Renata Sinclair lleva años casada con un hombre que la mira como si fuera un mueble más de su casa. Sin caricias, sin besos, sin palabras dulces… ni siquiera de noche comparten la cama. El rechazo constante ha despertado en ella un fuego que no logra apagar: su cuerpo pide lo que su alma anhela, y la ausencia de afecto se transformó en un deseo incontrolable que la avergüenza y la consume. Desesperada por salvar su matrimonio y sanar esa parte rota de sí misma, acude a una consulta médica privada. Allí conoce al doctor Gabriel Sterling: hombre alto, imponente, mirada de acero y voz que la eriza con cada sílaba. Es autoritario, directo, exigente… y despierta en ella algo que ni su propio cuerpo logra entender. Cuando Renata se atreve a acercarse a su esposo una última vez, buscando recuperar lo que perdieron, recibe la humillación más cruel de su vida. Destrozada, volverá a los brazos —y a la cama— del doctor, sin imaginar que él oculta un secreto: detrás de esa bata blanca.
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Capítulo 7: Sabores y Promesas
La mañana se coló por el cristal en forma de luz pálida y azulada, bañando la habitación con una claridad suave que parecía de otro mundo. Renata despertó lentamente, sintiendo un calor pesado y reconfortante sobre su cintura, una respiración lenta y profunda rozando la nuca. Abrió los ojos y tardó unos segundos en recordar dónde estaba… y una sonrisa dulce se dibujó sola en sus labios. No era su cama fría y solitaria. No era el silencio vacío de su casa. Era él.
Gabriel dormía abrazándola por la espalda, pegado a ella como si en sueños no quisiera soltarla. Su brazo fuerte le cruzaba el vientre, la mano abierta sobre su ombligo, su pierna larga entrelazada con la suya. Renata se quedó inmóvil un instante, disfrutando de esa paz que jamás creyó posible: escuchando su corazón latir contra su espalda, sintiendo su pecho subir y bajar rítmicamente, respirando su aroma mezclado con el suyo en la almohada. Era la primera mañana de su vida que despertaba sintiéndose completa.
—Sé que estás despierta —murmuró él con voz ronca y pastosa de sueño, apretándola más contra sí—. Siento tus ojos en mí.
Renata soltó una risita baja, girándose entre sus brazos hasta quedar cara a cara con él. Gabriel tenía los ojos entrecerrados, el cabello revuelto, esa expresión relajada y sin máscara que nadie más veía. Era hermoso. Inhumana y devastadoramente hermoso.
—¿Llevas mucho tiempo despierto?
—El suficiente para memorizarte así —respondió él, acariciando su mejilla con el pulgar con una ternura que le hizo daño en el pecho—. Eres la primera cosa que quiero ver cada día a partir de ahora. ¿Sabes eso?
Renata sintió cómo se le humedecían los ojos y escondió el rostro en el hueco de su cuello, emocionada hasta las lágrimas por esas palabras que nadie jamás le había dicho. Gabriel la dejó ser, besando su sien mientras ella se aferraba a su camisa como a un salvavidas.
—No llores, cielo. No quiero arrancarte lágrimas, quiero arrancarte sonrisas… y suspiros de placer.
Ella levantó la vista de golpe, con las mejillas encendidas y una mirada que lo encendió entero.
—¿Y quién dice que no son de felicidad? —susurró, rozando sus labios con los suyos—. Tú me haces feliz, Gabriel. Más de lo que creía posible.
Él gimió bajito contra su boca y la besó despacio, saboreándola con la lentitud de quien no tiene prisa, como si cada beso fuera una despedida y un comienzo a la vez.
—Tengo que irme pronto —dijo al separarse, aunque sus manos no dejaban de recorrerla, como si quisiera grabar su forma en la piel antes de soltarla—. Antes de que amanezca del todo y la gente empiece a moverse por la calle.
Renata asintió, aunque el pecho se le encogió al pensarlo. Se levantaron juntos, desnudos ante la luz de la mañana, sin vergüenza, solo con la certeza de pertenecerse. Gabriel le sirvió café en dos tazas de cerámica negra, apoyados ambos en el amplio ventanal viendo cómo el sol teñía de oro las copas de los rascacielos. El líquido caliente le quemaba las manos y le reconfortaba el alma.
—Mañana tengo una cena familiar —confesó ella con la mirada fija en el horizonte, el ceño fruncido de pura preocupación—. Andrés dice que es importante para sus negocios. No puedo faltar. Pero no quiero ir. No quiero fingir ser su esposa cuando… —se calló y alzó los ojos hacia él.
Gabriel apretó la taza entre sus manos, y por un instante esa sombra oscura que a veces cruzaba su mirada volvió a aparecer.
—Ve. Sé encantadora. Sonríe. Haz lo que debas hacer. Pero escúchame bien: eres mía, Renata. No importa de quién vayas de la mano ni en qué casa duermas. Tu cuerpo es mío. Tu deseo es mío. Y tu corazón… —se acercó un paso y le acarició el pecho justo sobre el suyo, con firmeza absoluta— ese también es mío. ¿Quedó claro?
Ella sintió un escalofrío que nada tenía que ver con el frío. Era miedo y emoción mezclados, esa certeza de haber caído en manos de un hombre que no soltaba jamás.
—Claro que sí —susurró—. Tuyo todo. Siempre.
Gabriel asintió satisfecho y sacó del bolsillo de su pantalón un pequeño objeto envuelto en terciopelo rojo. Se lo entregó con gesto solemne. Al abrirlo, había un collar de oro fino con un dije diminuto: una llama de fuego, tallada con detalle exquisito.
—Para que lleves un trozo de este fuego contigo. Y recuerdes cada vez que lo toques que te espero. Que te anhelo. Que nadie te puede tocar como yo. Nadie.
Se lo colocó él mismo tras su cuello, dejándolo caer justo entre sus pechos, donde latía su corazón. El frío del metal pronto se calentó con su piel.
—Te buscaré cuando todo acabe —prometió él, besando su frente—. No importa la hora. No importa el lugar. Solo llámame y estaré ahí.
Renata se puso sus ropas con lentitud, sintiendo el dije arder contra su pecho como una promesa viva. Se abrazaron una última vez en el umbral, con la boca sellada, robándose el aliento, sabiendo que cada segundo separados era demasiado. Cuando la puerta se cerró tras ella, Renata miró el dije en su mano y sonrió, con lágrimas en los ojos y el alma llena. Iba a una cena con su esposo… pero su corazón ya no le pertenecía a nadie más que a él.