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Justicia Entre Las Sombras

Justicia Entre Las Sombras

Status: Terminada
Genre:Mafia / Venganza / Romance / Completas
Popularitas:77.2k
Nilai: 5
nombre de autor: Maria L C

La noche en que mataron a sus padres, Vanessa de la Vega dejo de ser una niña.
Criada a golpe de disciplina por su abuelo, un hombre con más sangre en las manos que perdón en el alma aprendió que el poder no se mendiga: se arranca. Hoy es la Reina de la mafia. Inteligente, seductora y letal, gobierna un imperio donde la lealtad es todo y la traición se paga con la vida.
Pero la venganza que la sostiene también amenaza con destruirla. Porque en su mundo, las alianzas son frágiles, los enemigos tienen rostros ocultos y el amor es un lujo más peligroso.

NovelToon tiene autorización de Maria L C para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capitulo 8

La casa estaba callada, como si hasta las paredes aguantaran la respiración. Vanessa no paraba de moverse en la cama, como si no supiera si estaba soñando o recordando. Tenía la frente sudada, agarraba fuerte la sábana y la arañaba con las uñas. La pesadilla no la dejaba en paz: el cristal rompiéndose, las luces acercándose, el olor a pólvora que no se iba nunca. Y siempre, siempre, esa sonrisa.

En la oscuridad de su cuarto, la joven —que ya había tenido que acostumbrarse a la guerra— volvió a ver esa cara. Era como una foto rota: ojos fríos, la boca torcida en una sonrisa que daba asco. Esa sonrisa se le quedó grabada como una espina. En el sueño, la voz era un susurro que se colaba entre la oscuridad.

—Román —murmuró con la boca seca—. Román…

El nombre le salió como si tuviera que pagar una deuda por haber estado callada tanto tiempo. Y entonces, la escena se vino abajo: la lluvia, las balas, la sangre. Y luego, la boca del hombre abriéndose en una risa que daba miedo, y ella sintiendo la traición como si la apuñalaran.

Soltó un grito ahogado, un sonido a medio camino entre el llanto y un juramento. El grito se oyó en el pasillo y encendió las luces.

Dionisio Villanueva no necesitó que le dijeran nada. Subió corriendo las escaleras, con el bastón golpeando el mármol al ritmo de un hombre que sabe que el peligro siempre va por delante. Andrew, su mano derecha, un tipo de mirada seria y pasos firmes, lo siguió sin dudar. Era como un escudo entre la familia y el mundo.

Abrieron la puerta de golpe. La lámpara del techo iluminó la habitación con una luz blanquecina. Vanessa, pálida y con los ojos muy abiertos, apretaba la sábana como si fuera a sacarle una respuesta. Cuando vio a su abuelo, soltó un llanto que era a la vez alivio y combustible para la rabia que sentía.

—¿Qué pasa? —preguntó Dionisio con voz grave, aunque por dentro estaba tenso.

—Román —dijo Vanessa en voz baja, pero cada palabra le sonó como una pedrada—. Ese hombre… su sonrisa. Lo he vuelto a ver. Va a pagar por la muerte de mis padres. —Se levantó como pudo, con los ojos llenos de furia—. Lo juro… va a pagar.

Andrew cruzó la habitación y se sentó en la cama, sin tocarla. Se notaba que pensaba bien lo que hacía.

—Di el nombre, Vanessa —dijo Andrew despacio—. ¿Apellido de Román? ¿Lo conoces?

Ella respiró hondo. Las palabras salieron poco a poco, recuerdos mezclados con miedo y cordura.

—Román Ortega —susurró—. Lo vi al final, cuando mi madre… tenía esa sonrisa. Fue él quien miró desde la carretera y luego se fue. Abuelo… sentí que lo conocía. Lo vi en mi sueño y dijo mi nombre. Me dijo que era necesario, que así era la vida. —Se le quebró la voz, pero se recompuso enseguida—. No puedo dormir. Lo veo y tiemblo. No quiero seguir viendo esa sonrisa. Quiero… quiero que pague.

Dionisio la miró fijamente, con una mirada que daba miedo. No dijo nada para consolarla. Ese no era su estilo. Se acercó despacio y le puso la mano en el pelo con más fuerza de la necesaria. No era por maldad, sino para que ella se centrara.

—Escucha —dijo Dionisio con una voz que no aceptaba un no por respuesta—. No voy a dejar que esa sonrisa quede así. Si Román Ortega ha tocado a mi familia, lo va a pagar caro. Pero esto no va a ser una venganza a lo loco, sino algo bien pensado. Prepararemos todo: nombres, testigos, pruebas. Andrew, reúne a los hombres, elimina testigos en la carretera y busca cualquier movimiento de Ortega. Que nadie se entere todavía.

Andrew asintió sin decir nada. Sabía que Dionisio planeaba la venganza como si fuera una estrategia. Y también sabía que la joven que tenían delante ya no era una niña.

—¿Y Vanessa? —preguntó Andrew con suavidad—. ¿Cómo la protegemos mientras investigamos?

Dionisio miró a su nieta. No tenía lágrimas en los ojos, sino decisión.

—La protegemos al máximo. Nadie entra ni sale sin mi permiso. Ella va a aprender a no tener miedo. Y cuando esté lista, será quien termine lo que yo empiece. Pero por ahora, que todo el que deba saberlo tenga presente el nombre de Román.

Vanessa apretó los dientes. Primero había hecho la promesa por dentro, pero ahora era ley gracias a su abuelo. La pesadilla seguía ahí, pero la habitación ya no era solo un lugar de miedo. Ahora era un taller donde afilar la rabia y aprender a tener paciencia.

