A Renata la traicionaron el día más importante de su vida.
Mientras se probaba sola su vestido de novia, un mensaje anónimo le reventó el mundo: su prometido, Patricio, se estaba casando con Daniela —la hija postiza que le robó su lugar en la familia Bracamonte— en una boda de ensueño. Cuando llegó, escuchó a los invitados reírse de ella: «la sorda», «la arrimada», «en la cama ha de ser un pez muerto». Patricio ni se inmutó: «Es normal en este círculo. Seguirás siendo mi esposa legal».
Renata rompió el compromiso ahí mismo. Y esa misma tarde, ante todos, hizo lo único que nadie esperaba: **se casó con Maximiliano Lazcano… el tío de su ex.**
Frío, intocable, dueño de uno de los imperios más grandes del país, Max era el hombre que la sociedad entera deseaba y temía. Lo que Renata no sabía —y lo que Patricio descubriría demasiado tarde, llamándola noche tras noche para suplicarle que volviera— es que ese magnate de hielo la amaba en silencio desde que ella tenía dieciséis años. Y ahora que por fin era suya, no pensaba dejarla ir.
Él la cubrió de joyas y la defendió en público cuando la élite la despreciaba. Curó en secreto el oído que ella creía perdido. La eligió, una y otra vez, frente a todos. Pero entre ellos seguía en pie un secreto enterrado en cenizas: el incendio que la dejó sorda, el trauma que lo persigue a él… y una verdad que cambiará quién es el culpable y quién la víctima.
Mientras Renata se levanta de la nada hasta convertirse en la diseñadora más codiciada del país, los que la humillaron caen uno a uno. La hija postiza pierde su corona. El ex que la cambió por su hermana lo entiende cuando ya no hay vuelta atrás. Y la verdad sobre su sangre, su pasado y el hombre que siempre la amó saldrá a la luz.
La despreciaron por ser «la hija perdida, la sorda, la naca».
Se equivocaron con la mujer.
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Capítulo 18
Capítulo 18: Los hombres de negro son guardaespaldas
Volvimos a Villa del Roble y, con la ciudad, volvió el hielo.
No de golpe. Fue peor que de golpe: fue de a poco. Max empezó a salir más temprano y a llegar más tarde. Las cenas, que durante la luna de miel compartíamos los dos en la mesa de madera, se volvieron platos que don Tomás me servía sola, recalentándole los suyos a un señor que llegaba a medianoche, comía de pie en la cocina y se metía a trabajar al estudio. Y una noche, al ir a buscarlo, encontré una almohada y una manta dobladas en el sillón de ese estudio. Dormía ahí.
No entendía nada. Una semana atrás me había cargado en brazos, me había pateado a un hombre por tocarme, me había dicho "mía" con una voz que todavía me retumbaba. Y ahora apenas me miraba.
—¿Hice algo? —le pregunté una mañana, mientras se anudaba la corbata frente al espejo.
—Tengo trabajo atrasado —contestó, sin voltear—. El viaje me dejó cosas pendientes. No es por ti.
"No es por ti." Lo dijo igual que aquella vez, después del teléfono. Pero esta vez no le creí.
Los días se hicieron raros. De fuera, nada había cambiado: seguía siendo la señora Lazcano, seguía durmiendo en una cama enorme, don Tomás seguía consintiéndome. Pero la casa se había quedado sin su centro. Yo me sorprendía poniendo la mesa para dos y comiendo sola; dejándole la luz del pasillo prendida por si llegaba temprano, y apagándola a las dos de la mañana cuando entendía que no. Una noche bajé por agua y lo vi por la rendija del estudio: trabajaba con la corbata floja, la cara cansada, y por un segundo pensé en entrar, en sentarme en sus piernas como había aprendido a querer hacer en la luna de miel. No entré. El orgullo me clavó los pies en el suelo. Subí otra vez, con el vaso de agua y un nudo en la garganta.
