Valeria solo quería encajar. Por eso aceptó ir a esa fiesta con sus compañeras de universidad, sin sospechar que su presencia molestaba más de lo que creía. Su brillante expediente académico y la atención involuntaria del chico más codiciado del campus la habían convertido en el blanco de una envidia silenciosa. Esa noche, una trampa meticulosamente diseñada destruyó su reputación en cuestión de horas y alteró el curso de su vida para siempre.
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Capítulo V Bajo su protección
El camino hacia el penthouse fue tenso, cargado de un silencio absoluto, interrumpido únicamente por las respiraciones agitadas de Valeria y el ruido del motor de la camioneta. En la parte trasera, Dante la mantenía sujeta contra su pecho; la piel de la joven quemaba por el efecto del alucinógeno y sus labios entreabiertos balbuceaban incoherencias. A pesar de la desconfianza natural que siempre lo acompañaba, verla en ese estado tan vulnerable despertaba en él un instinto protector que juró haber enterrado hacía años.
Al llegar al exclusivo edificio, Dante no esperó a que Enrique le abriera la puerta. Tomó a Valeria nuevamente en brazos —notando lo ridículamente liviana que era— y la llevó directamente al ascensor privado que conducía al último piso.
—Asegúrate de que Alberto suba de inmediato —ordenó Dante con voz tajante antes de que las puertas de bronce se cerraran.
Pocos minutos después, el médico de confianza de la familia Salazar, Alberto, cruzaba la puerta del imponente apartamento. Dante lo dirigió a toda prisa hacia la habitación principal, donde había recostado a Valeria sobre las sábanas de seda gris. La joven luchaba contra sus propios sentidos, moviendo la cabeza de un lado a otro, aturdida por la fiebre y el mareo.
Alberto la examinó con rapidez: revisó sus pupilas, midió su pulso y tomó una pequeña muestra de sangre. Su rostro maduro se volvió rígido al notar los síntomas.
—Le dieron una dosis fuerte de un sedante combinado con un estimulante sintético, Dante —explicó el médico mientras le colocaba una vía intravenosa para limpiar su sistema—. Si no la hubieras sacado de ese lugar, en media hora habría perdido por completo el conocimiento. Fue una jugada sucia y calculada.
Dante apretó los puños con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. Un destello peligroso cruzó sus ojos oscuros. Pensar en lo que le habría ocurrido a esa chica en manos de esos tres sujetos en el pasillo le produjo una punzada helada en el estómago.
—¿Estará bien? —preguntó el empresario, manteniendo la voz baja para no alterarla.
—Sí. La solución en el suero neutralizará el efecto en un par de horas, pero necesitará descansar mucho. Está exhausta y su cuerpo sufrió un choque severo. Te dejé unos sedantes suaves por si despierta alterada. Me retiro, pero me mantendré al pendiente.
Una vez que el médico se fue, el silencio volvió a adueñarse de la enorme habitación. Dante se quedó de pie al pie de la cama, observándola. Valeria parecía una figura diminuta perdida entre el lujo minimalista de su dormitorio.
Lentamente, Dante se acercó. Al notar que el vestido rojo la oprimía y que el sudor le pegaba el cabello a la frente, se dio cuenta de lo incómoda que debía sentirse. Con un gesto de insólita caballerosidad, abrió su vestidor y extrajo una de sus camisas de vestir de seda blanca.
Con sumo cuidado y evitando cualquier toque impropio, retiró el pesado vestido rojo y lo reemplazó por la prenda. La camisa de Dante le quedaba enorme a Valeria, cubriéndola prácticamente hasta las rodillas. Al verla así, con su propia ropa, el cabello negro esparcido sobre la almohada y el rostro despojado de cualquier pretensión, una extraña corriente eléctrica le recorrió el pecho. Era la primera vez en años que una mujer dormía en su cama sin que él sintiera la urgencia de pedirle que se fuera.
