Lila se cansó de ser un eco en la vida de Abad, su esposo. Durante años, ocupó el segundo, el tercero, incluso el cuarto lugar en su mundo, siempre a la sombra de sus prioridades. Fue una situación límite, una gota que rebasó el vaso, lo que encendió en ella la chispa definitiva para desaparecer. Y se fue. Tan silenciosamente que todos la dieron por muerta. Todos, menos Abad. Él se negó a creer en su ausencia eterna, aferrado a una certeza que solo él entendía.
Cuando Lila regresó, no lo hizo sola. Traía consigo un niño, un secreto que Abad no había previsto, pero que no le importó en lo más mínimo. Sin dudarlo un segundo, Abad se lanzó a la reconquista. No solo para recuperarla a ella, sino para ganarse también al pequeño, dispuesto a aceptarlo como suyo, sin importar si la sangre lo unía o no. Porque esta vez, Abad sabía que no podía permitirse ser el último en la vida de nadie.
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Capítulo 10 El regreso de Violeta
El cementerio estaba cubierto de niebla aquella mañana de otoño, como si el cielo mismo llorara por los que ya no estaban. Abad Mansur permanecía inmóvil frente a la lápida de mármol blanco, con las manos enterradas en los bolsillos de su abrigo negro y la mirada perdida en el nombre grabado en la piedra:
Lila Marín de Mansur
*1995 - 2021*
Siempre en nuestros corazones
Pero no había cuerpo bajo esa lápida. Nunca lo hubo. Los restos del avión se habían esparcido por kilómetros de terreno accidentado, y solo una fracción de los pasajeros había podido ser identificada. Lila no estaba entre ellos. Para el mundo, su cuerpo se había perdido en el fuego. Para Abad, su alma se había perdido en el silencio.
A pocos metros de distancia, César y Mauricio observaban la escena con el rostro impasible. Habían aceptado la mentira. La habían abrazado como una necesidad. Cuando el abogado de Lila les había explicado la situación —que ella estaba viva, que se había ido a Europa, que necesitaba desaparecer para siempre—, ambos habían entendido que era la única forma de protegerla.
—¿Estás seguro de que esto es lo correcto? —había preguntado César aquella noche, mirando el sobre con los papeles del divorcio y el certificado de defunción simbólico.
—Es lo que ella quiere —había respondido su tío, con voz firme aunque ojos tristes—. Y después de todo lo que ha pasado, creo que se lo debemos.
Así que habían guardado silencio. Habían asistido al funeral simbólico, habían recibido el pésame de los conocidos, habían visto a Abad destrozarse en público y en privado. Y no habían dicho nada.
Ahora, cinco años después, César miraba a Abad con una mezcla de lástima y rencor. El hombre había cambiado. Ya no era el CEO arrogante que trataba a su prima como a una empleada. Ahora era una sombra de sí mismo, consumido por la culpa y la obsesión.
—Todavía viene todos los años —murmuró Mauricio, en voz baja para que solo su sobrino pudiera oírlo—. Nunca falta.
César asintió. —¿Crees que alguna vez se enterará de la verdad?
—No lo sé —respondió Mauricio, y su voz tenía un dejo de tristeza—. Pero espero que no. Lila merece ser feliz. Y ese hombre... —señaló a Abad con un movimiento apenas perceptible— no merece volver a tenerla.
Abad, ajeno a las miradas y a los susurros, se arrodilló frente a la lápida. Extendió la mano y tocó el mármol frío, como si pudiera sentir a Lila a través de la piedra.
—Cinco años —susurró, y su voz era ronca por el dolor—. Cinco años sin ti, Lila. Y todavía no puedo superarlo. —Cerró los ojos, y una lágrima rodó por su mejilla—. Todavía sueño con aquel día. Con tu cara en el hotel. Con las cosas que me dijiste. Tenías razón en todo. Y yo fui un imbécil.
El viento sopló fuerte, agitando su cabello oscuro. Abad se puso de pie lentamente, como si el peso de los años le costara levantarse.
—Pero no voy a rendirme —dijo, y su voz adquirió un tono de determinación—. Te prometo que voy a encontrarte. Dondequiera que estés. Porque sé que no estás muerta. Lo sé. —Apretó los puños—. Algún día, Lila, te encontraré. Y cuando lo haga, te pediré perdón. Y te demostraré que he cambiado.
A lo lejos, César y Mauricio intercambiaron una mirada. El primo de Lila sintió un escalofrío recorrerle la espalda. ¿Sería posible que Abad supiera algo? ¿O era solo la desesperación de un hombre que no podía aceptar la realidad?
—Vámonos —dijo Mauricio, tocando el brazo de su sobrino—. Ya hemos hecho lo que teníamos que hacer.
Dieron media vuelta y se alejaron del cementerio, dejando a Abad solo con su dolor y su promesa.
*_*
Cinco años antes, en Ginebra
El jet privado aterrizó en el aeropuerto de Ginebra con la suavidad de una pluma. Lila, que había dormido la mayor parte del viaje, se despertó sobresaltada al sentir el impacto de las ruedas contra la pista. Parpadeó, desorientada por un momento, y luego recordó todo: el accidente, el abogado, la llamada de su padre. Y la decisión que había tomado.
—Hemos llegado, señorita Marín —dijo Leonardo Guzmán desde el asiento delantero—. Giacomo la espera en la terminal privada.
Lila asintió sin decir palabra. Se levantó y ajustó su chaqueta, sintiendo el peso de su nueva identidad como un abrigo demasiado grande. Había dejado atrás su nombre, su vida, su matrimonio. Y ahora, estaba a punto de conocer al hombre que, según él, era su padre.
La terminal privada era un espacio minimalista y elegante, con ventanales que ofrecían vistas a los Alpes nevados. Y allí, de pie junto a una limusina negra, estaba Giacomo Lombardi.
Era más imponente en persona. Alto, de hombros anchos, con el cabello plateado peinado hacia atrás y unos ojos verdes que brillaban con una intensidad que Lila reconocía como propia. Llevaba un traje gris impecable y una sonrisa que temblaba ligeramente en sus labios.
—Lila —dijo, avanzando hacia ella con pasos lentos, como si temiera asustarla—. Hija.
Lila se detuvo a medio metro de él. No sabía qué hacer. ¿Abrazarlo? ¿Golpearlo? ¿Llorar? Su cuerpo no reaccionaba. Solo estaba allí, mirando a ese extraño que decía ser su padre.
—No sé qué decirte —dijo finalmente, y su voz era fría—. No sé si creerte. No sé si puedo perdonarte.
Giacomo asintió, y sus ojos se humedecieron. —No te pido que me perdones. Solo te pido que me des la oportunidad de explicarte. Y luego, si quieres irte, no te detendré.
Lila lo miró por un largo momento. Y luego, sin saber por qué, dio un paso al frente y lo abrazó.
Fue un abrazo torpe, extraño, lleno de años de ausencia y dolor. Pero Giacomo correspondió con tal intensidad que Lila sintió cómo sus hombros temblaban.
—Lo siento —susurró él contra su cabello—. Lo siento tanto, hija.
Lila cerró los ojos y dejó que las lágrimas fluyeran.
ella es excelente escritora