Evolett aprendió demasiado pronto que el mundo podía ser un lugar cruel. Durante dos años, sobrevivió en silencio, escondiendo sus heridas detrás de una mirada tímida y un corazón que ya no confiaba en nadie.
Hasta que apareció Will Cleim.
Él no la mira con lástima. No intenta salvarla. Simplemente decide quedarse.
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capitulo 3
La semana siguiente a la exposición fue un torbellino de confusión para Evolett. No podía dejar de pensar en aquel hombre de ojos azules, lo guapo que era y como se veia. No había intercambiado una sola palabra con él, ni siquiera sabía su nombre. Sin embargo, su imagen se había grabado en su memoria con la nitidez de una fotografía, y cada noche, antes de dormir, lo veía frente a aquel lienzo, con el perfil iluminado por la tenue luz de la galería
Concéntrate, se ordenaba a sí misma mientras caminaba hacia la universidad. Tienes cosas más importantes que hacer que fantasear con desconocidos
Pero su corazón no le hacía caso
Esa mañana, el cielo de París estaba cubierto de nubes grises que amenazaban lluvia. Evolett llevaba su mochila colgada del hombro y su cuaderno de bocetos bajo el brazo, lista para la clase de Diseño de Tejidos que tanto la apasionaba. Había estado trabajando en un proyecto sobre texturas invernales, y por primera vez en mucho tiempo, sentía que su creatividad comenzaba a despertar de su letargo
Al llegar al edificio, notó que algo era diferente. Varios estudiantes estaban reunidos en la entrada, mirando hacia la calle con expresiones de sorpresa. Algunas chicas susurraban emocionadas, y un par de ellas se ajustaban el cabello o se arreglaban la ropa, como si esperaran a alguien importante
Evolett intentó pasar desapercibida, pero su curiosidad fue más fuerte. Se detuvo al borde del grupo y siguió la dirección de las miradas. Estacionado frente a la universidad había un coche que no podía pasar inadvertido, un Rolls-Royce negro, impecable, con las ventanas tan oscuras que era imposible ver el interior. Un chofer uniformado esperaba junto a la puerta, con las manos cruzadas detrás de la espalda y una expresión de profesionalismo imperturbable
— Quién será?
preguntó una chica a su lado, con la voz teñida de emoción.
— No sé, pero el coche debe costar una fortuna
respondió su amiga.
— Tal vez es algún empresario visitando la facultad.
Evolett negó con la cabeza y se dispuso a entrar al edificio. Los coches lujosos no eran asunto suyo. Ni las vidas de los ricos, ni sus problemas, ni sus intereses. Ella era una chica que venía del orfanato, que apenas podía pagar su pequeño apartamento y que tenía una cuenta bancaria de trabajos que realizaba a veces y era tan escuálida que daba pena. Su lugar estaba en las aulas, entre los bocetos y las telas, no en el mundo de los conductores y los Rolls-Royce.
Pero entonces, el chofer abrió la puerta trasera del coche, y un hombre bajó de él. Evolett sintió que el suelo se abría bajo sus pies.
Era él. El hombre de la galería
Llevaba un traje gris marengo que se ajustaba a sus hombros anchos como una segunda piel, una camisa blanca impecable y una corbata de un azul intenso que hacía juego con sus ojos. Su cabello castaño claro estaba perfectamente peinado, y su mandíbula marcada se tensó ligeramente cuando recorrió el campus con la mirada, como si buscara algo. O a alguien.
El corazón de Evolett comenzó a latir con tal fuerza que temió que todos a su alrededor pudieran escucharlo. No, no, no. Esto no podía estar pasando. Qué hacía él aquí, Era coincidencia, el destino se estaba riendo de ella de la manera más cruel?
No puede haberme visto, pensó con pánico. No sabe que existo. Sigue caminando, Evolett, solo sigue caminando.
Pero sus piernas se negaban a moverse. Estaba paralizada, atrapada en la corriente de estudiantes que se arremolinaban a su alrededor, observando al hombre mientras él ascendía las escaleras del edificio principal. Su paso era firme, seguro, el de alguien acostumbrado a ser observado. Y cuando llegó a la cima, justo antes de entrar, se detuvo.
Giró la cabeza
Y sus miradas se encontraron
El mundo entero se detuvo. Evolett sintió que el aire se congelaba en sus pulmones, que su corazón daba un vuelco tan violento que creyó que se detendría. Por un segundo, todo lo que existió fue aquel par de ojos azules, fijos en ella con una intensidad que la desarmaba por completo. No había sorpresa en su mirada, no había confusión. Había algo más, algo que ella no podía nombrar, algo que la hacía sentir vista de una manera que no experimentaba desde... desde siempre.
Y entonces él sonrió. Una sonrisa leve, apenas un movimiento de sus labios, pero suficiente para que Evolett sintiera que el suelo se inclinaba bajo sus pies.
Antes de que pudiera procesar lo que estaba pasando, él se giró y desapareció en el interior del edificio.
Evolett se quedó allí, temblando, mientras los estudiantes seguían su camino como si nada hubiera ocurrido. Alguien la rozó al pasar y ella dio un salto, el pánico regresando como una ola que amenazaba con arrastrarla. Se obligó a respirar, a contar hasta diez, a recordar las técnicas que la doctora Moreau le había enseñado
No estás en peligro. Estás en la universidad. Hay gente alrededor. Estás a salvo.
Pero esa sonrisa, esa mirada... qué significaban, Era posible que él la recordara de la galería, O simplemente no la había mirado?
No tenía tiempo para averiguarlo. La clase comenzaba en cinco minutos, y necesitaba sentarse antes de que su cuerpo decidiera colapsar.