La madre de Estefanía siempre fue “la otra”. La amante secreta de un hombre rico. Y ella… la hija ilegítima que la familia Rosales mantiene lejos en un convento.
Cuando el imperio de los Castellanos queda al borde de la quiebra, Alexander Castellanos, el CEO de la familia quien sufrió un accidente quedando discapacitado y necesita de un bastón para caminar, acepta casarse con la hija de la familia Rosales para salvar los negocios.
Pero la madrastra de Estefanía idea un engaño cruel: enviarla a ella como la hija legítima, aprovechando que nadie conoce la existencia de la bastarda.
Deseando por fin salir del lugar donde ha estado por años, Estefanía acepta convertirse en la esposa por contrato de Alexander.
Lo que comienza como un acuerdo frío pronto se vuelve peligroso. Porque vivir bajo el mismo techo despierta una tensión imposible de ignorar, mientras los secretos amenazan con destruirlo todo.
Y cuando la verdad salga a la luz, ninguno estará dispuesto a perder lo que considera suyo.
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Seguir pensandose.
Estefanía nunca había sentido una sensación así.
Ni siquiera cuando era niña y alguna compañera del convento le contaba historias románticas escondidas entre las sábanas después de apagar las luces.
Nada se parecía a esto.
A la manera en que el simple recuerdo de un beso podía dejarle el pecho acelerado durante horas.
A la forma en que todavía sentía los labios de Alexander sobre los suyos incluso después de que él había salido de casa.
Esa mañana, mientras Alexander y José avanzaban por la ciudad rumbo a distintas universidades para reclutar jóvenes talentos para la empresa, Estefanía intentaba concentrarse en otra cosa.
Pero no podía.
Porque cada cierto tiempo se tocaba los labios sin darse cuenta.
Y sonreía sola.
Aunque segundos después se obligaba a dejar de hacerlo.
Porque aquello era absurdo.
Alexander Castellanos no era un hombre para ella.
Él era elegante, poderoso, serio… pertenecía a un mundo completamente distinto.
Y aun así…
La había besado tres veces.
Y la tercera vez había sido porque quiso.
No por impulso.
No por accidente.
Eso hacía que el corazón le golpeara más fuerte.
Mientras tanto, dentro del automóvil negro, José hablaba sin parar.
—Te digo que deberíamos enfocarnos en gente joven. Los universitarios tienen ideas locas, pero algunas funcionan.
Alexander a su lado solo lo escuchába a medias.
Tenía la vista fija al frente.
Pero su mente no estaba ahí.
La imagen de Estefanía nerviosa, antes de salir de casa seguía apareciendo una y otra vez.
El brillo suave en sus labios.
La manera en que lo miró después del beso.
Maldita sea.
José lo miró de reojo.
—¿Qué pasa contigo?
—Nada.
—Traes cara de querer golpear a alguien desde temprano.
Alexander ignoró el comentario.
José sonrió divertido.
—Ah ya entendí… extrañas a tu esposa.
Alexander le lanzó una mirada fría.
—Concéntrate en la carretera.
José soltó una carcajada.
—Definitivamente te pasa algo.
Por otro lado, Estefanía caminaba nerviosa dentro de la universidad.
El campus era enorme.
Había estudiantes por todas partes.
Algunos iban riendo.
Otros cargaban libros.
Algunos parecían tan seguros de sí mismos que ella se sintió pequeña por un instante.
Muy pequeña.
Apretó la correa de su mochila.
No podía echarse atrás.
No después de todo lo que había pasado para llegar ahí.
Entró al salón y buscó un lugar al fondo.
Las primeras clases fueron difíciles.
Muchos términos que apenas entendía.
Profesores que hablaban rápido.
Compañeros que parecían ya conocerse.
Pero aun así…
Estefanía no podía dejar de sentirse feliz.
Feliz de estar ahí.
Feliz de estudiar.
Feliz de poder decidir algo sobre su vida por primera vez.
Cuando salió de la universidad ya era tarde.
El cansancio comenzaba a sentirse en sus piernas.
Pero todavía le faltaba el trabajo.
Caminó observando la ciudad, tratando de distraerse.
Seguía sorprendiéndose de cosas simples.
La gente entrando y saliendo.
Los vendedores ambulantes.
Las parejas peleando en la calle.
Los niños corriendo.
Era como si apenas estuviera aprendiendo a vivir.
Cuando llegó al pequeño restaurante, el encargado le explicó rápidamente lo que debía hacer.
Tomar órdenes.
Limpiar mesas.
