En una trama de poder, engaño y silencio, Cecília Mendes se ve obligada a reemplazar a su hermana prometida en un matrimonio con Arthur Alencar, un hombre rico e implacable, para salvar a su padre de una deuda familiar. Sorda desde un accidente provocado por el temperamento violento de su hermana, Cecília es enviada como un peón en un juego cruel, sin poder defenderse ni explicarse.
Al descubrir el engaño, Arthur reacciona con furia y transforma lo que debía ser una unión prestigiosa en un castigo de humillación y cautiverio: Cecília es obligada a asumir el rol de sirvienta en la mansión, vistiendo uniforme y obedeciendo órdenes con miedo a ser castigada o expuesta. Aislada y en silencio, intenta adaptarse, convirtiéndose en una sombra dentro de la lujosa residencia mientras lucha por sobrevivir a la crueldad de su esposo y al peso de la traición de su padre.
Entre el lujo de la mansión y la tensión de un secreto que nadie puede revelar, esta historia se adentra en temas de poder, sumisión, venganza y resistencia silenciosa, en una atmósfera cargada de odio, deseo y secretos capaces de cambiarlo todo.
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Capítulo 10
Después del beso intempestivo en la cocina, Arthur se encerró en su oficina.
El sabor de Cecilia aún estaba vivo en su boca, y eso le asqueaba, no por ella, sino por la debilidad que sentía al desearla.
Se sirvió una dosis generosa de whisky y encaró el retrato de su padre, escondido en un cajón de fondo falso.
Su mente viajó a doce años atrás.
Arthur no nació en cuna de oro; nació en el brillo de la inteligencia de su padre, Samuel Alencar.
Samuel era un científico brillante que trabajaba en el sector de investigaciones de las industrias Mendes.
Arthur recordaba a su padre llegando a casa con los ojos cansados, pero siempre con una sonrisa para el hijo, la única familia que le quedaba desde que la madre de Arthur muriera en el parto.
Pero todo cambió cuando Heitor Mendes exigió lo imposible. —“Quieren un monstruo, Arthur”— su padre había susurrado una noche, con la voz temblorosa. —“Quieren que desarrolle un virus para que puedan vender la cura después. No voy a ensuciar mis manos con la sangre de inocentes.”
A partir de allí, la vida de ellos se convirtió en un infierno.
Samuel comenzó a ser perseguido.
La luz en sus ojos se apagó, sustituida por un miedo constante. No obstante, había una pequeña esperanza: Samuel había conocido a una mujer, alguien que estaba trayendo la sonrisa de vuelta a su rostro.
Arthur, a los diecisiete años, no llegó a conocerla, pero sintió que su padre finalmente tendría paz.
Pero los Mendes no permitían paz.
Días después, Samuel desapareció.
Cuando Arthur recibió la noticia, el mundo se derrumbó: dijeron que su padre se había quitado la vida por presión del trabajo.
Arthur nunca creyó.
Samuel era un hombre de principios, un luchador. Nunca abandonaría a su hijo, especialmente ahora que estaba reconstruyendo su vida.
La "noticia" era una farsa mal escrita por Heitor Mendes para encubrir un asesinato o algo peor.
Años después, a los dieciocho, y movido por el odio, Arthur intentó una aproximación estratégica.
Había conocido a Melissa en una fiesta exclusiva de la empresa Mendez a la que hizo de todo para comparecer en memoria de su padre, planeando seducirla para entrar en la familia y destruirlos por dentro.
Pero Melissa era "harina del mismo costal". Al percibir que Arthur, en la época, aún estaba construyendo su imperio y no tenía el estatus que ella exigía, ella lo humilló públicamente, riendo de sus intenciones frente a todos.
—“¿Tú? ¿Un simple estudiante, hijo de un investigador intentando subir en la vida?”— la voz de ella resonaba en su memoria. —“Vuelve a tu pequeño mundillo, Alencar. No sirves ni para amarrar mis zapatos.” rió en burla.
Arthur apretó el vaso de whisky con tanta fuerza que los nudillos de los dedos quedaron blancos.
Había jurado que los Mendes pagarían.
Cada uno de ellos.
