NovelToon NovelToon
BAJO UN CIELO ROTO

BAJO UN CIELO ROTO

Status: Terminada
Genre:Mundo de fantasía / Completas
Popularitas:2.9k
Nilai: 5
nombre de autor: Alexa Rodríguez Murillo

La historia sigue a Lucía, una mujer cuya vida aparentemente feliz se derrumba al descubrir los secretos, mentiras y traiciones de Mateo. Entre conspiraciones, pérdidas familiares, persecuciones y dolor, deberá enfrentar su pasado, recuperar su identidad y aprender que sobrevivir no significa olvidar, sino elegir nuevamente vivir con libertad y esperanza.

NovelToon tiene autorización de Alexa Rodríguez Murillo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 2 LA CASA DE LOS DOMINGOS

Los domingos siempre habían tenido un sabor distinto en la casa de Lucía.

No era porque cocinaran algo especial.

No porque tuvieran dinero para salir.

Ni porque la familia fuera perfecta.

Era simplemente porque los domingos nadie tenía tanta prisa.

Durante la semana, cada uno parecía vivir con un reloj distinto. Teresa se levantaba temprano para preparar el desayuno, hacer algunas cosas de la casa y atender los pequeños trabajos de costura que de vez en cuando le encargaban las vecinas. Roberto salía antes de las siete para trabajar. Diego iba a estudiar y, cuando tenía tiempo, hacía algunos trabajos ocasionales para ayudar con sus gastos. Lucía pasaba casi todo el día en la oficina.

Solo los domingos lograban coincidir.

Y por eso, para ella, aquel día tenía un significado especial.

Era el día de la mesa completa.

El día del arroz recién hecho.

El día de las discusiones absurdas.

El día en que su madre preguntaba por quinta vez si alguien quería más comida.

El día en que su padre fingía estar molesto porque nadie le ayudaba, aunque secretamente le gustaba que todos dependieran de él para alguna cosa.

Y, desde hacía algunas semanas, también era el día en que hablaban de la boda.

—No sé por qué estamos preparando tanta comida —dijo Roberto mientras entraba a la cocina con una bolsa en la mano—. Solo somos cuatro.

—Cinco —corrigió Teresa.

Roberto se quedó quieto.

—¿Cinco?

—Va a venir Mateo.

—Ah.

Lucía, que estaba cortando cebolla, levantó la mirada.

—¿Ya lo olvidaste?

—No lo olvidé.

—Entonces ¿por qué preguntaste?

Roberto dejó la bolsa sobre la mesa.

—Estoy acostumbrado a que los domingos seamos cuatro.

Diego apareció detrás de él.

—Yo también estaba acostumbrado a ser hijo único.

Lucía le lanzó un trozo pequeño de cebolla.

—¿Qué tiene que ver eso?

—Nada. Me gusta hablar.

Teresa negó con la cabeza.

—Los dos son iguales.

—¿Iguales a quién? —preguntó Lucía.

—A su padre.

Roberto fingió indignación.

—¿Yo?

—Sí, tú.

—Yo soy una persona tranquila.

Los tres lo miraron.

Roberto levantó las cejas.

—¿Qué?

Diego comenzó a reír.

—Papá, tú discutiste con el señor de la tienda porque te cobró veinte céntimos de más.

—Era una cuestión de principios.

—Era una moneda.

—Las cosas se empiezan con una moneda y terminan con veinte soles.

Teresa soltó una carcajada.

Lucía los observó desde la cocina.

Aquellas conversaciones le parecían insignificantes.

Y, precisamente por eso, eran importantes.

No había grandes discursos.

No había secretos importantes sobre aquella mesa.

Había bromas.

Quejas.

Deudas.

Planes.

Cosas pequeñas.

Cosas de familia.

La vida real.

Lucía siempre había pensado que la felicidad debía sentirse así.

No como una película.

No como una historia perfecta.

Sino como una mañana en la que uno conoce de memoria la manera en que su padre golpea la mesa cuando está contando algo, la forma en que su madre acomoda el cabello detrás de la oreja cuando está concentrada y el tono de voz que usa Diego cuando intenta pedir dinero sin que parezca que está pidiendo dinero.

Aquello era su mundo.

