Una noche lo destruyó todo. Una trampa, una droga, un hombre que no pudo controlarse. Fernanda Arévalo perdió su pureza, su beca y su fe en el mundo a manos de Tristán Bracamonte, el heredero más poderoso —y más cruel— del país. Huyó sin mirar atrás, jurando enterrar aquella noche para siempre.
Seis años después, la vida tiene un sentido del humor perverso.
Fernanda ya no es el patito feo al que todos humillaban en la universidad. Ahora es una mujer imponente, madre soltera de un niño brillante, y acaba de ser contratada como secretaria personal del nuevo CEO del Grupo Bracamonte. El mismo hombre. La misma mirada gélida. El mismo apellido que le arrebató todo.
Pero Tristán tampoco es el mismo. Detrás de su fachada de hielo, lleva seis años buscando a la chica que desapareció sin dejar rastro, atormentado por una culpa que no lo deja dormir. Y cuando su nueva secretaria lo mira con esos ojos cristalinos que le resultan imposibles de olvidar, algo dentro de él se quiebra.
Ella finge no conocerlo. Él finge no sospechar. Pero los secretos tienen fecha de caducidad.
Mientras Fernanda lucha por mantener oculta la identidad del padre de su hijo, una mujer del pasado urde un plan siniestro para destruirla. Secuestros, traiciones empresariales, una hermana gemela que nadie sabía que existía y una red criminal que se extiende desde Ciudad de México hasta las costas de Maldivas convergen en una trama donde el amor y la venganza comparten la misma cama.
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Capítulo 8
La puerta de la imponente sala de juntas se cerró herméticamente, sellando en su interior una atmósfera que de pronto se había tornado asfixiante. Alrededor de la gran mesa ovalada, los jefes de división permanecían sentados con el cuerpo rígido y el rostro lívido. Varios de ellos se secaban una y otra vez el sudor frío que les brotaba en la frente. Todos conocían de sobra la reputación de Tristán Bracamonte: un solo error al preparar un informe o una respuesta fallida a cualquiera de sus preguntas, y el precio a pagar era una humillación pública, o incluso el despido fulminante ese mismo día, sin la menor clemencia.
Uno a uno, los jefes de división fueron pasando al frente para exponer los resultados finales de sus metas mensuales, con la voz ligeramente trémula.
Fernanda, sentada junto a la silla de Tristán, tenía a su cargo tomar notas y operar la laptop. Observaba el desarrollo de la junta con suma atención. Al ver cómo todos en aquella sala se sometían y temblaban ante la presencia de Tristán, la memoria de Fernanda se disparó de golpe hacia sus años en la universidad, seis años atrás. En aquel entonces, Tristán era el monstruo al que todo el campus le tenía pavor. Ni hablar de los estudiantes: hasta los mismos profesores se cuidaban de no abrir la boca ni llamarle la atención por sus desmanes, intimidados por el inmenso poder de su familia.
Así que esa arrogancia insoportable, esa soberbia y esa forma de ser tan detestable siempre le corrieron por las venas. Solo que el Tristán de ahora es una versión mucho más fría y con mucha más autoridad, lo cual lo hace infinitamente más peligroso, pensó Fernanda, lanzándole una mirada cargada de recelo desde su costado.
La junta transcurrió sin sobresaltos hasta que llegó el turno de la División de Marketing. En cuanto la diapositiva de la presentación apareció en pantalla, la mirada de Tristán, que hasta entonces se mantenía inexpresiva, se transformó al instante en un filo cortante como una navaja. La presentación apenas iba a la mitad cuando Tristán levantó la mano derecha, deteniendo la exposición de forma tajante.
—Suficiente —cortó Tristán. Su voz no fue estridente, pero el eco gélido que dejó bastó para erizarle la piel a todos los presentes.
Tristán recargó la espalda en su sillón de piel y clavó una mirada implacable en el señor Jaramillo, jefe de la División de Marketing, que a esas alturas ya se había quedado petrificado frente a la pantalla.
—¿Esto es lo que la División de Marketing preparó durante un mes entero? ¿Este concepto de promoción? —Tristán soltó una risa seca y despectiva, una carcajada de menosprecio que hería en lo más profundo—. ¡Esto es prehistórico! Están promocionando propiedades de lujo de millones de pesos del Grupo Bracamonte como si estuvieran vendiendo viviendas de interés social en las afueras. ¿Dónde quedó la creatividad de ustedes?
