Renata Linares pasó tres años en prisión por un crimen que jamás cometió. Maximiliano Bracamonte, el hombre al que amaba, creyó las mentiras de Bianca Sáenz, le destrozó la muñeca, la llamó asesina y la entregó a la policía por un supuesto aborto que nunca existió.
Cuando Renata recupera la libertad, ya no es la joven dispuesta a soportarlo todo por amor. Su abuelo le dejó el control de Grupo Linares y una oportunidad para recuperar el apellido, la fortuna y la dignidad que le arrebataron.
Mientras Renata reconstruye su imperio y reúne las pruebas para limpiar su nombre, las mentiras de Bianca empiezan a derrumbarse. El embarazo fue una farsa. El accidente que unió a Maximiliano con ella también. Incluso la mujer que le salvó la vida años atrás no fue Bianca, sino Renata.
Cuando Maximiliano descubre la verdad, ya es demasiado tarde. La mujer que destruyó por confiar en la persona equivocada ya no lo necesita.
Ahora él está dispuesto a enfrentarse a su familia, renunciar a su poder y arriesgar la vida para recuperarla. Pero Renata no salió de prisión para volver a ser la mujer que lo perdonaba todo.
Esta vez, Maximiliano tendrá que demostrar que su arrepentimiento vale más que sus palabras.
Y Bianca todavía guarda una última mentira capaz de acabar con ambos.
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Capítulo 10
Capítulo 10: El primero en perder el control
Dos semanas después, con la resolución de Ortega ya consolidada y mi lugar en la mansión indiscutido, acepté mi primera invitación a un evento de gala corporativo desde que salí de la cárcel. Un salón de hotel en Polanco, luces cálidas, meseros con charolas de copas —esta vez yo del lado que las recibía, no del que las cargaba—, y el gremio empresarial completo mirándome llegar como quien mira a un fantasma resucitado.
Me puse el único vestido decente que me quedaba, uno que había sobrevivido tres años guardado en una caja en el clóset de mi madre, y entré sola, sin escolta, sin nadie del brazo, porque había aprendido que entrar sola también era una forma de decir "aquí estoy, y no necesito permiso de nadie". Algunos me saludaron con una cordialidad tibia, calculando si convenía acercarse a la heredera de un testamento todavía en disputa. Otros me evitaron directamente, como quien evita pisar algo que podría estar sucio.
Me sostuve derecha toda la noche, saludando con la misma calma que había aprendido a fabricar en el Club Dorado, hasta que un hombre que reconocí de mis noches sirviendo mesas —el mismo que me había tocado el brazo de más aquella vez— se me acercó, ya con varias copas encima.
—Mira nada más —dijo, arrastrando las palabras—. La mesera presidiable. ¿Ya te ascendieron o sigues cobrando propina?
Se rió de su propio chiste y me tomó del brazo, con más fuerza de la que un saludo requiere, arrinconándome contra una columna con esa confianza que solo dan el dinero y el alcohol juntos.
—Suélteme —dije, con toda la frialdad que pude reunir, aunque por dentro el miedo viejo, el de la sala de billar, me subiera por el pecho.
—No seas así —insistió, acercándose más, con la mano bajando de mi brazo hacia la cintura—. Una mujer como tú debería saber agradecer la atención de un hombre decente, después de todo lo que...
—Dije que me suelte.
Empujé con la mano buena, pero él pesaba más que yo y el alcohol lo había vuelto sordo a cualquier límite. Busqué con la mirada, por instinto, algún rostro conocido entre la multitud, y no encontré ninguno dispuesto a intervenir: la gente miraba y apartaba la vista, como llevaba haciendo tres años.
No terminó la frase.
Max cruzó el salón entero en lo que dura un parpadeo. No lo vi venir; solo sentí, de pronto, al hombre apartado de mí de un empujón brutal, tambaleándose hasta chocar con una mesa, mientras Max se plantaba entre los dos con la mandíbula tan tensa que parecía a punto de partirse.
—No vuelvas a tocarla —dijo, con una voz baja que asustaba más que cualquier grito—. Ni a ella, ni a nadie que yo conozca. Porque si lo haces, te juro que hundo tu empresa antes de que amanezca, y me va a sobrar tiempo para disfrutarlo.
El hombre, pálido, tartamudeó una disculpa y desapareció entre la multitud sin mirar atrás.
El salón entero se había quedado mirando, un silencio raro extendiéndose entre las mesas, la misma gente que segundos antes no había movido un dedo por mí ahora observando a Max con una mezcla de sorpresa y curiosidad morbosa. Nadie ahí, ni siquiera yo, recordaba haberlo visto perder la compostura en público jamás.
Me quedé apoyada contra la columna, con el corazón todavía latiéndome desbocado, sin entender del todo lo que acababa de pasar. Max no me miró a mí primero. Miró sus propias manos, como si no reconociera lo que acababan de hacer, como si el gesto hubiera salido de un lugar en él que llevaba años cerrado con llave.
Bianca observaba la escena desde lejos, con una sonrisa apenas disimulada, disfrutando lo que probablemente asumió que sería mi humillación pública. Cuando vio a Max defenderme con esa violencia contenida, la sonrisa se le fue apagando poco a poco, como una vela consumida por el viento.
Corrió hasta él de todas formas.
—Max, mi amor, qué mal rato —dijo, tomándolo del brazo con esa dulzura fabricada—. Ven, vamos a sentarnos, necesitas...