Pasadas las dos de la mañana, los párpados de Valeria comenzaron a moverse. Un gemido suave se le escapó de la garganta cuando la lucidez comenzó a retornar paulatinamente. Abrió los ojos y se encontró con un techo alto e iluminado por una tenue luz cálida. Asustada, intentó incorporarse de golpe, pero un mareo la hizo jadear.
—No te muevas tan rápido —dijo una voz grave y profunda desde la oscuridad del fondo del cuarto.
Valeria ahogó un grito y se llevó las manos al pecho, descubriendo que llevaba puesta una camisa de hombre que no le pertenecía. Al alzar la mirada, vio a Dante sentado en un sillón de cuero, con las mangas de su camisa enrolladas hasta los antebrazos y una copa de licor intacta en la mano. Su mirada intensa la escaneaba sin piedad.
—¿Dónde… dónde estoy? —preguntó ella con el hilo de voz que le quedaba, sintiendo pánico al no reconocer el lugar—. ¿Qué me hizo? ¿Por qué llevo esto puesto?
—Estás en mi casa. Y si llevas mi camisa es porque el vestido que traías estaba empapado en sudor por la droga que te dieron —respondió Dante levantándose con paso firme y pausado.
La sombra de la desconfianza volvió a endurecer sus facciones—. Alguien puso una sustancia peligrosa en algo que bebiste. Si no me hubiera cruzado en tu camino, a esta hora estarías en las noticias.
El recuerdo de la botella de agua que le entregó Elena vino a la mente de Valeria como un golpe directo al corazón. «Gracias, Elena. Te había juzgado mal», recordó haberle dicho. La traición cayó sobre ella con todo su peso. Elena no quería ayudarla; quería destruirla por completo para complacer a Diana y apartarla definitivamente de la vida escolar y social.
Las lágrimas, imposibles de contener, comenzaron a resbalar por las mejillas de Valeria. Cubrió su rostro con las manos mientras los sollozos amargos escapaban de su pecho. Había perdido su dignidad, a la persona que creía amar, y casi pierde su vida, todo por confiar en gente que solo buscaba humillarla.
Dante se detuvo junto a la cama. Aunque su coraza le gritaba que se mantuviera distante, que no se involucrara con los problemas de una desconocida, el llanto desconsolado de Valeria tocaba una fibra que creía muerta desde el abandono de su exesposa. No había falsedad en su dolor; era la angustia pura de una joven a la que le habían roto el corazón y la confianza.
Se sentó en el borde del colchón. El peso de su cuerpo hizo que Valeria se tensara, pero Dante solo extendió una mano y, con una delicadeza que no se creía capaz de tener, le retiró suavemente los dedos del rostro.
—Mírame —ordenó él con una voz suave pero imperiosa.
Valeria lo miró con los ojos empañados. La cercanía del hombre, su aroma a madera e incienso y la seguridad que emanaba terminaron por calmar su temblor.
—Cualquier persona que te haya hecho sentir que mereces esto es un miserable —dijo Dante mirándola fijamente a los ojos, con una sinceridad aplastante—. No sé quién eres, ni qué clase de juego tenían contigo en ese club, pero en mi casa nadie va a volver a tocarte ni a hacerte daño. ¿Entendiste?
Valeria asintió lentamente, sintiendo un nudo en la garganta. Por primera vez en toda esa pesadilla, no se sintió sola.
—Gracias… —alcanzó a susurrar—. Le prometo que me iré mañana temprano, no quiero ser una carga ni molestarlo.
Dante esbozó una media sonrisa, fría y enigmática, mientras se ponía de pie.
—De eso hablaremos mañana, pequeña. Ahora duerme.
Se giró hacia la puerta, pero antes de salir, se detuvo un segundo sin voltear a verla.
—Y no te preocupes por volver a ese lugar. A partir de hoy, estás bajo mi protección.
Valeria se quedó mirando hacia la puerta, las últimas palabras del magnate resonaron en su mente haciéndola pensar que estaba en un sueño del cual no quería despertar.
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