Y lo quería.

A las doce y media, Mateo llegó.

Tocó la puerta dos veces.

Diego gritó desde la sala:

—¡Está abierto!

—¡No le abras así! —protestó Teresa—. Parece que vivimos en una casa abandonada.

Mateo entró riendo.

Llevaba una camisa azul y unos pantalones oscuros.

En una mano sostenía una bolsa.

—Traje postre.

Teresa sonrió.

—No tenías que traer nada.

—Lo compré de camino.

Diego se acercó inmediatamente.

—¿Qué es?

—Pastel.

—Entonces sí eres bienvenido.

Mateo le dio un pequeño golpe en el hombro.

—Interesado.

—Siempre.

Lucía apareció desde la cocina.

Cuando lo vio, sonrió.

Mateo se acercó y la abrazó.

—Hola.

—Hola.

—¿Cómo amaneciste?

—Bien.

—¿Dormiste?

—Más o menos.

—¿Otra vez?

Lucía puso los ojos en blanco.

—Ya empezamos.

Mateo sonrió.

Por un instante, todo parecía exactamente como debía ser.

Teresa los observó.

—Siéntense. Ya vamos a servir.

La familia se acomodó alrededor de la mesa.

Roberto abrió una gaseosa.

Diego comenzó a hablar de sus clases.

Teresa se quejó de una vecina que llevaba dos semanas sin pagarle un trabajo de costura.

Lucía habló de una compañera de la oficina.

Mateo comentó algo sobre una entrega que había tenido que supervisar.

La conversación avanzaba de un tema a otro.

Nada extraordinario.

Nada que pudiera convertirse en recuerdo doloroso.

Pero Lucía, sin saber por qué, empezó a notar pequeñas cosas.

Mateo revisaba demasiado el teléfono.

Lo colocaba boca abajo.

Cada cierto tiempo lo tomaba, miraba la pantalla y volvía a guardarlo.

Una vez.

Dos.

Tres.

Lucía lo observó.

No dijo nada.

Al principio pensó que podía tratarse de algo del trabajo.

Después pensó que quizá estaba esperando una llamada.

No quiso darle importancia.

—¿Todo bien? —preguntó finalmente.

Mateo levantó la mirada.

—Sí.

—Estás revisando mucho el teléfono.

—Es del trabajo.

—¿Hoy también?

Mateo sonrió.

—Ya sabes cómo es.

Lucía asintió.

—Sí.

Y dejó el tema.

Roberto continuó hablando.

Pero unos minutos después el teléfono de Mateo vibró.

Él miró la pantalla.

Su rostro cambió.

Fue apenas un segundo.

Un pequeño endurecimiento de la mandíbula.

Después apagó el teléfono.

Lucía lo vio.

Esta vez no pudo evitar sentir curiosidad.

—¿No vas a contestar?

—No.

—¿Seguro?

—Sí.

—Pensé que era algo importante.

Mateo se quedó callado.

—No lo es.

Lucía sonrió débilmente.

—Está bien.

La conversación continuó.

Pero ahora había algo distinto.

Una pequeña grieta que todavía nadie podía ver.

Después del almuerzo, Roberto se quedó en la sala viendo televisión.

Diego salió a jugar fútbol con unos amigos.

Teresa lavaba los platos.

Lucía y Mateo se quedaron en el patio pequeño que había detrás de la casa.

Era apenas un espacio de cuatro metros de largo.

Había unas plantas en macetas.

Una silla vieja.

Una cuerda para tender ropa.

Y una pared que Teresa había querido pintar varias veces pero nunca había tenido dinero suficiente.

Lucía se sentó.

Mateo permaneció de pie.

—¿Qué pasa? —preguntó ella.

—Nada.

—Sí pasa algo.

Mateo la miró.

—¿Por qué dices eso?

—Porque estás raro.

—Estoy cansado.

—Mateo.

Él se sentó frente a ella.

—No estoy raro.

Lucía lo observó unos segundos.

—¿Estás preocupado?

—Un poco.

—¿Por la boda?

—También.

—¿También?

Mateo suspiró.

—Por el trabajo.

Lucía bajó la mirada.

—¿Hay problemas?

—No.

—Entonces ¿qué pasa?