Ayudar en cocina cuando faltara personal.
Las primeras horas fueron agotadoras.
Terminó confundiendo pedidos.
Derramó una bebida.
Incluso quemó ligeramente una orden de pan.
Pero aun así sonreía.
Porque nadie la estaba mirando con desprecio.
Porque por primera vez sentía que podía ganarse algo por sí misma.
Y eso hacía que el cansancio valiera la pena.
Al final de la noche, una pareja le dejó propina.
Estefanía observó los billetes con sorpresa.
—¿Esto es para mí?
La cocinera soltó una risa.
—Claro, niña. Nos atendiste muy bien.
Ella sonrió guardando el dinero cuidadosamente.
Luego preguntó qué autobús la dejaba cerca de la calle de la casa de Alexander, ya sabía el nombre de la calle.
Anotó todo mentalmente y salió del restaurante abrazando su mochila.
Durante el camino miró el celular varias veces.
La pantalla seguía vacía.
Ni mensajes.
Ni llamadas.
Y entonces recordó algo.
Alexander no tenía su número.
Eso le provocó una pequeña sonrisa.
Porque significaba que, aunque quisiera buscarla… no podía.
Cuando llegó a la mansión todo estaba oscuro.
Demasiado silencioso.
Dana ya había dejado algunas luces encendidas.
—¿Cómo le fue, señora?
—Bien… cansado, pero bien.
Dana sonrió orgullosa.
—Eso es bueno.
Estefanía subió a la habitación.
Se bañó lentamente dejando que el agua tibia relajara sus músculos adoloridos.
Luego se acomodó sobre la cama enorme.
Miró la puerta.
Esperando.
Tal vez Alexander llegaría tarde.
Tal vez seguía trabajando.
Tal vez…
Cerró los ojos unos segundos.
Pero las horas pasaron.
Y él nunca llegó.
La noche lentamente le abrió paso a la madrugada.
Hasta que el sueño terminó venciéndola.
El sonido de la alarma la hizo despertar sobresaltada.
Se incorporó rápidamente mirando a su lado.
La otra mitad de la cama seguía intacta.
Fría.
Alexander no había dormido ahí.
El pecho le dio un pequeño tirón extraño.
Algo parecido a decepción.
Pero se obligó a ignorarlo.
Se levantó rápido.
Se bañó.
Se arregló.
Y bajó al comedor.
Dana ya preparaba el desayuno.
—¿El señor Alexander vino?
—Solo lo escuché salir temprano.
Estefanía asintió intentando fingir indiferencia.
Pero durante el resto del día no pudo evitar pensar en eso.
Y el siguiente fue igual.
Y el siguiente también.
Las mañanas eran universidad.
Las tardes restaurante.
Las noches una habitación enorme y vacía.
Alexander apenas aparecía.
A veces Dana decía que había llegado de madrugada.
Otras veces que ni siquiera volvió.
Y aunque Estefanía intentaba convencerse de que no le importaba…
Cada noche terminaba mirando la puerta antes de dormir.
Esperando.
Mientras tanto, en la empresa Castellanos Group, la presión seguía aumentando.
Los números no mejoraban.
Las pérdidas crecían.
Los inversionistas comenzaban a inquietarse.
Y Alexander trabajaba prácticamente sin descansar.
Papeles.
Reuniones.
Llamadas.
Propuestas rechazadas.
Todo comenzaba a asfixiarlo.
José entró a la oficina dejándose caer frente al escritorio.
—Un grupo de chicas quiere salir esta noche.
Alexander ni siquiera levantó la vista de la computadora.
—No tengo tiempo.
—Últimamente nunca tienes tiempo para nada.
Silencio.
José lo observó unos segundos antes de sonreír con malicia.
—Ya no he visto a mi primita.
Los dedos de Alexander se tensaron apenas sobre el teclado.
—Ha estado ocupada.
—¿Y tú?
Alexander finalmente levantó la mirada.
—También.
José soltó una risa.
—Mentiroso.
Alexander cerró la laptop con fuerza.
Porque José tenía razón.
Llevaba días evitando volver temprano a casa.
Evitando verla.
Evitando recordar la manera en que lo miraba.
La manera en que sonreía.
La forma en que dormía abrazándola.
Porque Estefanía era demasiado joven.
Y él…
Él ya era un hombre grande.
Con una empresa cayéndose a pedazos.
Con un bastón.
Con demasiados problemas encima.
Y lo peor era que, aun sabiendo todo eso…
Seguía pensando en ella a cada maldito momento.