse en los negocios y construir un imperio.

Hasta que descubrió que, durante la última década, él lo compartía todo con otra mujer.

El día que Mela firmó el divorcio, se llevó consigo una maleta medio vacía, una llave oxidada y una sola certeza: no iba a suplicar. Ni por dinero, ni por una casa, ni por la dignidad que le habían arrancado.

Volvió a Morana, el pueblo donde creció, a la casa de madera que sus padres le dejaron. Allí, con las manos en la tierra, empezó a reconstruirse desde cero: limpió maleza, plantó chiles y verduras, y poco a poco levantó un negocio que nadie esperaba.

Pero Morana también le trajo algo que no buscaba.

Dino. Un hombre sencillo que apareció en el pueblo con la sonrisa fácil y las manos siempre dispuestas a ayudar. Alguien que la miraba sin lástima y la trataba sin condiciones. Alguien que guardaba un secreto capaz de cambiarlo todo.

Mientras Mela construye su nueva vida, la antigua no deja de perseguirla. Arman, arruinado y arrepentido, vuelve a buscarla. Su exsuegra, que la despreció durante años, ahora la necesita. Su propia hija, que eligió quedarse con la amante, empieza a cuestionar esa decisión.

Y en medio de todo, un enemigo invisible lanza un ataque que amenaza con destruir lo que Mela acaba de ganar.

NovelToon tiene autorización de Mutzaquarius para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 10 — Empezar a crecer

La mañana en Morana se sentía más viva que de costumbre.

En el patio de la casa de Mela, varias canastas con la cosecha estaban acomodadas con esmero. Chiles rojos y frescos, verduras de hoja que aún conservaban el rocío y tomates que habían madurado a la perfección.

Mela se detuvo frente a ellas y las revisó una por una con detenimiento.

—¿Estos son los que se vendieron rápido ayer? —preguntó Dora, señalando los chiles.

Mela asintió. —Sí, parece que varios comerciantes del mercado necesitaban chile.

Yolanda, que llegó cargando una bolsa de tela, se unió de inmediato a la conversación. —Entonces mañana tienes que llevar más.

Mela esbozó una sonrisa breve. —Poco a poco. Todavía estoy aprendiendo —contestó. Pero en su tono ya no quedaba rastro de duda.

Ese día fue la primera vez que Mela llevó su cosecha al mercado. Hasta entonces solo les había vendido a los vecinos. Fue Dora y las demás quienes le sugirieron que probara suerte en el mercado.

Al llegar, algunos comerciantes ya la reconocían y se acercaron a negociar por sus verduras.

—¿Esto es tuyo otra vez? —le preguntó una de las compradoras.

Mela asintió. —Sí, señora.

—Están bien frescas. Me llevo otra vez.

Aquella frase tan sencilla le entibió el corazón.

El dinero que recibió no era mucho. Pero al sentir los billetes en la mano, la sensación fue distinta, porque no se lo había dado nadie: venía de su propio trabajo.

Esa noche, Mela se sentó en el porche. El dinero de la venta del día lo dejó sobre la mesita. No era una gran cantidad, pero bastó para arrancarle una sonrisa.

—De a poquito, todo termina sumando —murmuró mientras lo anotaba en un cuadernito.

Posó la mirada en la oscuridad de su parcela. La brisa nocturna soplaba despacio. Y por primera vez, el futuro se le antojó real.

Mientras tanto, en el centro de la ciudad, en las oficinas de Atma Group, la planta más alta del edificio mantenía su silencio habitual.

El asistente se mantuvo firme frente al dueño de aquel gigante corporativo.

—Quisiera informarle de los últimos avances, señor —dijo—. Wijaya Group empieza a recuperarse. Entraron inversionistas nuevos y algunos contratos se reactivaron. Al parecer, su situación comienza a mejorar.

Silencio.

El hombre detrás del escritorio no respondió de inmediato. Se limitó a observar la pantalla. Un segundo después, una sonrisa imperceptible le cruzó el rostro, como la de alguien que ve las piezas caer justo donde las esperaba.

—Bien —dijo en voz baja.

Se puso de pie y caminó con parsimonia hacia el ventanal. Las luces de la ciudad se extendían a sus pies, hermosas, aunque para él no pasaban de ser fichas en un tablero.