—Nada importante.

Lucía sonrió.

—No tienes que contarme todo.

Mateo levantó la mirada.

—¿No?

—No.

—Pensé que te molestaría que no te contara las cosas.

—Me molesta más cuando siento que me estás ocultando algo.

Mateo guardó silencio.

Lucía sintió una pequeña incomodidad.

Entonces él le tomó la mano.

—No te estoy ocultando nada.

Ella lo miró a los ojos.

—Está bien.

Mateo apretó sus dedos.

—Te prometo que todo va a salir bien.

Lucía sonrió.

—Eso espero.

—Va a salir bien.

Aquella frase se quedó en el aire.

“Va a salir bien”.

Lucía la escucharía muchas veces más.

Siempre dicha por alguien que no podía saber lo que iba a ocurrir.

Esa noche, cuando Mateo se fue, Lucía lo acompañó hasta la puerta.

—Mañana paso por ti —dijo él.

—¿A qué hora?

—Seis y media.

—¿Seguro?

—Sí.

—Porque ayer dijiste lo mismo.

Mateo sonrió.

—Esta vez sí.

Lucía se cruzó de brazos.

—Te voy a creer.

—Hazlo.

Él se acercó y la besó.

Después se alejó.

Lucía permaneció en la puerta mientras lo veía caminar hacia la esquina.

Mateo levantó una mano.

Ella respondió.

Luego él desapareció.

Lucía cerró la puerta.

Cuando regresó a la sala, su madre estaba sentada en el sofá.

—¿Se fue?

—Sí.

Teresa la miró.

—¿Estás feliz?

Lucía sonrió.

—Mucho.

—¿Segura?

Lucía se sentó a su lado.

—¿Por qué me preguntas eso?

—No sé.

—Mamá.

Teresa acomodó el borde de una manta.

—A veces una madre siente cosas.

Lucía soltó una pequeña risa.

—Siempre dices eso.

—Porque es verdad.

—Mateo me quiere.

—No dije que no te quisiera.

Lucía la miró.

Teresa suspiró.

—Solo digo que no debes dejar de pensar en ti después de casarte.

Lucía frunció el ceño.

—¿Por qué me dices eso?

—Porque muchas mujeres comienzan una relación y poco a poco dejan de ser ellas mismas.

—Yo no.

—Eso espero.

Teresa tomó su mano.

—Quiero que tengas una buena vida, hija.

Lucía apoyó la cabeza en su hombro.

—La voy a tener.

—¿Cómo estás tan segura?

Lucía sonrió.

—Porque tengo mucho por lo que estar agradecida.

Teresa le acarició el cabello.

No respondió.

Más tarde, Lucía entró en su habitación.

Se quitó los zapatos.

Abrió el pequeño cajón donde guardaba sus documentos.

Sacó un cuaderno.

Era viejo.

Tenía las tapas azules.

En la primera página había escrito:

PLANES

Abajo había una lista.

Ahorrar para la boda.

Comprar refrigeradora nueva.

Pagar la deuda pendiente.

Alquilar un lugar para vivir con Mateo.

Viajar aunque fuera una vez al año.

Ayudar a mamá.

Ayudar a Diego a terminar sus estudios.

Lucía sonrió al leerlo.

No necesitaba más.

Volvió a guardar el cuaderno.

Entonces su teléfono vibró.

Era un mensaje de Mateo.

“Ya llegué.”

Lucía respondió:

“Descansa.”

Pasaron unos segundos.

Llegó otro mensaje.

“Te amo.”

Ella sonrió.

Escribió:

“Yo también.”

Dejó el teléfono sobre la mesa de noche.

Pero antes de apagar la luz, lo volvió a mirar.

No había nada extraño.

Nada.

Solo dos palabras.

Sin embargo, algo dentro de ella recordó el teléfono boca abajo sobre la mesa.

La llamada que Mateo no había contestado.

El cambio en su rostro.

La pausa antes de responder.

Lucía intentó ignorarlo.

Se acostó.

Cerró los ojos.

Pero no consiguió dormir inmediatamente.

En otra parte de la ciudad, Mateo estaba sentado solo dentro de su habitación.

El lugar era pequeño.

Tenía una cama.

Un armario.

