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Renacer Entre Espinas

Renacer Entre Espinas

Status: En proceso
Genre:Mundo mágico / Traiciones y engaños / Mujer poderosa
Popularitas:3.9k
Nilai: 5
nombre de autor: Itz

"No todas las segundas oportunidades llegan para recuperar el pasado. Algunas llegan para construir un futuro."

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El final de Everly Belmonth

Unos ojos vacíos miraban el mar embravecido. El viento aullaba con fuerza mientras las olas se estrellaban con violencia contra la torre donde había pasado años encerrada. Ya no recordaba cuánto tiempo había estado atrapada en ese abismo. La locura y la soledad comenzaron a consumirla casi de inmediato.

El dolor provocado por sus verdugos había calado en lo más profundo de su ser; los golpes, los abusos constantes y el hambre la habían quebrado por completo.

Algunos días, cuando estaba más lúcida, recordaba el momento en que su sentencia había sido dictada. Al pensar en ello, volvía a verse en aquel salón.

Podía percibir el aroma de las damas más distinguidas del imperio y sentir la seda del vestido que había usado para impresionar e imponer su presencia como la dama más destacada de la nobleza.

Podía ver a Azel caminando, pero no en dirección a ella. Su andar, como siempre, era digno de la realeza. Las personas se apartaban como si de una deidad se tratara; se inclinaban a su paso, adorando su presencia.

Como príncipe heredero, había nacido con las manos llenas de oro y con el mundo a sus pies.

Su mirada estaba fija en ella: Olaya, la dulce e inocente joven que le brindaba paz, la mujer que él había decidido amar. Hija del duque Bennett, uno de los pilares del imperio, un hombre poderoso e influyente.

Azel la miraba como nunca la había mirado a ella. La trataba con una delicadeza que Everly jamás había experimentado, con una dulzura que contrastaba con la fría indiferencia que mostraba hacia el resto del mundo.

Recordaba con absoluta claridad el instante en que Olaya se desplomó ante sus ojos, cayendo de forma dramática directamente a los brazos del príncipe. Recordaba los gritos, las órdenes, el pánico... y, por último, la mirada que Azel le había dedicado. Una mirada que la juzgó y dictó su sentencia en ese mismo instante.

Fue arrastrada como si fuera una criminal peligrosa, sostenida por ambos brazos por la guardia real mientras luchaba desesperadamente por liberarse. Buscó a su padre y a sus hermanos con la mirada. Aún podía sentir sus ojos sobre ella, llenos de la misma indiferencia y frialdad que le habían mostrado desde que tenía uso de razón.

Desde que era una pequeña niña había aprendido, de la forma más cruel, el poco amor que su familia le tenía. Vivió siempre a la sombra de sus hermanos y de ella: su pequeña hermana Iraide, la luz en medio de la oscuridad. Hija del segundo matrimonio de su padre, con hermosos cabellos rosados como los de un hada, aquella niña había recibido todo el amor que Everly jamás conoció, simplemente por haber llegado después.

A veces la odiaba con todo su corazón. Iraide poseía aquello que a ella le había sido negado desde el momento de su nacimiento. Todos la culpaban por la muerte de su madre, aunque la realidad era distinta. Su madre había sobrevivido al parto y fallecido un año después. Su cuerpo, ya debilitado tras dos embarazos complicados, nunca logró recuperarse del último.

Everly fue criada por la antigua nana de su madre, una mujer que volcó todo su cariño en aquella pequeña niña. Y, aun así, ese amor nunca fue suficiente para llenar el enorme vacío que su propia familia había dejado.

Los recuerdos seguían atormentándola. Permanecía inmóvil, contemplando el oscuro y frío abismo que se extendía frente a ella. Esperaba... esperaba el final. Lo sabía. Podía sentirlo. Por fin iban a acabar con su vida. Por fin sería libre.

Unos pasos resonaron cerca de su celda. Ya no se estremecía. Había aprendido a no temer... o quizá simplemente se había acostumbrado al dolor. No levantó la mirada. Sabía perfectamente quién estaba frente a ella. Después de tantos años, habría reconocido su presencia incluso con los ojos cerrados.

Azel se detuvo frente a la celda y observó a la mujer que permanecía en su interior. Ya no quedaba rastro de aquella joven hermosa que siempre caminaba a su sombra, la mujer a quien él nunca consideró más que una molestia. Había sido elegida como su prometida desde el mismo día de su nacimiento.

Hija del archiduque Belmonth, pertenecía a la segunda familia más poderosa del imperio. No solo por su riqueza, sino porque la magia de su linaje rivalizaba con la de la propia familia imperial.

Nunca la había mirado más de lo necesario.

Nunca le había importado.

Sabía que era inocente. Sabía que ella no había tenido la culpa. Sin embargo, culparla había sido el camino más sencillo para evitar romper el poderoso acuerdo que unía a la familia imperial con los Belmonth.

Sin pronunciar una sola palabra, dejó un pequeño frasco dentro de la celda y se marchó. Era la única piedad que estaba dispuesto a ofrecerle. Su única muestra de misericordia.

Everly no reaccionó.

No lo miró.

No tomó el frasco.

Solo esperó.

La mañana llegó envuelta en una ligera bruma tras la tormenta. Los guardias condujeron a la pequeña mujer hacia su destino final.

La horca la esperaba.

Por fin sería libre.

No había sol.

No había espectadores.

Solo la familia imperial.

Azel, ahora coronado emperador, permanecía de pie junto a Olaya. Ella observaba a Everly como quien contempla un insecto insignificante. Su porte impecable y su expresión dulce contrastaban con el lúgubre escenario que se alzaba ante ellos.

El archiduque Belmonth mantenía la mirada fija en su hija. Había acudido solo. Su rostro permanecía completamente inexpresivo.

No hubo palabras.

No hubo lágrimas.

No hubo nada.

El verdugo colocó la cuerda alrededor de su cuello. El viento soplaba con una violencia casi delicada, meciendo su frágil cuerpo como una hoja seca. Los huesos sobresalían bajo su piel, cubierta de cicatrices. Y, aun así, ella seguía sin mirar a nadie. Sus ojos permanecían perdidos, vacíos... sin vida incluso antes de morir.

La cuerda se tensó.

Su cuerpo se sacudió durante unos segundos que parecieron horas para quienes contemplaban cómo la muerte reclamaba, por fin, aquella vida.

Los emperadores se marcharon con una sonrisa, como si todo el mal del mundo hubiera desaparecido junto con la muerte de aquella pequeña mujer.

El archiduque Belmonth permaneció de pie frente al cuerpo que aún se balanceaba lentamente bajo el viento.

Solo observó.

Observó el cuerpo de quien alguna vez había sido su hija.

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