Diane acepta un matrimonio por contrato para proteger el honor de dos familias, pero pronto descubre que el apellido Valcárcel está sostenido por chantajes, desapariciones y secretos nacidos frente al mar. Entre ella y Eduardo surge un sentimiento que ninguno estaba destinado a sentir. Años después, una tumba guarda la última verdad de Santa Lucía.
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Capítulo 9 - La regla de hierro
Una semana después de la primera visita de Eduardo, Diane encontró un pañuelo blanco atado al rosal del invernadero.
No pertenecía a nadie de la casa. La tela era basta, remendada en una esquina con hilo azul, y había sido anudada a una rama baja, donde los criados no la verían desde el sendero. El viento de la mañana la movía entre las rosas marchitas como una rendición demasiado pequeña para detener una guerra.
Diane se arrodilló fingiendo examinar la tierra. Debajo de una maceta rota encontró un trozo de papel doblado.
«Lo sabe. Está vivo. No hagas nada hasta que hablemos. S.»
Leyó las palabras tres veces. La primera con alivio. La segunda con rabia. La tercera buscando en los espacios algo que Stefany no se hubiera atrevido a escribir.
Iván había recibido la carta.
Durante veintiséis días, aquella certeza le había sido negada. Stefany regresó a la casa la noche de la firma cuando el carruaje ya se había marchado. No encontró a Iván en las viviendas de los jornaleros; un capataz lo había enviado con otros hombres a descargar las piezas de la nueva secadora en el puerto. Damaris prohibió después que Diane recibiera visitas sin aviso, y los movimientos de los trabajadores comenzaron a ser vigilados por un administrador de Guillermo.
La carta, sin embargo, había seguido viajando.
Diane dobló la nota hasta convertirla en un cuadrado diminuto y la ocultó dentro del guante. No retiró el pañuelo. Si era una señal, necesitaba fingir que aún no la comprendía.
Stefany llegó después del almuerzo con una caja de sombreros vacía.
—Tu madre cree que vengo a mostrarte una cinta francesa —dijo al entrar en la habitación.
—¿Y si pide verla?
—Diré que no combinaba con tu tristeza.
Diane cerró la puerta y la sujetó por los hombros.
—¿Lo viste?
—Ayer, en el almacén del puerto.
—¿Cómo está?
Stefany dejó la caja sobre la cama.
—Furioso.
—Eso no responde.
—Tiene las manos llenas de cortes, duerme poco y quería venir aquí después de leer tu carta. Así está.
Diane se sentó. La habitación pareció inclinarse bajo el peso de una imagen: Iván recorriendo el camino, llamando a la puerta principal, enfrentándose a Ernesto o a los hombres de Guillermo.
—¿Qué le dijiste?
—Que si venía, lo despedirían. Que podrían acusarlo de intentar manchar tu honor. Que los Valcárcel poseen jueces, barcos y suficientes testigos para convertir una mentira en sentencia.
—¿Te escuchó?
—Golpeó una pared.
—Eso significa que sí.
Stefany sacó del fondo falso de la caja varias tiras de papel. No eran cartas completas, sino hojas cortadas del ancho de dos dedos.
—Necesitamos reglas.
—El contrato ya tiene demasiadas.
—Estas serán nuestras.
Se sentaron en el suelo, entre la cama y la ventana, donde nadie podía verlas desde el corredor. Stefany extendió las tiras sobre la alfombra como si dispusiera las piezas de una operación militar.
—El pañuelo blanco significa que hay carta bajo la maceta rota. Si aparece una cinta roja, no te acerques al invernadero: alguien vigila. Si no hay nada, no busques nada.
—¿Y mis respuestas?
—Las dejarás dentro del tallo hueco de la regadera vieja. Yo las recogeré los martes y los sábados.
—Puedo llevarlas al lindero.
—No.
—Conozco los campos mejor que cualquier administrador.
—Precisamente por eso notarán si dejas de ir a los lugares acostumbrados y empiezas a elegir caminos ocultos.
Diane tomó una de las tiras.
—Necesito verlo.
—Y él necesita conservar el trabajo. Escúchame: los jueves están prohibidos porque Eduardo viene a visitarte. Los domingos también; la mitad de Santa Lucía observa quién entra y sale de misa. Nunca escribirás nombres completos. Nunca mencionarás la fuga, el contrato ni a los Valcárcel de forma directa.
—¿De qué vamos a hablar?
—De cualquier cosa que no pueda enviarlo a prisión.
Diane contempló las tiras. El amor que había imaginado junto a Iván estaba hecho de campos abiertos, ventanas grandes y una casa sin permiso. Ahora debía aprender a respirar en papeles más estrechos que una cinta.
—Una regla más —dijo Stefany—. Si alguno escribe «cenizas», se queman todas las cartas y el contacto termina hasta que yo diga que es seguro.
—No puedes decidir eso por nosotros.
—Soy quien atraviesa el puerto con sus palabras cosidas en el forro. Puedo decidir cuánto riesgo cargo.