—Lo haré —dijo ella con firmeza—. Lo juro por mí y por los que ya no están. Román Ortega va a pagar.

Dionisio asintió una vez, rápido y serio.

—Que así sea —dijo. Se dio la vuelta y salió antes de que la noche lo hiciera decir algo que no debía. Andrew lo siguió en silencio, y la puerta se cerró dejando a Vanessa sola con su juramento y la sombra de esa sonrisa que iba a borrar.

Vanessa se quedó quieta, sintiendo todavía la mano de su abuelo en el pelo. Cuando se cerró la puerta, se quedó un rato sin respirar, dejando que el silencio hiciera lo suyo, como quien espera a que la tinta se seque para seguir escribiendo.

Se acercó a la ventana sin hacer ruido. Afuera, la lluvia golpeaba las lápidas y el jardín parecía un dibujo borroso. Las flores que tanto cuidaban sus padres estaban inclinadas bajo la lluvia, como si también estuvieran llorando. Vanessa apoyó la frente en el cristal frío y miró el jardín donde su madre le había enseñado a plantar. En su cabeza, las imágenes se mezclaban: la risa de su padre, la dulzura de su madre, y esa sonrisa que lo había roto todo.

—Román Ortega —murmuró, saboreando el apellido como si fuera algo que debía odiar—. Te voy a encontrar.

La promesa fue como un nudo en la garganta, pero también una guía. No era solo rabia, sino recuerdo: el mapa de una infancia robada que ahora se convertía en una orden.

Recordó la voz de su madre dándole las buenas noches, la forma en que su padre la alzaba en brazos. Esas caras estaban tan claras que le dolían. Vanessa cerró los puños y sintió las uñas clavándose en la palma, y la sangre latiendo fuerte, diciéndole que no se rindiera.

—Cuando te encuentre y llegue el momento —dijo en voz baja, pero con tanta firmeza que parecía que la casa le contestaba—, Román Ortega va a pagar. Y voy a descubrir quién lo ayudó.

No pidió permiso ni consuelo. Su juramento fue una declaración. Sabía que en la mansión Villanueva la venganza se preparaba con cuidado. Por eso, se puso manos a la obra: aprender, observar y esperar el momento justo.

En la cocina, el reloj marcaba los minutos y ella los usaba como guía. Se llevó la mano al bolsillo donde Dionisio guardaba el llavero de la familia, algo que antes le había parecido solo un adorno. Ahora lo miraba con otros ojos: era el poder, el deber, la venganza que tenía que llevar a cabo. Abrió un cajón y cogió una libreta que su madre usaba para las recetas, manchada de café y llena de su letra. Vanessa la abrió con cuidado y, en la primera página, escribió con letra rápida:

Román Ortega: buscar fotos, datos, testigos. Quién lo protege. Quién lo contrató. Día del ataque: [fecha]. Nombres alrededor: camionetas, señal en la carretera, voz con risa.

Firmó con su nombre y, por primera vez desde la tragedia, sonrió.

Al otro lado del pasillo, Dionisio y Andrew estaban actuando. Vanessa lo sabía: oía los pasos, el intercambio de nombres, los preparativos que significaban hombres moviéndose y ojos en la carretera. No se sintió apartada, sino al contrario. Era parte de la familia, como sangre, herencia y vengadora en prácticas.

Esa noche, antes de volver a la cama, Vanessa miró hacia las tumbas de sus padres. Se imaginó tocando las lápidas frías y susurró:

—No les fallaré. Lo juro.

La promesa quedó en el aire, y la casa la aceptó. Afuera, la lluvia seguía cayendo, lavando los rastros, pero no la memoria. Dentro, en la oscuridad, Vanessa empezó a planear su venganza: pequeños pasos, silencios, nombres que pronunciaría con la verdad. Román Ortega ya tenía a alguien siguiéndolo: la sombra de una niña que aprendía a ser fuerte.

1
Lupita Garcia Esparza
excelente trabajo escritora felicidades
Maigualida Ramirez
que bueno que mato a todas esas miserables ratas
Maigualida Ramirez
que lindo es Carlos
Maigualida Ramirez
eso sí descansa y no dejes ni una rata viva
Maigualida Ramirez
ella debió ponerle protección a sus amigos
Maigualida Ramirez
que misterio
Maigualida Ramirez
ya tiene al novio y a la amiga
Maigualida Ramirez
yo creo alberti que te va a tocar pagar también por traidor
Maigualida Ramirez
bastante crudo este capitulo pero tiene que ser así no hay de otra
Maigualida Ramirez
así pueden luchar juntos por una misma causa
Maigualida Ramirez
Justicia al fin hablaron ya era hora
Maigualida Ramirez
ella no está comiendo cuentos va por lo seguro
Maigualida Ramirez
aquí lo que reina es la desconfianza y la maldad y nada mas
Maigualida Ramirez
mariana tuvo mucho que ver en esto
Maigualida Ramirez
la Mariana es tremenda siempre les pone un cable a tierra
Maigualida Ramirez
gelatina y hielo juntos que locura el pobrecito Carlos con lo que siente y ella intentando no sentir eso es de locos
Maigualida Ramirez
está trama es un mar
de secretos
Maigualida Ramirez
está novela es puro misterio
Maigualida Ramirez
será Carlos que se está intentando meter a su sistema puede ser
Maigualida Ramirez
no es fácil comenzar otro lugar pero con fé convicción y determinación todo se puede el querer es poder
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