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Cien Años Para Encontrarte

Cien Años Para Encontrarte

Status: En proceso
Genre:Maldición / Amor eterno / Reencuentro
Popularitas:867
Nilai: 5
nombre de autor: (⁠⁠^⁠‿⁠^⁠) Nany 。⁠◕⁠‿⁠◕⁠。

Algunas almas necesitan más de una vida para encontrarse...
Algunas promesas sobreviven al tiempo.
Algunas heridas nunca terminan de cerrar.
Y algunas maldiciones esperan pacientemente el momento de cumplirse.
Gideon Huxley lleva más de un siglo viviendo bajo el peso de un pasado que se niega a desaparecer.
Hasta que un encuentro fortuito despierta en él un recuerdo que creía perdido para siempre.
Porque quizá el destino no se haya equivocado de camino.
Quizá simplemente haya esperado cien años para volver a encontrarlos.

NovelToon tiene autorización de (⁠⁠^⁠‿⁠^⁠) Nany 。⁠◕⁠‿⁠◕⁠。 para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Lo que él tiempo no borró

Elara forzó una pequeña sonrisa y agradeció el gesto de su hermana con un ligero asentimiento. Sabía que Colette tenía toda la razón, desde que fallecieron sus padres no se había tomado descanso, ni vacaciones, todo con tal de tener ocupada su mente, además de ayudar a Colette con las deudas que le había dejado su cuñado, su compromiso con el taller de Diora era el pilar que mantenía a flote la economía familiar.

—Lo pensaré, Coco. Te lo prometo —mintió con suavidad, dándole un beso de buenas noches antes de apagar las luces de la cocina y ambas se retiraron a sus habitaciones.

Una vez a solas, el silencio de la noche pareció amplificar la agitación de sus pensamientos. Elara se cambió de ropa, se puso el pijama y se sentó frente al espejo del tocador. Con una extraña necesidad, abrió el cajón y extrajo la hermosa caja de terciopelo verde esmeralda. Al abrirla, el medallón de oro pareció capturar la tenue luz de la lámpara de noche con un fulgor casi hipnótico, mucho más vivo que el tono opaco que Colette había visto en la tienda. Después de contemplarla por un rato, volvió a guardar la joya en su cojín, cerró el estuche y se dispuso a dormir.

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En la mansión Huxley, la madrugada se convirtió en un auténtico infierno para Gideon. Atrapado en las garras de una parálisis febril, se hundió en la peor pesadilla que había tenido en un siglo entero, arrastrándolo a un abismo de recuerdos distorsionados que lo mantuvieron despierto y asfixiado casi toda la noche.

En el sueño, la densa niebla de Chicago volvía a rodearlo, pero esta vez Gideon corría desesperado, impulsado por una urgencia que no había tenido hace más de cien años. De pronto, la bruma se abrió y la vio: era la última vez que había estado frente a Zahli.

En el recuerdo, Gideon no la había tomado de la mano. 

—No debería estar aquí —había dicho él en voz baja en aquel entonces, manteniendo una distancia prudente y sin mirarla a los ojos—. ¿Qué pasó, señorita Zahli?

Zahli intentó sonreír, pero la mueca no llegó a sus labios. Sus ojos verdes brillaban con una mezcla de esperanza y terror.

—Estoy... estoy encinta, Gideon.

En la pesadilla, el Gideon del pasado se quedó congelado, con el cigarro a medio camino de la boca. Por un instante, su pulcro rostro de caballero bien afeitado se descompuso por completo.

—Eso es imposible —susurró. Pero no sonó convencido; sonó aterrado, negándose a aceptar la realidad.

El Gideon del pasado retrocedió, negando con la cabeza, incapaz siquiera de sostenerle la mirada. Por un segundo pareció dispuesto a regresar a la mansión, pero finalmente se dio media vuelta y echó a correr calle abajo, perdiéndose entre el hollín de la ciudad. No volvió la vista. Dejó atrás a Zahli, destrozada y sola en la penumbra.

—¡No! ¡Espera! ¡Vuelve! —gritaba el Gideon actual atrapado en la pesadilla, intentando correr hacia ella desde la oscuridad, atrapado en una parálisis invisible mientras revivía su propia cobardía—. ¡No la dejes sola!

Pero el curso del pasado era imperturbable.