El señor Jaramillo tragó saliva con enorme dificultad; el rostro se le enrojeció de vergüenza y de miedo a partes iguales. —D... disculpe, señor Tristán. Pero de acuerdo con nuestro análisis de mercado, este concepto convencional sigue siendo efectivo para...
¡Pam!
Tristán arrojó su costoso bolígrafo sobre la mesa, provocando un golpe seco y violento. El señor Jaramillo enmudeció al instante, sin atreverse a terminar la frase.
—¡No necesito excusas anticuadas, señor Jaramillo! ¡Lo que necesito son resultados y ganancias! —le espetó Tristán con un tono implacable y despiadado—. Escúcheme bien. Le doy un mes más. Si para el mes que viene siguen usando este concepto de basura y no logran incrementar los ingresos de la empresa en el sector de marketing, usted y todo el personal de su división pueden irse largando de este edificio. Y ojo: prepárense para ser despedidos sin un solo centavo de liquidación.
La sala entera quedó en un silencio sepulcral. La decisión de Tristán Bracamonte era sencillamente demencial y fuera de toda razón. Actuaba como un hombre despiadado, carente por completo de conciencia y de empatía hacia la suerte de sus empleados, muchos de ellos con familias que mantener.
Al presenciar semejante atropello y abuso de poder justo delante de sus ojos, Fernanda no pudo contener más su irritación. Exhaló de forma brusca, dejando que el sonido de aquel resoplido cargado de desdén se escuchara con toda claridad junto a Tristán, como una protesta silenciosa contra la conducta desmedidamente egoísta de su jefe.
Finalmente, la tensa junta mensual llegó a su fin. Tristán se dio por satisfecho con los informes de las demás divisiones, a excepción de Marketing, que todavía le provocaba un profundo fastidio. Sin dedicar una sola palabra de cierre, se levantó de su sillón y avanzó con pasos largos hacia la salida de la sala, seguido de cerca por Kevin, que caminaba a paso veloz detrás de él.
En cuanto la puerta de la sala de juntas se cerró por fuera, se escuchó un suspiro colectivo de alivio que brotó al unísono de todos los jefes de división. Como si una carga de toneladas acabara de ser retirada de sus hombros. El monstruo corporativo por fin se había marchado.
Fernanda percibió con absoluta nitidez aquella atmósfera de alivio. Mientras se ocupaba de ordenar los documentos importantes que habían quedado esparcidos sobre la mesa, Raquel se acercó con expresión compasiva.
—Nanda, ¿cómo es que aguantas trabajar con el Jefe Monstruo ese? Seguro que estás pasando por un montón de presión, ¿verdad? —susurró Raquel en voz baja—. Ah, y perdóname mucho por lo del informe financiero del otro día. Hubo un error interno de nuestro equipo, pero a la que le tocó el regaño en su primer día fuiste tú.
Fernanda esbozó una sonrisa discreta y negó con la cabeza. —Ni modo, Raquel. Quiera o no, tengo que aguantar trabajar con un jefe tan insoportable como ese. Es cuestión de profesionalismo.
—Tienes que ser fuerte, Fernanda. Yo tampoco me imaginaba que nuestro jefe fuera tan aterrador. Resulta que lo que decían los demás compañeros con más antigüedad era cierto: el señor Tristán es un CEO despiadado —dijo Raquel con un escalofrío.
Al escuchar las palabras de Raquel, Fernanda se sorprendió un poco. —Oye, ¿y tú cuánto tiempo llevas trabajando aquí, Raquel?
—Apenas un mes, Nanda. Por eso cuando al señor Jaramillo lo estaban destrozando hace rato, sentí que el corazón se me salía del pecho —confesó Raquel con honestidad.
Fernanda asintió, comprendiendo. Así que Raquel también era relativamente nueva en la empresa. Cuando terminó de acomodar todos los documentos entre sus brazos, Fernanda se dispuso a volver a su escritorio.
—¡Fernanda, en el almuerzo vamos juntas a la cafetería! —exclamó Raquel antes de que Fernanda saliera.
Fernanda volteó y levantó el pulgar en señal de aprobación, regalándole una sonrisa genuina que hacía lucir aún más encantador su hermoso rostro.
