Camila llega sola a Hollow Creek para olvidar la muerte de su madre. Su auto queda destrozado por trampas en el camino y encuentra a cinco jóvenes acampando. Pronto descubre que ese rincón de Texas esconde una familia que lleva generaciones aislada… y algo mucho más antiguo que ellos.
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Capítulo 4
Amaneció sucio.
El cielo estaba gris aunque no había nubes. Una luz opaca se filtraba entre los árboles y dejaba todo del mismo color apagado. Camila abrió los ojos con la sensación de no haber dormido nada. Tenía el cuello agarrotado y la boca seca.
Naiara ya estaba despierta. Estaba sentada en la entrada de la carpa, mirando hacia el bosque con la gorra puesta otra vez. Sofía seguía enrollada en el saco, pero tenía los ojos abiertos. No hablaban.
Fuera se oían voces bajas. Leo y Mateo revisaban la camioneta. Tomi estaba agachado junto a las cenizas de la fogata, removiendo con un palo como si esperara encontrar algo.
Camila salió. El aire frío le pegó en la cara. El cooler seguía abierto y vacío. La linterna sin pilas seguía tirada donde la habían dejado.
—Nos vamos —dijo Leo cuando la vio—. Ya. Ahora.
Nadie discutió.
Recogieron lo poco que quedaba. Las carpas se desarmaron rápido, con movimientos nerviosos. Mateo revisó el camino por donde habían llegado la noche anterior. Volvió con la cara tensa.
—Hay más.
—¿Más qué? —preguntó Sofía.
—Trampas. Cables. Mallas. Igual que las que reventaron el auto de ella.
Camila sintió un frío distinto en la espalda.
—¿Cuántas?
—Vi tres solo en los primeros cien metros. Están camufladas. Si no te fijas, las pisas.
Leo maldijo por lo bajo.
—Entonces vamos despacio. Yo adelante. Mateo detrás. Las chicas en el medio. Tomi, guarda ese maldito celular y presta atención.
Salieron del claro en fila. El camino de tierra se veía distinto a la luz del día. Más estrecho. Los árboles se inclinaban hacia adentro como si quisieran cerrarse. El polvo ya no se levantaba igual. Estaba húmedo por el rocío y se pegaba a las botas.
Camila caminaba detrás de Sofía. Cada vez que una rama crujía, todos se detenían. El silencio era peor que de noche. De noche al menos esperabas ruidos. Ahora cualquier sonido parecía fuera de lugar.
A los veinte minutos Leo levantó una mano.
Se detuvieron.
En el suelo, atravesando el camino, había una línea de alambre fino tensado entre dos árboles. Estaba casi invisible. Cubierto de hojas y polvo. Si alguien lo hubiera pisado a cierta velocidad, habría hecho volcar cualquier vehículo.
Mateo se acercó y lo cortó con un cuchillo de caza que sacó del cinturón. El alambre saltó con un ruido seco.
—Esto no lo puso el viento —dijo.
Siguieron.
Cincuenta metros más adelante encontraron otra. Esta era más gruesa. Tenía trozos de metal oxidados atados, como para hacer más daño. Naiara se agachó a mirarla sin tocarla.
—Parece reciente. El óxido está solo en algunas partes. El resto brilla.
Camila recordó el olor dulce de la noche anterior. Lo volvió a notar, más leve, pero ahí estaba. Como carne olvidada al sol.
Tomi habló por primera vez en rato:
—¿Y si nos están esperando?
Nadie le respondió. Pero todos pensaron lo mismo.
El camino empezó a subir una pendiente suave. Desde arriba se veía un tramo más abierto. Leo se detuvo otra vez. Señaló hacia un costado.
Había huellas.
No de zapatos normales. Eran grandes, irregulares, como si alguien caminara descalzo pero con los pies deformes. Algunas se hundían profundo en el barro blando. Otras parecían arrastrarse.
Sofía dio un paso atrás.
—No me gusta esto.
—A nadie le gusta —contestó Leo—. Pero no podemos quedarnos.
Siguieron bajando la pendiente. El auto de Camila apareció de pronto, torcido en medio del camino como lo había dejado. La rueda reventada se veía peor a la luz del día. El parachoques doblado. Los cables todavía enredados en el eje.
Mateo se acercó a revisarlo.
—No arranca. Y aunque arrancara, no pasa con esta rueda.
Camila se quedó mirando el vehículo. Parecía más pequeño. Más abandonado. Como si llevara semanas ahí y no solo una noche.
Naiara se agachó cerca de la rueda.
—Miren.
Había marcas nuevas en el metal. Arañazos profundos. Como si alguien hubiera raspado con algo afilado durante la noche. Y en el polvo, justo al lado de la puerta del conductor, una huella más. Grande. Muy grande.
Leo exhaló lento.
—Volvemos al campamento. Ahora. Y pensamos qué hacer. No podemos seguir por aquí.
Nadie discutió.
Empezaron a regresar por el mismo camino, más rápido esta vez. El silencio pesaba más. Cada uno miraba hacia un lado distinto. Camila sentía la nuca fría, como si alguien la estuviera observando desde los árboles.
Cuando llegaron otra vez al claro, el sol ya había subido un poco. La luz seguía gris. El cooler vacío seguía en el mismo sitio. Las cenizas de la fogata parecían más negras.
Se sentaron sin hablar.
El bosque los rodeaba por completo.
Y por primera vez desde que llegó, Camila entendió que no estaban solos.
Y que tampoco estaban a salvo.
hey y aparezco ahí, mi nombre también es Leo