Una mesa.

Una computadora.

Y una caja de cartón escondida debajo de la cama.

Mateo miró su teléfono.

Tenía siete llamadas perdidas.

Tres mensajes.

Todos del mismo número.

Abrió uno.

“No puedes seguir retrasándolo.”

Mateo cerró los ojos.

Llegó otro.

“La boda cambia todo.”

Después uno más.

“Ella no puede saberlo.”

Mateo dejó caer el teléfono sobre la mesa.

Se pasó ambas manos por la cara.

Respiró profundamente.

Durante unos segundos pareció un hombre completamente derrotado.

No el novio que aquella tarde había sonreído en la mesa familiar de Lucía.

No el hombre que había dicho que todo estaría bien.

Solo un hombre atrapado.

Alguien que había tomado decisiones equivocadas y ahora no encontraba una salida.

Miró hacia la caja debajo de la cama.

Se agachó.

La sacó.

La abrió.

Dentro había varios documentos.

Un teléfono antiguo.

Una memoria USB.

Fotografías.

Un sobre con dinero.

Y un pequeño cuaderno negro.

Mateo tomó el cuaderno.

Lo abrió.

Varias páginas estaban llenas de nombres.

Fechas.

Cantidades.

Direcciones.

Y al final de una de las páginas, escrita con una letra que no era la suya, había una frase:

“Después de la boda, no habrá vuelta atrás.”

Mateo cerró el cuaderno.

Lo guardó nuevamente.

Se quedó sentado en el suelo.

Durante mucho tiempo no hizo nada.

Luego tomó el teléfono.

Marcó un número.

Una voz masculina respondió.

—¿Sí?

Mateo tragó saliva.

—Necesito más tiempo.

Silencio.

—Te dije que no.

—Solo hasta después de la boda.

—No entiendes.

—Sí entiendo.

—Entonces sabes lo que va a pasar.

Mateo cerró los ojos.

—No voy a dejar que le hagan daño.

La voz al otro lado soltó una risa seca.

—Ya es demasiado tarde para protegerla.

La llamada terminó.

Mateo se quedó mirando la pantalla.

Y por primera vez pareció comprender que ya no controlaba nada.

A la mañana siguiente, Lucía despertó con una sensación extraña.

No recordaba haber tenido una pesadilla.

No recordaba ningún sueño.

Pero sentía el pecho pesado.

Se incorporó.

Miró la fotografía de ella y Mateo sobre la mesa.

La tomó.

—Todo va a salir bien —murmuró.

Repitió exactamente las palabras que él había pronunciado el día anterior.

Después se levantó.

Se vistió.

Desayunó con su familia.

Salió a trabajar.

Y volvió a vivir como si todo fuera normal.

Porque eso hacemos cuando no sabemos que la vida está a punto de romperse.

Continuamos.

Pagamos cuentas.

Tomamos el autobús.

Compramos pan.

Contestamos mensajes.

Nos quejamos del trabajo.

Planeamos el futuro.

Reímos.

Amamos.

Dormimos.

Y creemos que mañana se parecerá a hoy.

Lucía todavía lo creía.

Su familia también.

Incluso Mateo, en algún rincón de sí mismo, probablemente quería creerlo.

Pero las mentiras ya habían comenzado a crecer.

Y las mentiras, como ciertas grietas en una pared, pueden permanecer ocultas durante mucho tiempo.

Hasta que un día la estructura completa deja de sostenerse.

Aquella familia todavía estaba completa.

Aquella mujer todavía estaba enamorada.

Aquella boda todavía seguía en pie.

Y aquel hogar todavía era un lugar seguro.

Por poco tiempo.

Porque muy pronto Lucía iba a descubrir que algunas traiciones no comienzan con un beso.

Comienzan mucho antes.

Con un teléfono que se esconde.

Con una pregunta que no se responde.

Con una mirada que dura demasiado poco.

Con una promesa que suena diferente.

Y con una persona que, mientras dice “te amo”, ya está preparando una vida en la que tú no conoces la mitad de la verdad.

Lucía todavía no lo sabía.

Pero el hombre con quien pensaba casarse ya había empezado a mentirle.

Y la mentira más peligrosa todavía no había sido pronunciada.

1
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play