Valeria pensó que su vida se había terminado el día que su padre la obligó a casarse por negocios. El acuerdo familiar era absoluto: debía unirse a Ismael, el heredero de 24 años de la hacienda vecina, un hombre frío al que apenas conocía. Lo que Valeria no imagina es que Ismael odia esa tradición tanto como ella y esconde un secreto: ha construido una empresa millonaria en la ciudad y planea vender las tierras familiares para liberarlos a ambos.
Obligados a mudarse a la gran ciudad para mantener las apariencias, tendrán que convivir bajo el mismo techo compartiendo sábanas, mentiras y roces eléctricos. Pero cuando el juego de actuar como la pareja perfecta empieza a derretirse bajo el calor de las aguas termales de la costa y el asfalto urbano, las frías reglas de su sociedad financiera saltan por los aires. ¿Podrán conseguir la libertad sin perder el corazón en el intento? Una historia de amor forzado, secretos y superación.
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CAPITULO 13 EL ENSAYO GENERAL
La primera noche que compartimos la habitación matrimonial nos demostró que una cosa era planificar una estrategia sobre el papel y otra muy distinta ejecutarla en la realidad. El sábado, tras la marcha de Héctor y Sofía, el apartamento se quedó en un silencio sepulcral. Entré al baño a cambiarme y me puse un camisón de algodón que, aunque era sencillo y discreto, de repente me pareció demasiado informal. Cuando salí, Ismael ya estaba metido en la cama, apoyado contra el cabecero con su ordenador portátil sobre las piernas, analizando unos gráficos con las gafas de lectura puestas. Al verme entrar, cerró la tapa del ordenador de golpe y se las quitó, aclarándose la gola.
—He dejado el lado izquierdo para ti, Valeria —dijo, señalando el espacio libre—. No te preocupes, no me muevo mucho al dormir. Puedes estar tranquila.
Apagué la luz principal, dejando solo encendida la pequeña lámpara de mi mesita de noche, y me deslicé entre las sábanas de lino gris. El colchón era enorme, pero en ese momento sentí que estábamos a escasos centímetros el uno del otro. El aroma a madera y a limpio que desprendía Ismael inundaba el espacio, recordándome a cada segundo que estaba compartiendo la cama con un hombre. Un hombre que, además, era mi esposo legal. Me coloqué de espaldas a él, pegándome casi al borde del colchón, abrazando la almohada con fuerza.
—Si te pegas tanto al borde, te vas a caer —escuché su voz profunda en la penumbra, con un deje de sutil diversión que me hizo sonreír a mi pesar—. Relájate, Valeria. No muerdo. Tenemos tres días para acostumbrarnos a esto antes de que tu padre cruce esa puerta. Si no logramos dormir tranquilos ahora que estamos solos, el miércoles seremos un par de ojeras andantes y Don Manuel lo notará al instante.
Tenía razón. Me moví unos centímetros hacia el centro de la cama, respirando hondo. Ismael estiró el brazo y apagó la lámpara de noche, sumiendo el cuarto en una oscuridad total. Tardé horas en conciliar el sueño, escuchando el ritmo pausado de su respiración a mi lado, consciente de cada micro-movimiento que hacíamos bajo las mantas.
El domingo por la mañana trajo consigo un nuevo tipo de intimidad: la del día a día. Me desperté temprano y fui a la cocina a preparar café. Unos minutos después, Ismael apareció por el pasillo vistiendo solo un pantalón de chándal gris, con el torso al descubierto y el cabello totalmente alborotado por el sueño. Me quedé helada a mitad de camino con la taza de café en la mano, contemplando sin querer su espalda ancha y sus hombros bien definidos. En el pueblo nunca había visto a Ismael de esa manera; siempre iba encorsetado en trajes caros o camisas rígidas de terrateniente.
Al notar mi mirada fija, Ismael me miró de reojo y esbozó una sonrisa de medio lado, rascándose la nuca con timidez.