Al llegar a su escritorio, Fernanda volvió a acomodar los documentos importantes en su lugar correspondiente. Apenas acababa de sentarse y se disponía a exhalar un suspiro para tomarse un respiro, la voz estridente del intercomunicador en su mesa sonó de pronto.
Bzzz...
—¡Ven a mi oficina, ahora! —ordenó aquella voz de barítono desde el otro lado, terminante y sin admitir réplica.
Fernanda resopló por lo bajo. Con las pocas fuerzas que le quedaban, se puso de pie y caminó hacia la oficina de su jefe. Al abrir la puerta, encontró a Tristán sentado muy erguido, concentrado con seriedad frente a la pantalla de su laptop. Cerca del escritorio, Kevin permanecía de pie en posición firme.
—Kevin, puedes retirarte —ordenó Tristán sin apartar la mirada de la laptop.
—Sí, señor. —Kevin dio media vuelta para salir. Al cruzarse con Fernanda, la miró y le dedicó una sonrisa amarga, un gesto cargado de compasión que de inmediato le sembró un signo de interrogación en la cabeza.
¿Habrá algún problema otra vez? ¿Por qué Kevin puso esa cara?, se preguntó inquieta.
Después de que la puerta se cerró y quedaron solos los dos, un silencio denso se arrastró durante algunos segundos.
—Siéntate —ordenó Tristán con firmeza, sin despegar los ojos de la pantalla.
Fernanda avanzó y tomó asiento en la silla frente al escritorio de Tristán. Aunque el cuerpo se le sentía agarrotado y un ligero nerviosismo amenazaba con despertar su trauma, se esforzó con todas sus fuerzas por mostrarse lo más serena y profesional posible.
—Si me permite preguntar, ¿por qué me mandó llamar, señor Tristán? —inquirió Fernanda con un tono de voz perfectamente controlado.
Tristán finalmente cerró la laptop, cruzó ambas manos sobre el escritorio y le clavó la mirada a Fernanda sin rodeos. —Mañana me vas a acompañar a un almuerzo con un cliente importante, y vas a anotar todo lo relevante que yo te indique durante la reunión.
Fernanda sintió al instante cómo la irritación le brotaba por dentro. Saber que su hora de descanso del día siguiente tendría que pasarla al lado del hombre más insoportable que tenía enfrente le arruinó el ánimo por completo. El coraje contenido la dejó inmóvil, sin responder, lo cual hizo que Tristán entrecerrara los ojos y la taladrara con una mirada cortante.
—¿Por qué te quedas callada, eh? —la increpó Tristán, elevando la voz—. Si no te gusta cómo dirijo las cosas, ¡puedes largarte de esta empresa ahora mismo! Hay mucha gente bastante mejor que tú haciendo fila por este puesto.
Al escuchar aquella amenaza demoledora y despectiva, el orgullo de Fernanda se rebeló. No iba a permitir que ese hombre volviera a pisotearla con su poder. Fernanda irguió la espalda y le devolvió la mirada a los ojos afilados de Tristán sin un ápice de vacilación.
—Está bien, señor. Quédese tranquilo, no voy a quejarme. Porque mi tiempo en horario laboral le pertenece a usted y a la empresa —respondió Fernanda con un énfasis firme y valiente—. Pero que le quede claro, señor... fuera del horario de trabajo, usted no puede ordenarme lo que se le dé la gana para ningún asunto.
El corazón de Tristán dio un vuelco.
Al escuchar aquella declaración tan directa, audaz y desprovista de todo miedo de boca de su nueva secretaria, Tristán se quedó estupefacto. La amenaza que solía hacer temblar a cualquiera había sido desarticulada con una inteligencia impecable por la mujer que tenía enfrente.
Tristán observó fijamente el rostro hermoso de Fernanda, que irradiaba un aura de entereza inquebrantable. Era la primera vez en toda su vida que se encontraba con una mujer de carácter tan férreo y tan intrépido, una mujer a la que no le deslumbraba ni le intimidaba en lo más mínimo su posición, su cargo ni su poder.
Eres una mujer bastante interesante, Fernanda..., murmuró Tristán para sus adentros, mientras una chispa de fascinación desconocida comenzaba a germinar detrás de su corazón congelado.
Continuará...