Una apuesta. Un engaño. Un precio imposible de olvidar.
Porque hay decisiones que cambian la vida para siempre.
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Capítulo 8 Un secreto entre mis manos
Pasaron los días y esa distancia invisible entre nosotros parecía hacerse más grande, incluso cuando estábamos sentados uno al lado del otro.
Yo me obligaba a pensar que eran solo ideas mías, que todas las parejas pasan por momentos extraños y que con un poco más de paciencia y mucho amor todo volvería a ser como antes.
Pero por más que intentara engañarme, notaba que sus abrazos ya no transmitían esa seguridad de antes, que evitaba quedarse mucho tiempo mirándome a los ojos y que cuando yo le decía cuánto lo amaba, él solo me devolvía una sonrisa triste y callada, sin responder con las mismas palabras que tanto me gustaban escuchar.
Sin embargo, yo tenía algo dentro de mí que me daba fuerzas para seguir esperando:
Una sospecha que cada día se sentía más real.
Desde hacía una semana me sentía diferente:
Me cansaba con muy poco esfuerzo, al despertar sentía una leve náusea que se iba al rato, y mi mente volaba constantemente hacia la idea de que no estaba sola.
Aún no había comprado el test para confirmarlo, quería esperar unos días más para estar completamente segura, pero en el fondo de mi corazón yo ya lo sabía.
Cada noche, cuando estaba sola en mi cama, acariciaba suavemente mi vientre y sentía una ternura inmensa:
Allí empezaba a crecer una vida hecha de nosotros dos, algo que nadie podría habernos quitado jamás.
Estaba convencida de que en cuanto él lo supiera, toda su frialdad desaparecería de golpe y volveríamos a ser los mismos chicos felices que un día fuimos.
Una tarde lo encontré sentado solo en el rincón más apartado del patio, con la mirada fija en el suelo y los puños cerrados con fuerza.
Me acerqué despacio para no asustarlo y me senté justo a su lado.
—Leonardo —le llamé suavemente, poniendo mi mano sobre la suya—, sé que algo te pasa.
No tienes por qué cargarlo tú solo, recuerda que estamos juntos en esto.
Él dio un respingo al sentir mi tacto, me miró un instante y luego apartó la vista de nuevo, soltando el aire con pesadez.
—No es nada que tú puedas arreglar, Valentina.
Son asuntos míos, solo tengo la cabeza llena de problemas.
—Somos un equipo —le recordé con el corazón latiéndome fuerte—.
Lo que te afecta a ti, me afecta a mí también.
Pronto todo cambiará para bien, te lo aseguro.
Solo tienes que esperar un poco más.
Al decirle eso, él levantó la cabeza de golpe y me miró con una expresión que no supe descifrar:
Parecía asustado, dolido y perdido al mismo tiempo.
No dijo nada, solo me atrajo hacia él y me abrazó con tanta fuerza que me dolió, como si quisiera aferrarse a mí sabiendo que pronto me perdería.
Yo me quedé quieta entre sus brazos, convencida de que ese abrazo significaba que volvería a ser mi Leonardo.
No tenía ni idea de que él ya intuía mi secreto, y que en lugar de alegría, solo le provocaba más miedo y más culpa.
Mientras yo soñaba con nuestra familia y nuestro futuro, él solo pensaba en cómo ocultar la verdad que nos destrozaría a los dos.