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El Heredero Del Alfa

El Heredero Del Alfa

Status: En proceso
Genre:Embarazo no planeado / Hombre lobo / Salvar al hijo enfermo
Popularitas:4.1k
Nilai: 5
nombre de autor: Violeta. E

En la noche de su compromiso, Aeryn descubre la peor de las traiciones: su prometido y su propia hermana esperan un hijo juntos. Destrozada por el dolor, huye de la corte hacia los jardines olvidados del palacio, donde se entrega a una noche de pasión prohibida con un imponente Alfa desconocido para calmar su tormento. Al amanecer, abrumada por la realidad, recoge sus pocas pertenencias y escapa sin dejar rastro, ignorando por completo que el misterioso hombre al que abandonó en la penumbra es el temido y supremo Emperador Lycan

NovelToon tiene autorización de Violeta. E para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capitulo 2.

La oscuridad del invernadero abandonado no tardó en impregnarse por completo de la fragancia a menta helada y tormenta.

Para Aeryn, el mundo exterior dejó de existir.

Ya no había música.

Ya no había traiciones.

El dolor punzante que le había destrozado el pecho hacía solo unos minutos fue sofocado por una marea de calor instintivo, denso y absorbente.

El Alfa no esperó.

Dio el último paso que los separaba, rompiendo cualquier distancia de cortesía o etiqueta noble.

La luz de la luna llena se filtró limpiamente por los cristales rotos del techo, iluminando por fin su rostro.

Aeryn contuvo el aliento.

Su cabello era negro como el carbón, perfectamente peinado hacia atrás con una elegancia aristocrática que ni siquiera la brisa nocturna del bosque había logrado desordenar. Cada hebra parecía caer en su lugar exacto, enmarcando una frente despejada y unas facciones esculpidas en mármol frío.

Pero lo que verdaderamente congeló la sangre de Aeryn fueron sus ojos.

No eran oscuros.

Eran de un rojo carmesí profundo, brillante y magnético.

Dos gemas de fuego que destellaban en la penumbra del invernadero, delatando una presencia Alfa tan antigua y pura que rozaba lo místico. Un par de ojos rojos que no reflejaban salvajismo, sino un control absoluto y peligroso, fijos por completo en ella.

Su mano enguantada acunó la mejilla de Aeryn, obligándola a sostenerle la mirada.

—Estás temblando —murmuró él, su voz vibrando tan bajo que pareció reverberar en las piedras del suelo.

—No es por miedo —consiguió responder ella, atrapada en el magnetismo de esas pupilas carmesíes.

El Alfa soltó una risa ronca, un sonido peligrosamente cautivador.

—Lo sé. Tu aroma dice algo completamente diferente.

Aeryn sintió que la respiración se le cortaba cuando los labios del desconocido rozaron la línea de su mandíbula. Su lobo interno, usualmente calmado y racional, rugió en demanda de sumisión, pero no una sumisión forzada, sino un anhelo salvaje de entregarse a la tormenta que este hombre traía consigo.

Era una locura.

Una absoluta imprudencia.

Cualquier dama de la alta aristocracia se habría desmayado o habría gritado por la guardia real.

Aeryn simplemente cerró los ojos y se aferró a los hombros anchos de la capa del Alfa.

El contacto físico encendió la pólvora.

El Alfa la levantó por la cintura con una facilidad pasmosa, sentándola en el borde de un gran altar de mármol agrietado, donde las enredaderas muertas crujieron bajo el peso de sus sedas. Las telas finas de su vestido de compromiso comenzaron a estorbar. El calzado ya no estaba, la tiara había quedado atrás, y la dignidad impuesta por su apellido se disolvió bajo la luz de la luna que se filtraba por los cristales rotos del techo.

Hubo un desgarro sutil de encaje.

Ninguno de los dos protestó.

El Alfa buscó su cuello, deteniéndose justo sobre la piel expuesta de su glándula de aroma. Sus colmillos rozaron la zona con una promesa silenciosa, haciéndola jadear, pero no la marcó. Respetó el límite invisible del contrato que ninguno de los dos había verbalizado.

El encuentro no tuvo la delicadeza torpe de los salones de la corte.

Fue voraz.

Guiado por el instinto puro de dos castas que se reconocían en mitad de la desgracia.

Aeryn enterró las uñas en la espalda del Alfa, ahogando un gemido contra su hombro mientras entregaba su virginidad en un acto de absoluta rebelión contra su propia sangre. Cada embate del Alfa borraba el recuerdo de Lucian. Cada caricia áspera borraba la humillación provocada por su hermana.

En ese rincón olvidado del ducado, ella ya no era la pieza de ajedrez de nadie.

Era una Omega reclamando su propio fuego.

El tiempo se distorsionó. Pudieron ser minutos o pudieron ser horas, pero la intensidad no decreció hasta que el Alfa se tensó por completo, derramando su calor dentro de ella con un gruñido posesivo que sacudió los cimientos del viejo pabellón. Aeryn se desplomó contra su pecho, exhausta, escuchando el latido frenético de un corazón que parecía dictar las leyes de la naturaleza misma.

La neblina del bosque comenzó a entrar por las grietas, enfriando el sudor de sus cuerpos.

El silencio regresó.

Un silencio pesado, denso, cargado con el aroma de ambos mezclado de forma permanente en el aire del invernadero.

El Alfa permaneció abrazándola contra sí, su mano acariciando los cabellos enredados de Aeryn con una posesividad silenciosa mientras recuperaba el aliento. Sus ojos oscuros observaban el techo de cristal, fijos en la luna llena, como si estuviera procesando la magnitud de lo que acababa de ocurrir en una propiedad ajena.

Aeryn apoyó la mejilla en su pecho, sintiendo el aroma a ceniza volcánica volverse extrañamente pacífico.

Por primera vez en la noche, su mente volvió a funcionar.

La adrenalina bajó.

Y la fría realidad de la aristocracia cayó sobre ella como un balde de agua helada.

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