Empecé a sospechar. A atar cabos a mi manera, que casi siempre es la peor manera. Me acordé de Daniela en el bosque, gritando delante de todos que yo había "citado" a Patricio, que yo lo había provocado. ¿Y si esa semilla había prendido? ¿Y si Max, en el fondo, se preguntaba si yo todavía sentía algo por el hombre que había sido mi prometido? Él se había casado conmigo sabiendo que yo venía de un compromiso roto, de un amor que todo el mundo había visto en una foto vieja sobre un escritorio. Quizá no era tan de hielo como aparentaba. Quizá los celos también le cabían en ese pecho cerrado.
La idea de que me creyera capaz de citar a Patricio me dejó un frío feo por dentro. Pero el orgullo —ese viejo compañero mío— no me dejaba preguntárselo de frente. Así que callé, como callaba siempre, y dejé que el silencio creciera entre los dos como mala hierba.
Para colmo, pasó lo de los coches.
Empecé a notar que, cada vez que salía de Villa del Roble —al café de Vale, al mercado, a comprar materiales para mis diseños—, un coche oscuro me seguía a cierta distancia. Dos hombres de traje, serios, que nunca se acercaban pero nunca se alejaban. La primera vez me asusté. Pensé en los Bracamonte, en Patricio. Le pregunté a don Tomás, temblando, si debía preocuparme.
El viejo se rio, tranquilizándome.
—No, no, señora. Los hombres de negro son guardaespaldas. Del señor. Para cuidarla. Donde quiera que usted va, ahí van ellos, por si los Bracamonte o el otro joven se les ocurre alguna tontería. —Bajó la voz, con su sonrisa de cómplice—. El señor dio la orden el mismo día que volvieron del bosque. No la deja sola ni un minuto, aunque usted no lo vea.
Aquello me revolvió todo por dentro.
Porque no cuadraba. Un hombre que me ponía guardaespaldas para que nadie me lastimara, que daba la orden el mismo día que me defendió… ¿cómo podía ser el mismo que dormía en el sillón con tal de no acercarse a mí? Me cuidaba de lejos y se escondía de cerca. Me protegía del mundo y se protegía de mí.
No tenía sentido. Y lo que no tiene sentido, en un matrimonio que empezó como contrato, da miedo.
Esa tarde llamé a Vale, porque cuando una se enreda sola necesita que alguien le ponga las cosas derechas. Le conté lo del sillón, lo de las cenas solitarias, lo de los guardaespaldas.
—A ver, Rena, déjame entender. —La oí soplar sobre un café—. ¿El hombre te pone escoltas para que nadie te toque, pero no te dirige la palabra? —Se rio sin ganas—. Mira, comadre, yo de hombres ricos no sé, pero de hombres tercos sé un montón, que para el caso es igual. Eso no es que ya no le importes. Eso es que le importas tanto que no sabe qué hacer con eso y se le frió el cerebro. Los hombres así, cuando sienten mucho, se esconden. Igualito que tú, mira quién habla.
—Yo no me escondo —protesté.
—Tú llevas un mes muriéndote por dentro y no le has preguntado ni "oye, ¿qué te pasa?". —Tenía razón, la odié por eso—. Pregúntale. De frente. Y si no te contesta, le caes en su cena, en su oficina, donde sea, y le dices: o me hablas, o me hablas. Tú no eres de las que esperan, Rena. Eso te lo enseñó la vida a patadas. No se te olvide ahora que por fin tienes algo que vale la pena pelear.
Colgué con el corazón golpeándome. Vale tenía razón. Siempre la tenía.
Esa noche, otra vez sola en la cama enorme, mirando el techo, decidí que no iba a quedarme adivinando. Llevaba toda la vida esperando, callada, a que la gente me explicara por qué me hacían a un lado. Con mi madre, con Patricio, con los Bracamonte. Esta vez no.
Esta vez, por una vez, iba a ir yo a buscar la respuesta. Aunque me diera miedo lo que pudiera encontrar.
yo si quiero...no sé tú 😂😂