Todos creen conocer a Damian Varela… pero nadie conoce su verdadero secreto.
Elena solo necesitaba un tutor que la ayudara a superar una etapa complicada de sus estudios. Lo último que esperaba era descubrir que el hombre encargado de ayudarla llevaba una vida completamente diferente a la que aparentaba.
Una fotografía, una puerta entreabierta y un nombre que jamás debería haber escuchado harán que Elena empiece a investigar.
Mientras más descubre, más preguntas aparecen.
¿Quién es realmente Damian Varela?
Y, sobre todo… ¿qué hará cuando descubra que Elena conoce su secreto?
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Capítulo 13: Riesgo Público
El fin de semana transcurrió con una lentitud que torturaba a ambos. Mensajes breves, cargados de anhelo y promesas susurradas a distancia. Cada hora que pasaban separados parecía una eternidad. Y cuando por fin llegó el lunes, Elena sintió que regresaba a respirar al ver su nombre en el horario de la mañana.
Pero ese día no serían solo clases habituales. La universidad celebraba su gala anual, un evento al que asistían profesores, alumnos, patrocinadores y prensa. Era obligatorio asistir. Y lo más aterrador… allí estarían juntos, frente a todos, obligados a actuar como simples conocidos mientras por dentro ardían en llamas.
Elena llegó con el corazón en la garganta. Vestía un vestido sencillo de color verde esmeralda que ceñía su figura con suavidad, el cabello recogido dejando el cuello al descubierto. Al cruzar las puertas del gran salón, lo buscó con la mirada entre la multitud antes de verlo aparecer: traje oscuro impecable, cabello peinado, sonrisa controlada, rodeado de personas que lo felicitaban y le estrechaban la mano. Brillaba con luz propia, intocable y deseado por todos. Pero en cuanto sus ojos grises se posaron en ella… el mundo dejó de existir.
Se acercó a ella media hora más tarde, cuando se quedó sola junto a la terraza. No la tomó de la mano. No la abrazó. Pero al detenerse a su lado, hablando como si comentara algo casual, bajó la voz solo para ella:
—Eres la mujer más hermosa de toda la sala —susurró, con el tono grave y vibrante que la hacía temblar—. Y me está costando cada gota de sangre notármelo a todo el mundo.
Elena sintió el calor subirle al rostro y desvió la mirada hacia los invitados. —Comportémonos, profesor. Nos observan.
Damian soltó una risa baja y aterciopelada, rozando su codo con el suyo con una naturalidad que pareció casual ante cualquier mirada ajena… pero que a ella le quemó la piel hasta el hueso.
—No me diga lo que ya sé —respondió, sin apartar los ojos de ella—. Es precisamente que nos observan lo que lo hace más delicioso. Toda esa gente alrededor y solo nosotros sabemos lo que hay debajo. Lo que ocultamos. Lo que nos pertenece en silencio.
Pasaron la noche entera en ese juego peligroso. Se cruzaban miradas a través de la sala cuando nadie miraba. Él le indicaba cosas con un movimiento casi imperceptible de la cabeza. Cuando alguien se acercaba a hablar con ella, él se quedaba cerca, vigilando, escuchando, y si la persona tardaba demasiado o se acercaba demasiado… aparecía con una excusa educada pero tajante, interponiéndose entre ambos como una sombra protectora.
—Creo que se pone celoso —le murmuró ella al quedar solos unos instantes junto a una columna—. Aunque finja que no somos nada.
Damian se inclinó levemente hacia ella, con una copa en la mano, fingiendo mirar el escenario. Sus labios rozaron apenas su sien.
—No finjo que no somos nada —corrigió con voz baja y firme—. Finjo que no te devoraría aquí mismo delante de todos. Eso es lo difícil. Lo demás… no es fingir. Es verdad.
Elena contuvo el aliento. Antes de que pudiera responder, se acercó el rector de la universidad acompañado por dos patrocinadores conocidos. Damian enderezó la espalda, su rostro recuperó esa máscara de calma impecable. Pero bajo el borde de la mesa, su pie buscó el suyo y lo presionó suavemente contra el zapato de ella. Un roce breve, firme, inconfundible. Elena se aferró con más fuerza a su copa y aguantó la sonrisa mientras hablaban de premios y méritos deportivos, sintiendo el calor de su pierna rozando la suya bajo la tela. Nadie lo sabía. Nadie lo veía. Pero era real. Más real que cualquier discurso en esa sala.
Más tarde, cuando la música cambió y las parejas salieron a bailar, se alejaron el uno del otro por precaución. Elena lo observó desde un rincón: elegante, atractivo, deseado. Varias mujeres se acercaron a invitarlo a bailar y él declinó con amabilidad, siempre con la mirada buscándola entre la gente. Cada vez que se cruzaban los ojos, el tiempo se detenía.
Hacia el final de la velada, salió a la terraza a tomar aire. La noche era fresca y estrellada. No esperaba que la siguiera… pero lo oyó salir y cerrar la puerta tras de sí con suavidad. Se giró y lo encontró caminando hacia ella con paso decidido, sin miramientos ya, sin importarle quién pudiera verlos desde las ventanas.
—No puedo más —le dijo al llegar a su altura, tomándole ambas manos entre las suyas y apretándolas con fuerza—. Verte toda la noche tan cerca y no poder tocarte como quiero… es un suplicio, Elena. Un suplicio dulce que me consume.
—Ya terminó —le susurró ella, acariciando sus dedos con los pulgares—. Pronto estaremos solos otra vez.
Damian soltó un gemido bajo y cerró los ojos un instante, con la frente apoyada contra la suya, sin besarla, sin tocarla apenas… rozándose solo lo justo para sentir que estaban vivos y era verdad.
—Esta noche —le prometió contra sus labios, apenas un soplo de voz—. Te esperaré en mi casa. Por la entrada trasera. A medianoche. ¿Vendrás?
Elena sintió el corazón saltarle al pecho. —¿Arriesgarnos así? ¿Si nos descubren…?
—Si no vienes, me arriesgaré yo —le interrumpió con firmeza absoluta—. Iré a buscarte. No me importa quién nos vea ya. Solo necesito tenerte. ¿Vendrás?
Ella sonrió, con el alma llena de él.
—Sí. A medianoche. Ahí estaré.
Damian la miró con adoración y hambre a partes iguales, rozó su boca con la suya en un beso fugaz, sagrado y prohibido, y se apartó antes de que pudieran querer más.
—Ve adentro antes de que te extrañen —le ordenó con ternura—. Y no llegues tarde, mi amor. Cada minuto sin ti pesa como una eternidad.
Elena regresó sola al salón, con los labios aún ardiendo y la promesa latiéndole fuerte en el pecho. La medianoche parecía el momento más lejano y más anhelado de toda su vida. ¿Qué pasaría cuando las puertas se cerraran tras ellos? ¿Serían capaces de separarse siquiera un instante?