Todos obedecen a Sebastián Mendoza.
Todos menos su prometida.
Emilia Velasco nunca pidió formar parte del acuerdo que unió a dos de las familias más poderosas de México. Mucho menos vivir con Sebastián: el heredero frío, implacable y peligrosamente atractivo que parece capaz de descubrir cada una de sus mentiras con solo mirarla.
Él le impone tres reglas.
Emilia convierte romperlas en su pasatiempo favorito.
Pero desafiar a Sebastián tiene consecuencias. Sus advertencias pronto se transforman en castigos demasiado íntimos para olvidar y en una tensión que ninguno de los dos está dispuesto a reconocer.
Lo desconcertante no es su autoridad.
Es lo que ocurre después.
Porque el mismo hombre que la obliga a enfrentar las consecuencias de sus actos también se arrodilla para atarle los zapatos, cura cada una de sus heridas y pasa la noche despierto cuando ella tiene miedo.
Emilia cree que Sebastián solo desea controlarla, hasta que descubre su secreto: él es XL, el admirador anónimo que lleva años comprando sus obras y protegiendo su carrera desde las sombras.
Sebastián no aceptó el compromiso por obedecer a su familia.
Llevaba años esperándola.
Ahora, una conspiración relacionada con la muerte de la madre de Emilia amenaza con destruir todo lo que ambos intentan construir. Y el hombre al que todos temen está dispuesto a incendiar su propio imperio antes de permitir que vuelvan a lastimarla.
Emilia tendrá que decidir si quiere seguir desafiando al heredero…
o confiar en el único hombre que la eligió mucho antes de que ella pudiera elegirlo a él.
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Capítulo 2
La Finca El Refugio apareció al final de la carretera como una fortaleza de piedra y bugambilias. Luces cálidas en cada ventana. Un guardia les abrió la reja y el Phantom avanzó por el camino de grava bordeado de cipreses hasta detenerse frente a la entrada principal.
Ramón le abrió la puerta a Sebastián. Emilia abrió la suya antes de que nadie se acercara — no iba a esperar a que le abrieran la puerta como si fuera una invitada de protocolo.
Sebastián la miró un segundo. No dijo nada.
La puerta principal se abrió de golpe y Patricia Herrera salió como un torbellino de perfume y brazos abiertos.
—¡Emi! ¡Mi niña! —La abrazó con una fuerza que no correspondía a su complexión delgada—. ¡Mira nada más, cada vez más flaquita! ¿Estás comiendo bien en esa academia? ¿Sí? A ver, déjame verte.
La tomó de las mejillas con ambas manos y le giró la cara. Beatriz apareció detrás, secándose las manos en un delantal bordado.
—Patricia, deja que entre primero. Emi, cariño, ven, pasa.
—¡Es que mírenla! —Patricia no la soltaba—. Estás preciosa, pero más delgada. Te voy a mandar comida a la academia. ¿Se puede mandar comida a la academia? Ramón, ¿se puede mandar comida a la academia?
—Sí, señora —dijo Ramón desde la puerta, con la cara de alguien acostumbrado a responder preguntas que no le correspondían.
Sebastián pasó junto a ellas sin hacer ruido. Patricia lo vio de reojo.
—Ah… tú también llegaste. Perdón, no te vi.
—Buenas noches, mamá.
—Sí, sí, buenas noches. —Le hizo un gesto vago con la mano sin soltar a Emilia—. Emi, ven, tu tía Beatriz hizo birria. ¿Todavía te gusta la birria?
—Tía, claro que me gusta.
Beatriz le pasó el brazo por los hombros y la guió hacia el comedor. Patricia las siguió hablando sin pausa sobre lo mucho que Emilia había crecido, lo bonito que traía el pelo, y la necesidad urgente de comprarle ropa de invierno porque "esas chamarras de lona que usas no abrigan nada, mi niña."
Emilia se dejó llevar. Había algo reconfortante en el caos cálido de esas dos mujeres — competían por quién la atendía mejor, se interrumpían, la tocaban como si quisieran asegurarse de que era real. Olía a birria, a cilantro, a tortillas recién hechas. La mesa estaba puesta con la vajilla buena, la de Talavera azul que Emilia recordaba de las cenas de su infancia.
Sebastián se había sentado al otro extremo de la mesa. Comía en silencio. Emilia lo miraba de reojo cada vez que Patricia se distraía. Él no la miraba — o si lo hacía, lo disimulaba mejor de lo que ella podía.
Beatriz le sirvió un segundo plato sin preguntar.
—¿No estás comiendo bien en la universidad? Te noto más delgada.
—Estoy igual, tía.
—Estás más delgada —dijo Beatriz.
—Está más delgada —confirmó Patricia.
Emilia miró a Sebastián buscando un aliado. Él levantó la vista del plato. Sus ojos se detuvieron un instante en ella — en sus mejillas, en sus muñecas — y volvió a comer. No dijo nada, pero Emilia tuvo la certeza de que había tomado nota mental de cada detalle.