Max se soltó de ella con más brusquedad de la que pareció pretender, sin dejar de mirarme a mí, que todavía temblaba en silencio contra la columna, sin una sola lágrima, pero temblando de todas formas.
—Max —insistió Bianca, con la voz ya menos dulce, más aguda—, ¿me estás escuchando?
—Dame un minuto —dijo él, sin voltear siquiera a verla, y esas cuatro palabras, dichas con tanta indiferencia hacia la mujer que él creía que había perdido un hijo por mi culpa, cayeron en el salón como una piedra en agua quieta. Vi a Daniela, unas mesas más allá, con el teléfono ya en alto grabando la escena, y até cabos: esto también terminaría en algún grupo de chismes esa misma noche. Por primera vez, no me importó.
—Estoy bien —dije, aunque no me había preguntado nada todavía, solo para tener algo que decir en medio de tanto silencio pesado.
—No pregunté —contestó, y algo en su voz, algo áspero y desconocido incluso para él mismo, me hizo entender que ese "estoy bien" mío le había dolido más de lo que ninguno de los dos hubiera esperado.
—————
Bianca insistió en quedarse cerca, pero Max, con una excusa cortante sobre "asegurarse de que el idiota no volviera", la mandó a buscar el coche. En cuanto se alejó, él caminó hasta el pasillo lateral del salón, lejos de las luces y de los oídos, y yo, sin saber bien por qué, lo seguí.
Me sostuve la muñeca mala con la mano buena, un gesto viejo, automático, que se me había vuelto costumbre cada vez que el miedo se me subía por el cuerpo sin permiso. Max lo notó. Se quedó mirando ese gesto un segundo de más, como si recién ahí, en ese pasillo vacío, terminara de entender del todo lo que le había hecho a esa mano hacía tres años.
—¿Por qué hiciste eso? —le pregunté, apoyándome en la pared del pasillo, todavía con el pulso alto.
—No sé —dijo, y por primera vez desde que lo conocía, la respuesta sonó honesta, sin cálculo, sin la coraza de siempre—. Lo vi tocarte y no lo pensé. Simplemente crucé el salón.
—Tú fuiste el que me rompió la mano, Max. —Se lo dije sin rabia, solo con la calma fría de quien enuncia un hecho—. ¿Y ahora te da por defenderme de un borracho en una fiesta?
Se le apretó la mandíbula. No tenía respuesta, o la tenía y no quería dármela.
—Yo también me pregunto qué me pasó —dijo, más para sí mismo que para mí, pasándose una mano por el pelo en un gesto que nunca le había visto—. Llevo tres años diciéndome que lo que te hice fue justo. Que hiciste algo para merecerlo. Y hoy vi a ese imbécil tocarte y lo único que pensé fue que nadie más te iba a poner una mano encima.
—¿Y la mano que ya me pusiste tú? —le dije, sin crueldad, solo con la verdad desnuda—. ¿Esa cuenta cuándo la vas a saldar, Max?
Se quedó callado, y en ese silencio vi, por primera vez, algo parecido a la vergüenza cruzarle la cara.
—¿Estás bien? —preguntó al fin, en voz baja, casi contra su voluntad, como si la pregunta se le hubiera escapado antes de que pudiera detenerla.
No contesté. No porque no quisiera, sino porque de verdad no sabía qué responder: no estaba bien, pero tampoco estaba mal de la manera en que él probablemente esperaba. Estaba confundida, y esa confusión me daba más miedo que cualquier golpe que ya me hubiera dado.
Max, incómodo con su propia pregunta sin respuesta, con esa ternura que no supo nombrar ni sostener, dio un paso atrás.
—Olvídalo —dijo, la voz otra vez de hielo, como si necesitara reconstruir a toda prisa la coraza que se le había caído sin aviso—. No fue nada.
Y se alejó por el pasillo sin voltear, justo cuando Julián apareció corriendo desde el otro extremo, alertado por un mensaje urgente de un mesero que reconoció el escándalo.
—¡Renata! —Julián llegó sin aliento, buscándome con los ojos hasta encontrarme—. Me dijeron que un hombre te...
—Estoy bien, Julián —dije, y esta vez sí lo dije de verdad, aunque el eco de la pregunta de Max, sin responder, sin resolver, siguiera temblando en algún lugar del pecho donde no debería haber tenido permiso de instalarse.
Julián me acompañó de vuelta al salón, con una mano protectora en mi espalda que no exigía nada a cambio, tan distinta de todo lo demás. Me consiguió agua, me sentó lejos del bullicio, se quedó cerca sin invadir, la clase de presencia que no pide ser agradecida.
Miré hacia el pasillo por donde Max se había ido. Ya no estaba. Solo quedaba el rastro de su perfume y la certeza incómoda de que algo, esa noche, se había movido de lugar entre nosotros, algo que ninguno de los dos, todavía, sabía nombrar.
No lo perdono, me dije, tratando de anclarme a la única verdad que no podía darme el lujo de perder. No importa lo que haya hecho hoy. No cambia lo que ya hizo antes.
Pero esa noche, ya en la cama, con los ojos clavados en el techo de mi cuarto recuperado, la pregunta sin responder de Max —¿estás bien?— me siguió temblando en el pecho mucho después de que el salón se hubiera vaciado, mucho después de que yo misma quisiera admitirlo.