Valentina Estrada lo tuvo todo: un apellido respetado, una mansión en Polanco y un futuro brillante. Hasta que su padre fue acusado de corrupción, se suicidó, y ella cayó al abismo.
Siete años después, sobrevive con tres empleos, paga la clínica de su madre en estado vegetativo y duerme en un departamento del tamaño de un clóset. Una noche de desesperación, finge un accidente automovilístico para cobrar el seguro.
El conductor del Mercedes resulta ser Santiago Reyes — el becario al que humillaron en la preparatoria, ahora dueño de un imperio de miles de millones. Y el hijo del hombre que murió por culpa de su padre.
Santiago le ofrece un trato imposible: 2 mil millones de pesos por seis meses de matrimonio.
Valentina acepta. Lo que no sabe es que Santiago lleva diez años comprando cada objeto que ella tocó, guardando cada foto que encontró, y esperando en silencio el momento de tenerla de vuelta.
En el tercer piso de su mansión hay una habitación cerrada con llave.
Dentro está la prueba de que nunca dejó de amarla.
NovelToon tiene autorización de NocheCeniza para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 8
Capítulo 8
"Estoy embarazada"
—¡Quiero verlo! ¡Lléveme con él!
El Licenciado Navarro no la llevó.
Hizo una llamada, escuchó durante menos de un minuto y luego guardó el celular con una expresión cuidadosamente neutral.
—El señor Reyes no recibirá visitas esta noche.
Valentina se rió sin humor.
—Qué sorpresa.
—Puede solicitar una cita formal en Grupo SY.
—¿Y me la van a dar?
Navarro no contestó.
Eso fue respuesta suficiente.
Al día siguiente, Valentina llegó al edificio de Grupo SY a las nueve de la mañana, con la rodilla ardiéndole bajo el pantalón y la carta de cobro doblada dentro de la bolsa. El edificio estaba en Santa Fe, todo vidrio, acero y gente que caminaba como si el tiempo les perteneciera.
Ella entró por la puerta giratoria y se acercó a recepción.
—Buenos días. Necesito ver al señor Reyes.
La recepcionista levantó la vista con una sonrisa entrenada.
—¿Tiene cita?
—No.
La sonrisa perdió medio milímetro.
—Entonces puede dejar sus datos y el área correspondiente se comunicará con usted.
—No busco al área correspondiente. Busco a Santiago Reyes.
Un guardia cercano giró la cabeza.
La recepcionista escribió algo en la computadora.
—¿Nombre?
—Valentina Estrada Muñoz.
Esta vez la mujer sí reaccionó. No mucho. Apenas un parpadeo. Luego volvió a la pantalla.
—No aparece ninguna cita registrada, señorita Estrada.
—Ya lo sé. Por eso estoy aquí.
La enviaron a una sala lateral con sillones grises, café de máquina y una pantalla que repetía anuncios de Grupo SY: innovación, futuro, compromiso social. Valentina leyó cada palabra al menos veinte veces mientras el día se le caía encima.
A las once preguntó de nuevo.
—El señor Reyes está en junta.
A la una, cuando el estómago le rugía.
—El señor Reyes salió a una comida de negocios.
A las tres, después de comprar un pan dulce en la cafetería con monedas.
—El señor Reyes no ha regresado.
A las cinco y media.
—El señor Reyes ya no recibirá a nadie hoy.
Valentina se puso de pie tan rápido que la rodilla le lanzó un latigazo.
—¿Me está diciendo que esperé todo el día para nada?
La recepcionista mantuvo la voz amable, lo cual fue peor.
—Le ofrecimos dejar sus datos.
—Le dejé mi nombre, mi teléfono, mi dignidad y casi la pierna. ¿Qué más necesitan?
El guardia dio un paso.
Valentina levantó las manos.
—Ya me voy. No vaya a ser que también me cobren el desgaste del sillón.
Salió con la carta de cobro arrugada en el puño.
En la banqueta, mientras esperaba que el dolor de la rodilla bajara lo suficiente para caminar hasta el Metrobús, vio abrirse la rampa del estacionamiento subterráneo. Dos camionetas negras salieron primero. Después, un sedán oscuro con vidrios polarizados. No alcanzó a ver el rostro de Santiago, pero sí vio a Marco sentado adelante, hablando por teléfono.
La recepcionista no había mentido del todo.
Santiago sí había estado ahí.
Solo que el edificio entero estaba diseñado para que una mujer como ella esperara en sillones grises mientras hombres como él salían por puertas invisibles.
Ahí nació el plan.
Esa noche, frente al espejo de su departamento, se miró como si fuera otra persona. Tenía ojeras, un moretón verdoso en la cadera y el cabello hecho un desastre. Canela la observaba desde la cama con absoluto desprecio.