—Perdona, la costumbre de vivir solo en la ciudad —se disculpó en voz baja, tomando la taza de café que le ofrecía—. Tendré que acordarme de ponerme una camiseta por las mañanas antes de que llegue tu padre.
—Sí... por favor —atiné a decir, sintiendo que un calor repentino me subía a las mejillas mientras me concentraba intensamente en remover mi propio café—. Mi padre se caería de espaldas si ve al refinado Ismael de esa guisa en la cocina.
Durante el domingo y el lunes, empezamos a pulir los detalles de nuestra coreografía doméstica. Descubrimos que teníamos que turnarnos con precisión matemática para usar el baño principal por las mañanas si queríamos llegar a tiempo a nuestras respectivas obligaciones. Hubo momentos de inevitables nervios, como cuando choqué accidentalmente contra su pecho en el pasillo estrecho al salir de la ducha con la toalla en la cabeza, o cuando él entró sin querer al cuarto mientras yo me estaba abrochando la cremallera de la falda para ir a la academia. Esos pequeños incidentes, lejos de distanciarnos, crearon una complicidad extraña. Aprendimos a pedirnos disculpas con miradas divertidas y a perder la rigidez del principio.
El lunes por la noche, tras regresar de la escuela de diseño, me senté en la alfombra del salón a revisar unos patrones que me habían mandado de tarea. Ismael se sentó a mi lado en el sofá, con unos informes financieros.
—A ver, hagamos el último ensayo —propuso Ismael, dejando los papeles a un lado—. Sofía dijo que los pequeños gestos son los que cuentan. Si tu padre nos pregunta cómo pasamos las tardes aquí, ¿qué le vamos a decir?
—Le diremos que a ti te gusta trabajar con tus números en el salón para estar cerca de mí mientras yo diseño mis vestidos —contesté, levantando la vista hacia él—. Y que solemos cenar tarde porque nos gusta pasear por el barrio al caer el sol.
—Bien. ¿Y si nos pide que mostremos algo de afecto? —preguntó Ismael, recortando la distancia entre los dos al inclinarse desde el sofá—. No podemos ponernos rígidos, Valeria. Inténtalo ahora. Arréglame el cuello de la camisa, como te sugirió Sofía.
Me incorporé sobre las rodillas, quedando casi a la altura de sus ojos. Mi corazón empezó a latir con una fuerza ensordecedora en el pecho. Alargué mis manos temblorosas y toqué el cuello de su camisa polo. Mis dedos rozaron sutilmente la piel cálida de su cuello, y sentí cómo la mandíbula de Ismael se tensaba imperceptiblemente. Lo miré a los ojos y descubrí que su mirada fría habitual había desaparecido, sustituida por una intensidad oscura que me cortó la respiración. Estábamos tan cerca que podía sentir el calor de su aliento en mis labios. El espacio entre los dos se volvió denso, cargado de una electricidad salvaje que no tenía nada que ver con el teatro que estábamos preparando.
—Así está bien... —susurré, bajando las manos lentamente, incapaz de apartar la vista de sus labios.
Ismael tragó saliva, asintiendo con la cabeza muy despacio, sin romper el contacto visual.
—Sí... muy bien —contestó con la voz sutilmente ronca—. Creo que tu padre no tendrá ninguna duda de que somos un matrimonio real si lo haces así.
Me aparté de inmediato, regresando a mis patrones con las mejillas ardiendo. Esos tres días de ensayo general nos habían servido para comprobar que el apartamento estaba perfectamente preparado para recibir al zorro, pero también me habían dejado una certeza aterradora en el alma: el verdadero peligro ya no era que mi padre descubriera la mentira. El verdadero peligro era que, tras pasar setenta y dos horas compartiendo sábanas, miradas en la penumbra y roces eléctricos, la mentira ya no se sentía como tal. Mañana por la tarde llegaría Don Manuel, y el telón del teatro por fin se levantaría frente al público.