El matrimonio había sido la trampa final para Heitor. Él esperaba a Melissa —la mujer frívola que lo había humillado— para que pudiera quebrarla día tras día.
En vez de eso, había recibido a Cecilia.
Se levantó y caminó hasta la ventana, mirando hacia el jardín oscuro.
—Eres hija de él, Cecilia— murmuró, como si necesitara convencerse a sí mismo.
—Tienes la sangre del hombre que destruyó a mi padre. El hecho de que finjas ser una santa no cambia lo que él hizo.
Pero, en el fondo, algo le incomodaba.
Melissa nunca sería capaz de mirarlo con el pavor puro y genuino que había visto en los ojos de Cecilia.
Melissa reaccionaría con veneno; Cecilia reaccionaba con un silencio que parecía no tener fin.
Arthur vació el resto del whisky, y llenó el vaso nuevamente.
Necesitaba ser fuerte.
Si Heitor Mendes creía que entregar a la hija "que él no llegó a conocer en la época" saldaría la deuda, estaba equivocado.
Arthur usaría a Cecilia para llegar a Heitor, incluso si para eso tuviera que ignorar la extraña protección que comenzaba a sentir por aquella sombra silenciosa que ahora habitaba su casa.
Hoy, a los 28 años, Arthur miraba su reflejo en el cristal de la ventana y mal reconocía al joven que había sido enviado a un orfanato justo después de la muerte del padre.
En la época, por ser menor de edad y no tener a nadie, él no pudo tocar los bienes de Samuel, pero el odio sirvió como el combustible más potente que existe.
Así que cumplió dieciocho años, él rescató el último salario del padre, que había quedado retenido en depósito judicial —aquel dinero sucio venido de las manos de los Mendes— y lo usó como semilla para su imperio.
Subió a la cima más rápido de lo que cualquiera preveía, movido por la necesidad de mirar hacia abajo y ver a Heitor Mendes arrastrándose.
Meses atrás, había encontrado a Melissa nuevamente en una discoteca de élite.
La misma soberbia continuaba allí, intacta. Ella no tenía idea de que el hombre delante de ella era ahora el CEO de un conglomerado mayor que el de su propia familia.
Melissa rió de él otra vez, descartándolo como alguien sin linaje, pero Arthur no se importó.
Él ya tenía los ojos en un blanco mayor: la adicción.
Él sedujo a Heitor para la mesa de juego, alimentando la compulsión del viejo hasta que él debiera más de lo que podría pagar en tres encarnaciones.
En una de esas noches, Heitor, embriagado y desesperado, comentó que Arthur le recordaba a Samuel.
Arthur apenas sonrió. Samuel era caluroso y amado; él era frío y destructivo.
En un tono casual, preguntó sobre Melissa, la hija famosa, y cuando dio la última carta, limpiando la cuenta bancaria de Heitor, sugirió el matrimonio como pago.
El miserable aceptó de inmediato, prometiendo entregar su "mayor tesoro".
Pero el tesoro era falso. O, por lo menos, no era lo que él esperaba.
Heitor lo había engañado en la última hora con Cecilia, una hija de quien Arthur nunca había oído hablar.
¿Habría sido mantenida reclusa? ¿Estaría estudiando fuera? ¿O sería ella el secreto mejor guardado de los Mendes? En el día del matrimonio Heitor parecía más aliviado que con miedo o triste por usar a la hija para pagar sus deudas.
La duda ardió en su pecho.
Arthur tomó el celular y marcó el número de su investigador particular de confianza. El toque llamó apenas dos veces antes de ser atendido.
—Quiero todo— Arthur ordenó, la voz como una lámina. —Busque cada detalle sobre Cecilia Mendes. Dónde estaba, con quién hablaba, por qué nadie nunca la vio. Quiero saber hasta lo que ella comió en el desayuno en los últimos diez años. Y ande rápido. No me gustan sombras en mi casa que yo no pueda controlar.
Él desligó sin esperar respuesta.
Si Heitor creía que se había librado de la deuda entregando una sustituta, descubriría de la peor forma que Arthur Alencar no aceptaba nada menos que el alma de quien le quitó todo.