—Déjalos sentirse satisfechos —prosiguió con voz grave y pausada. Debajo de la calma, sin embargo, latía algo gélido.

El asistente no se movió. No se atrevió a interrumpir.

—Cuanto más alto suban, más les va a doler la caída —murmuró. Cerró el puño, entrecerró los ojos. Pero la tensión duró apenas un instante. Se dio la vuelta y encaró al asistente.

—¿Hay alguna otra novedad? —preguntó.

El asistente titubeó. Sin embargo, entendía bien a qué se refería su jefe. —Parece que hay ciertos avances.

El hombre asintió. Una sonrisa tenue le asomó en los labios. —Ya veo.

Esa mañana, el patio de Mela ya no estaba vacío.

Unas canastas apiladas en una esquina acababan de vaciarse después de la venta. Al otro lado, el azadón y las herramientas que iba a llevar al terreno ya estaban listas.

—¡Mel! ¿Por dónde empezamos hoy? —gritó Yolanda desde el otro lado de la cerca.

Mela salió secándose las manos. Sonrió al ver que Yolanda y las demás ya habían llegado.

No venían de visita. Venían a trabajar.

—La mitad del terreno nuevo ya la limpiamos ayer —dijo Mela, señalando hacia un costado—. Hoy le seguimos.

Yolanda asintió con entusiasmo. —¡A la orden, jefa! —exclamó mientras ayudaba a cargar las herramientas. Luego las cinco echaron a andar juntas.

Mela negó con la cabeza, riendo. —No me digas así.

—¿Y por qué no? ¿Acaso no lo eres? —la picó Dora.

Mela se detuvo un momento y negó despacio. —Trabajamos juntas.

La frase era simple, pero hizo que todas cruzaran miradas.

Desde que Mela compró el terreno, habían trabajado codo a codo. Y la parcela que al principio era un solo cuadrito ahora empezaba a expandirse.

La maleza se fue, la tierra se removió y se levantaron surcos nuevos. Más terreno, más plantas. Y también más trabajo.

No tardaron en llegar al terreno nuevo. Mela se quedó de pie junto a ellas al borde de la parcela.

—A partir de mañana quiero que nos organicemos mejor. Si ustedes quieren, me gustaría que trabajáramos juntas. No solo como ayuda.

Dora arrugó el entrecejo. —¿A qué te refieres?

Mela las miró una por una. —No pretendo ofenderlas, pero... les pagaré con parte de las ganancias de la venta de las verduras, como pago por su trabajo.

Silencio. Todas se quedaron calladas, y Mela empezó a sentirse incómoda. —Per-perdón, de verdad no quise...

—¿Hablas en serio, Mel? —preguntó Yolanda.

Mela afirmó con la cabeza. —Sí. Desde el principio ustedes me han ayudado un montón, me enseñaron todo, me dieron ánimos para llegar hasta aquí. Así que yo...

Dora la contempló un buen rato. Poco a poco, una sonrisa le fue iluminando la cara. —Pues claro que acepto. Además, no viene mal un ingresito extra. Y más considerando que siempre me regalas verduras.

—Yo también acepto —dijeron Lucía, Yolanda y Susana a coro.

Mela sonrió. —Gracias a todas. A partir de hoy, este negocio es nuestro.

Lanzaron un grito de alegría y enseguida se pusieron manos a la obra.

Los días fueron pasando y todo empezó a cambiar. Llegaban más temprano, trabajaban con más orden y más rumbo.

—¡Este surco es para los chiles! —indicó Yolanda.

—¡Aquel lado es para las verduras de hoja! —secundó Lucía.

Mientras tanto, Susana y Dora se encargaban de organizar el riego, y Mela mezclaba el abono con la tierra. Estaban cansadas y sucias, pero satisfechas.

En un momento de pausa, Mela se incorporó y recorrió con la mirada la parcela, que ahora era mucho más amplia que antes.

Antes, solo había sido ama de casa, sin que nadie valorara realmente su esfuerzo. Pero ahora estaba construyendo algo sencillo: un negocio propio.

Sin embargo, no todo emprendimiento avanza sin tropiezos. Siempre habrá alguien a quien le envenene la envidia.

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