—¡Mujerzuela! —escupió una voz chillona a las espaldas de la joven—. ¡No tendrás a mi prometido!

Zahli apenas tuvo tiempo de girarse. Varios hombres se abalanzaron sobre ella y la sujetaron con violencia, arrastrándola hacia un carruaje antes de que pudiera pedir auxilio. El último de los hombres se detuvo junto a la puerta de servicio, recogió la pesada bolsa con billetes que la sirvienta de Eleonora le había entregado y la sopesó en la mano con una sonrisa torcida. Luego miró de reojo a Zahli, que luchaba inútilmente.

—Llévensela. Hagan con ella lo que quieran.

El Gideon del presente golpeó el suelo del sueño, rompiéndose las manos contra el pavimento de piedra, gritando el nombre de Zahli mientras los hombres se la llevaban en la oscuridad. Quiso pelear, quiso salvarla, quiso interponerse entre ella y los golpes, pero la pesadilla no le permitía cambiar el pasado; solo lo obligaba a contemplar su propio pecado una y otra vez.

Para cuando los primeros hilos de luz del amanecer comenzaron a filtrarse por los pesados ventanales de la mansión, Gideon se incorporó de golpe en la cama, empapado en sudor y respirando entrecortadamente. Tenía la mirada perdida en el vacío y la absoluta certeza de que la pesadilla estaba conectada con la aparición de aquella mujer que vio en el restaurante.

...

Horas después Gideon se encontraba solo en el comedor, sosteniendo una taza de café negro con ambas manos, mientras la mirada fija en el ventanal delataba el absoluto cansancio de su noche de desvelo. En ese momento Charlotte apareció en el pasillo. Había bajado temprano para despedirse de Beltrán antes de que él saliera a sus compromisos de la mañana y, al igual que su abuelo, ya estaba completamente lista para marcharse. Su vestido —el cual finalmente estaba terminado tras los últimos ajustes en el taller— sería entregado ese mismo día, justo a tiempo para la exclusiva fiesta de compromiso que celebrarían ese fin de semana; una cena sumamente íntima y reservada solo para la familia y los amigos más cercanos.

Al ver a Gideon tan sumido en sus pensamientos, Charlotte se acercó a la mesa con una sonrisa suave.

—Buen día, abu... Gideon —se corrigió de inmediato, carraspeando un poco para mantener la costumbre incluso dentro de la casa.

—Buen día, Charlie... —respondió él con voz ronca, dedicándole una mirada cansada.

Charlotte se acomodó el abrigo y lo observó por un par de segundos, sopesando sus palabras antes de lanzar la propuesta.

—¿Quieres venir conmigo hoy al taller? Así puedes aprovechar el momento y disculparte en persona con Elara por tu espantoso comportamiento de la otra vez.

Gideon dejó la taza sobre la mesa, manteniendo su habitual semblante serio.

—Ya le envié un ramo de flores y una tarjeta de disculpas —contestó en un tono monótono, dando el asunto por zanjado.

—Vamos, abuelo. Tú mejor que nadie sabes que unas flores y una simple nota son un gesto demasiado ambiguo para enmendar semejante actuación —le reprochó ella, cruzándose de brazos.

Gideon masajea las sienes con fuerza. El eco de la pesadilla todavía le martilleaba la cabeza y sintió que la frustración comenzaba a molestarlo de verdad ante la insistencia de su nieta. Estaba a punto de negarse en redondo cuando ella dio la estocada final.

—Además, como mi hermano —pronunció Charlotte, resaltando la última frase con una mirada cargada de intención—, deberías venir a dar el visto bueno. Ya que mi madre no está y Beltrán andará ocupado hasta más tarde, tú eres mi única familia.

La sola mención de ser su única familia viva sobre la Tierra golpeó a Gideon directamente en el pecho. Toda la rigidez y el orgullo se desmoronaron ante el peso de ese recordatorio. Charlotte era el último brote del árbol que él mismo había plantado junto a Jaelle, la última persona que le importaba en ese mundo moderno y acelerado.

Gideon soltó un largo y denso suspiro, apartó la taza de café y se puso de pie, rendido ante la evidencia.

—Está bien —cedió con su habitual voz profunda, acomodándose la chaqueta del traje—. Iré contigo. Pero solo a darte el visto bueno, Charlie. No pienso causar otra escena.

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