Juliet Montgomery siempre supo que amar a Nicholas Sterling era un error.
Él era el hombre que todas querían. El heredero perfecto. El futuro CEO de un imperio. Y también el único hombre incapaz de verla como algo más que una simple conocida.
Durante años guardó sus sentimientos en silencio, conformándose con observarlo desde la distancia mientras él entregaba su corazón a otra mujer.
Entonces, una decisión tomada por sus familias cambió sus vidas para siempre.
Un matrimonio.
Un acuerdo.
Una promesa que ninguno de los dos deseaba cumplir por las mismas razones.
Lo que Juliet no sabía era que el destino tenía planes mucho más crueles para ambos.
Porque algunas personas necesitan perderlo todo para descubrir quién estuvo a su lado desde el principio.
Y cuando Nicholas finalmente aprendiera a verla, tal vez ella ya no estaría esperando.
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El Fantasma de Vivienne
Capítulo 22: El Fantasma de Vivienne
Nicholas Sterling
Casarme no había cambiado nada.
Al menos eso intentaba convencerme de creer.
La mañana siguiente a la boda desperté en mi habitación, me puse un traje, revisé mis correos y bajé a desayunar exactamente igual que cualquier otro día.
Como si no me hubiera casado.
Como si al otro lado de la casa no estuviera viviendo mi esposa.
Aquella palabra seguía resultándome extraña.
Esposa.
Juliet Sterling.
Todavía no lograba acostumbrarme.
Cuando entré al comedor, Juliet ya estaba allí.
Llevaba un vestido sencillo color crema y el cabello recogido en una coleta baja.
No parecía una recién casada.
Parecía una mujer agotada.
Por un instante nuestras miradas se encontraron.
—Buenos días.
Dijo ella.
—Buenos días.
Respondí.
Y eso fue todo.
El silencio volvió a instalarse entre nosotros.
Pesado.
Incómodo.
Juliet bajó la vista hacia su taza de café.
Y por alguna razón tuve la sensación de que estaba intentando parecer más fuerte de lo que realmente se sentía.
—¿Dormiste bien?
Pregunté.
Ella pareció sorprendida.
—Sí.
Mentía.
Era evidente.
Pero decidí no insistir.
Yo tampoco había dormido bien.
Las imágenes de la boda habían estado persiguiéndome toda la noche.
El altar.
Los votos.
El beso.
Juliet.
Especialmente Juliet.
Y aquello me irritaba.
Porque no quería pensar en ello.
Porque no significaba nada.
O al menos eso seguía diciéndome.
Terminé el desayuno rápidamente y me puse de pie.
—Tengo una reunión.
Juliet asintió.
—Claro.
Otra vez esa distancia.
Otra vez esa tristeza silenciosa.
Y otra vez me sentí incómodo.
Aquella sensación me acompañó durante toda la mañana.
Incluso mientras trabajaba.
Incluso mientras revisaba contratos.
Incluso mientras intentaba concentrarme.
Nada funcionó.
Porque seguía pensando en cosas que no debía pensar.
Y cuando mi teléfono sonó cerca del mediodía, sentí un alivio inmediato al ver el nombre en la pantalla.
Vivienne.
Contesté de inmediato.
—Hola.
Durante unos segundos ninguno habló.
Aquello ya era una mala señal.
—Hola, Nicholas.
Su voz sonaba diferente.
Más fría.
Más distante.
Y por primera vez sentí una punzada de culpa.
Porque estaba hablando con la mujer que amaba después de casarme con otra.
—¿Cómo estás?
Pregunté.
Vivienne soltó una pequeña risa amarga.
—¿De verdad quieres saberlo?
No tuve respuesta.
Porque sabía exactamente cómo estaba.
Dolida.
Y era culpa mía.
La conversación duró apenas unos minutos.
Minutos incómodos.
Dolorosos.
Cuando terminó, permanecí observando el teléfono durante varios segundos.
Y por primera vez me pregunté si había roto algo que jamás podría reparar.
Aquella tarde regresé temprano a la mansión.
Necesitaba despejar mi cabeza.
Pero apenas entré escuché risas provenientes del jardín.
Risas.
Algo poco habitual en aquella casa.
Movido por la curiosidad, me acerqué a una de las ventanas.
Y la vi.
Juliet.
Estaba sentada junto a mi madre.
Ambas conversaban mientras tomaban té.
Juliet sonreía.
Una sonrisa real.
Sincera.
Y por un momento me encontré observándola.
No parecía la mujer triste del desayuno.
Parecía ligera.
Feliz.
Mi madre dijo algo que la hizo reír.
Y aquella risa provocó una sensación extraña en mi pecho.
Porque era la misma mujer.
La misma persona.
Y sin embargo parecía completamente diferente cuando creía que nadie la observaba.
—Es una buena chica.
La voz de mi madre apareció detrás de mí.
Me sobresalté.
—¿Cuánto tiempo llevas ahí?
—Lo suficiente.
Respondió divertida.
Volví a mirar hacia el jardín.
—Lo sé.
Mi madre guardó silencio unos segundos.
—Entonces intenta recordarlo.
Fruncí el ceño.
—¿Qué significa eso?
—Significa que ahora es tu esposa.
Y antes de que pudiera responder, se alejó.
Aquellas palabras me acompañaron el resto de la tarde.
Porque no importaba cuánto intentara ignorarlo.
No importaba cuánto pensara en Vivienne.
No importaba cuánto quisiera convencerme de que nada había cambiado.
La realidad era otra.
Juliet ya no era solamente la hija de unos socios.
Ahora vivía bajo el mismo techo que yo.
Compartía mi apellido.
Compartía mi vida.
Y aunque todavía no estaba preparado para admitirlo, comenzaba a resultarme imposible verla de la misma manera que antes.
Porque mientras intentaba aferrarme al pasado...
El presente estaba empezando a abrirse camino lentamente.
Y ese presente tenía los ojos color avellana de Juliet Sterling.
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