Diane alzó la vista. Stefany ya no parecía la muchacha que prometía soluciones con un caballo prestado y una sonrisa. Había barro seco en el borde de sus botas y una pequeña quemadura en la muñeca, producida, quizá, por alguna lámpara del almacén. La resistencia también estaba escribiendo sobre ella.
—De acuerdo —dijo Diane.
—Repítelo.
—Pañuelo blanco, carta. Cinta roja, peligro. Respuestas los martes y sábados. Jueves y domingos prohibidos. Sin nombres, sin fuga, sin contrato. Si aparece la palabra cenizas, todo se quema.
—Esa es la regla de hierro.
Diane miró hacia la puerta.
—Mi madre estaría orgullosa.
—Tu madre crea reglas para encerrarte. Nosotras creamos esta para mantener una puerta abierta.
Cuando Stefany se marchó, Diane abrió el cajón donde guardaba sus poemas. Había copiado versos desde los doce años: páginas sobre lunas, jardines, heroínas que morían con elegancia y hombres que cruzaban mares por una mirada. Damaris revisaba su correspondencia, pero nunca abría aquel cuaderno. Consideraba la poesía una debilidad inofensiva.
Diane arrancó la primera hoja.
El sonido la hizo estremecerse. No era solo papel. Era una versión de sí misma que todavía creía que las palabras bonitas bastaban para proteger lo que nombraban.
Cortó la página en tiras y escribió en el reverso.
«Me dijeron que estabas vivo. Perdona que te lo pregunte de este modo, pero necesito saber si, después de leerme, sigues queriendo aquella casa.»
Dejó la respuesta en la regadera.
El martes amaneció sin pañuelo. El miércoles, una cinta roja apareció en el rosal. Diane pasó frente al invernadero sin volver la cabeza y sintió en la nuca la mirada del nuevo administrador. El jueves recibió a Eduardo bajo la supervisión de Elvira. Hablaron durante cuarenta minutos sobre un libro de viajes que ninguno había elegido. Cada vez que una puerta se abría, Diane esperaba que entrara Iván cubierto de barro y de rabia.
No entró.
Eduardo advirtió su distracción, pero no preguntó por el amigo de los campos. Al despedirse, dejó sobre la mesa el libro de viajes.
—La página ciento doce describe una ruta hacia Lisboa —dijo.
Diane lo miró.
—¿Pretende ayudarme a huir?
—Pretendo que nuestra conversación de hoy contenga al menos una cosa verdadera.
Se marchó sin esperar respuesta.
El sábado, el pañuelo blanco regresó al rosal.
Diane esperó hasta que los criados entraron a almorzar. Cruzó el invernadero con una cesta y se arrodilló junto a las macetas. El papel estaba oculto donde Stefany había indicado. Era una tira arrancada de un registro de carga; en el reverso se distinguían columnas de números y la palabra tabaco impresa en tinta azul.
La letra de Iván ocupaba cada espacio libre.
«Sigo queriendo la casa. Sigo queriendo la ventana, las magnolias y el taller absurdo que hiciste más grande que el dormitorio. Pero no quiero que me pidas paciencia como si la paciencia no fuera otra palabra para verte caminar hacia él. Dime que no aceptaste. Dime que tu firma no significa nada. Dime que, cuando llegue el momento, vas a elegirnos.»
Diane llevó el papel al pecho. El alivio y la culpa se mezclaron hasta volverse indistinguibles.
Escribió la respuesta esa misma tarde en el reverso de un poema sobre una doncella que esperaba siete años junto al mar.
«La firma significa que mi padre conserva la fábrica y cincuenta y tres familias conservan el pan. No significa que haya dejado de quererte. Elegirnos ahora podría destruirlos a todos. Necesito tiempo.»
La respuesta de Iván llegó el martes.
«El tiempo es lo que ellos compraron.»
Diane contestó:
«Entonces tendremos que robárselo de vuelta.»
Durante las dos semanas siguientes, sus cartas construyeron un corredor secreto entre la casa y el puerto. Hablaron de cosas pequeñas para no escribir las peligrosas: una manzana que Iván encontró dentro de una caja inglesa, el color del humo de la secadora, un gato amarillo que dormía sobre las cuerdas de un barco. Diane describió el roble y ocultó a Eduardo dentro de la palabra sombra. Iván entendió. Dejó de mencionar la casa imaginaria.
Cada carta exigía una página de poesía. Las heroínas, las lunas y los mares fueron desapareciendo del cuaderno para que sobrevivieran palabras menos hermosas y más verdaderas.
Un sábado de finales de octubre, Diane encontró una carta distinta. El papel estaba arrugado y olía a hierro. Solo contenía cuatro líneas.
«Hoy lo vi inspeccionar la fábrica. Caminó entre los hombres como si la tierra ya fuera suya. Todos bajaron la cabeza. Yo también tuve que hacerlo.»
Debajo, Iván había escrito:
«Dile a esa sombra que la odio.»
La última palabra estaba atravesada por una mancha oscura. Diane tocó el borde seco y reconoció el color que había quedado alrededor de las uñas de Iván durante la tarde del cuadro. Una gota de su sangre había caído sobre la frase «te odio».