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En el segundo piso, el estudio olía a sándalo y a cuero viejo. Las paredes estaban cubiertas de libreros de caoba hasta el techo. En el centro, una mesa de ajedrez con piezas de marfil y ébano separaba a dos hombres que llevaban más de cuarenta años midiendo sus fuerzas sobre sesenta y cuatro casillas.
Don Augusto Mendoza — traje de lino azul oscuro, espalda recta a pesar de los setenta y tantos años, cabello blanco peinado hacia atrás con la disciplina de un hombre que nunca había salido de su casa desarreglado — movió su alfil tres casillas en diagonal.
—La niña Velasco está abajo —dijo, sin levantar la vista del tablero.
Don Alberto Velasco — barba canosa recortada, manos grandes con manchas de sol, ojos que cargaban más cansancio del que admitía — estudió la jugada.
—Lo sé. Beatriz y Patricia no la van a soltar en toda la noche.
—Se parece a Mariana.
Don Alberto no contestó. Movió un caballo.
—Fernando va a aceptar la fiscalía general —dijo Don Augusto, cambiando el tema con la naturalidad de quien lleva décadas navegando conversaciones incómodas—. Me lo confirmó esta mañana.
—Ya lo sabía —dijo Don Alberto—. Lo pagó con una familia rota.
Silencio. El incienso de sándalo trazaba espirales lentas entre los dos.
—Augusto. —Don Alberto lo miró por encima de las piezas—. ¿Por qué organizaste esta cena?
Don Augusto no tenía prisa. Tomó una pieza de la mesa — un peón que Don Alberto había perdido tres jugadas atrás — y la colocó junto al tablero con los dedos.
—Porque Sebastián tiene veintisiete años. Porque Emilia tiene diecinueve. Porque el compromiso que tú y yo acordamos cuando ellos eran niños lleva demasiado tiempo siendo una promesa y ya es hora de que sea un hecho.
—Eso lo decidimos borrachos en una posada hace quince años.
—Lo decidimos en serio. Y los dos lo sabemos.
Don Alberto se recargó en el respaldo de la silla. Miró el tablero. Su rey estaba acorralado — dos movimientos para el jaque mate, sin importar qué hiciera.
—La niña no sabe —dijo—. Nadie le ha dicho.
—Confía en mí. Y confía en Sebastián. —Don Augusto juntó las manos sobre la mesa—. De todos los jóvenes que conozco, solo Sebastián merece a Emilia.
Don Alberto lo miró largo. El reloj del estudio marcó las nueve.
—Elijamos una buena fecha para el compromiso —dijo al fin.
Don Augusto asintió. No sonrió — nunca sonreía cuando ganaba — pero algo en sus ojos se suavizó.
Tres golpes suaves en la puerta. Sebastián entró sin esperar respuesta. Saludó a Don Alberto con una inclinación breve: "Don Alberto, buenas noches." A su abuelo: "Abuelo."
—Siéntate, muchacho —dijo Don Augusto—. Tenemos algo que decirte.
Sebastián se sentó. Espalda recta, manos sobre los muslos, la mandíbula en la misma línea tensa de siempre. Don Augusto le dijo lo que habían decidido. El compromiso. La fecha. La formalización.
Sebastián no se movió. No cambió de expresión. Pero algo en sus ojos — algo que solo alguien que lo conociera desde recién nacido podría notar — se encendió.
—Poder casarme con Emilia es mi fortuna —dijo. Voz grave, medida, sin adorno.
Don Alberto lo observó. Había esperado sorpresa, o al menos un parpadeo. Lo que vio fue otra cosa: certeza. Como si Sebastián llevara años esperando exactamente esta conversación.
"¿Qué sabe este muchacho que yo no?", pensó Don Alberto. Y no encontró la respuesta.
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Abajo, Patricia le estaba poniendo a Emilia una pulsera de jade en la muñeca.
—Era de mi madre —dijo Patricia, abrochando el cierre—. Ahora es tuya.
—Tía, no puedo aceptar—
—Claro que puedes. Ya eres de la familia. —Le besó la frente—. Siempre lo fuiste.
Emilia miró la pulsera. El jade era de un verde profundo, frío contra su piel. Beatriz la miraba desde el otro lado de la mesa con una sonrisa que parecía saber algo que Emilia no sabía.
Cuando Sebastián bajó del estudio, su mirada buscó a Emilia antes de buscar cualquier otra cosa en la sala. La encontró en el sofá, con la pulsera nueva en la muñeca y un plato de postre que Beatriz le había servido sin preguntar.
Emilia levantó la vista. Sus ojos se encontraron.
Sebastián desvió la mirada primero. Pero la comisura de sus labios se movió — apenas, un milímetro — antes de volver a la línea recta de siempre.
Nadie más lo notó.