—No empieces —le dijo.
Se bañó con cuidado de no mojar demasiado la venda. Se puso una blusa blanca limpia, un pantalón negro que todavía conservaba la forma, aretes pequeños y labial rojo. No porque quisiera verse bonita. Porque la gente escuchaba distinto a una mujer arreglada. La juzgaba más, sí, pero también le abría espacio para humillarse con mejor iluminación.
Se recogió el cabello.
Miró su reflejo.
—Perdón, mamá.
No por lo que iba a hacer.
Por lo mucho que iba a disfrutar la cara de todos.
Al día siguiente, llegó a Grupo SY a las diez.
La misma recepcionista la vio entrar y se tensó.
—Señorita Estrada, como le explicamos ayer...
—Sí, sí. Sin cita no hay señor Reyes.
—Exacto.
Valentina apoyó ambas manos sobre el mostrador de mármol.
—Entonces necesito que llame a alguien de su oficina.
—Puede dejar sus datos.
—Ya los dejé.
—No tenemos autorización para subirla.
—No necesito subir.
La recepcionista dudó.
Valentina respiró hondo.
El vestíbulo estaba lleno: ejecutivos con credenciales, mensajeros, dos clientes extranjeros, empleados que salían por café, un grupo de becarios con cara de recién contratados. El sonido de tacones y elevadores abría y cerraba el espacio como una maquinaria perfecta.
Qué lástima.
La maquinaria estaba a punto de atorarse.
Valentina se enderezó, se llevó una mano al vientre y alzó la voz.
—¡Estoy embarazada!
El vestíbulo entero se detuvo.
La recepcionista se quedó blanca.
—Señorita...
Valentina habló más fuerte.
—¡Necesito ver al señor Reyes! ¡Es urgente!
Un vaso de café cayó al suelo.
Alguien susurró:
—¿Dijo embarazada?
Otro ya tenía el celular en la mano.
El guardia se acercó de inmediato.
—Señorita, por favor baje la voz.
—No puedo bajar la voz. —Valentina se tocó el vientre otra vez, dramática, descarada, completamente consciente de cada ojo encima—. Si algo me pasa aquí, quiero que conste que vine a buscar al padre.
La recepcionista abrió la boca.
No salió nada.
Valentina casi sintió lástima por ella.
Casi.
—Llame a su oficina —dijo, ahora en tono normal—. Dígale que la señorita Estrada está aquí.
La palabra señorita, después de embarazada, hizo que el grupo de becarios se mirara entre sí con una mezcla deliciosa de horror y chisme.
En el piso ejecutivo, Marco recibió la llamada mientras Santiago escuchaba una presentación sobre adquisiciones hoteleras.
La sala de juntas era larga, fría, con una pantalla enorme al fondo y doce directivos fingiendo no tener miedo de contradecirlo. Santiago revisaba un informe en silencio cuando Marco se inclinó junto a él.
—Señor Reyes.
—Después.
—Es recepción.
Santiago no levantó la vista.
—Marco.
—La señorita Estrada está abajo.
El bolígrafo se detuvo.
La presentación siguió tres palabras más antes de morir por falta de atención.
Santiago levantó la mirada.
—¿Qué hizo?
Marco, que rara vez parecía incómodo, ajustó la tableta contra el pecho.
—Dice que está embarazada.
Nadie respiró.
Un directivo bajó la vista a sus papeles con demasiada rapidez. Otro fingió toser. En la pantalla, la palabra "rentabilidad" brillaba inútilmente.
Santiago dejó el bolígrafo sobre la mesa.
—La junta terminó.
—Señor, faltan veinte minutos para...
Santiago ya estaba de pie.
No preguntó de quién.
No preguntó si era verdad.
No preguntó quién estaba grabando.
Solo caminó hacia la puerta con la mandíbula cerrada y esa calma que siempre anunciaba desastre.
Marco lo siguió medio paso detrás.
—Puedo pedir que despejen recepción.
—No.
—Señor...
—Si quiere hacer un escándalo, lo hará conmigo enfrente.
El elevador ejecutivo bajó sin detenerse.
En el vestíbulo, Valentina seguía de pie junto al mostrador, rodeada por un círculo de silencio y celulares disimulados. La recepcionista parecía a punto de renunciar. El guardia mantenía distancia, sin saber si tratarla como amenaza, víctima o futura demanda laboral.
Las puertas del elevador se abrieron.
Santiago salió.
Cada conversación murió.
Valentina lo vio cruzar el vestíbulo hacia ella, traje oscuro, rostro ilegible, ojos clavados en su mano sobre el vientre.
La mentira del embarazo acababa de aprender a caminar hacia su dueño.