Novela+18
La graduación debía ser el inicio de una nueva etapa.
Para despedirse antes de tomar caminos distintos, Rei y sus amigos viajan a una cabaña aislada en medio de un bosque. Pero una violenta tormenta de nieve los deja atrapados, incomunicados y lejos de cualquier ayuda.
Rei, un joven que ha aprendido a vivir con la ceguera de su ojo derecho, pronto comienza a notar que algo no encaja en aquel lugar.
Extraños sucesos se acumulan, la tensión crece y la desconfianza empieza a dividir al grupo.
El miedo se apodera de la cabaña.
Y lo que comenzó como un viaje entre amigos pronto se transformará en una pesadilla de la que tal vez no todos regresen con vida.
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CAPÍTULO 15 — ATRAPADOS
Minutos después salimos nuevamente al exterior.
La tormenta había empeorado.
La nieve caía con más fuerza.
El viento nos golpeaba el rostro como agujas heladas.
Corrimos hacia la camioneta.
Por suerte no estaba cerrada.
Haru abrió la puerta del conductor y se metió dentro.
—Voy a intentarlo.
Comenzó a revisar debajo del volante.
Moviendo cables.
Quitando paneles.
Maldiciendo entre dientes.
Mientras tanto, Aoi observó algo cerca de la entrada de la cabaña.
—¡Aquí hay palas!
Corrió hacia ellas.
Tomó una.
Luego otra.
Y comenzó a repartirlas.
—Por si necesitamos despejar nieve.
Tomé una de las herramientas.
Apenas la sostuve cuando vi a Aoi dirigirse hacia uno de los neumáticos.
Ella se agachó.
Comenzó a retirar nieve acumulada alrededor de la rueda.
De repente se quedó inmóvil.
Su rostro perdió color.
La pala cayó de sus manos.
Y ella se dejó caer sobre la nieve.
—No...
Su voz tembló.
—No...
—¿Qué pasa? —pregunté acercándome.
Entonces lo vi.
Y sentí cómo el corazón se me hundía.
El neumático estaba destrozado.
No pinchado.
Destrozado.
Grandes cortes atravesaban el caucho.
Profundos.
Violentos.
Como si alguien hubiera descargado toda su fuerza sobre él.
Yoru llegó a nuestro lado.
Su expresión se oscureció inmediatamente.
—Mierda...
Desde la camioneta, Haru asomó la cabeza.
—¿Qué está pasando?
No respondí.
Simplemente corrí hacia la rueda delantera.
La nieve me llegaba arriba de mis tobillos.
Comencé a cavar desesperadamente alrededor del neumático.
La pala chocó contra el caucho.
Y entonces lo vi.
Estaba igual.
Destrozado.
Sentí que la poca esperanza que me quedaba desaparecía.
Yoru fue hacia otra rueda.
Retiró la nieve.
Observó unos segundos.
Luego bajó lentamente la cabeza.
No necesitaba decir nada.
Todos sabíamos la respuesta.
Aoi comenzó a llorar otra vez.
—El asesino destruyó los neumáticos...
Su voz se quebró.
—No tenemos salida...
Aquellas palabras cayeron sobre nosotros como una sentencia.
No tenemos salida.
No tenemos salida.
No tenemos salida.
Haru golpeó violentamente el volante.
—¡¡MALDITA SEA!!
Otro golpe.
—¡¡MALDITA SEA!!
Otro más.
La rabia lo estaba consumiendo.
Yo simplemente me quedé allí.
De pie.
Observando los neumáticos destruidos.
Sintiendo cómo toda esperanza se escapaba de mi cuerpo.
No había llaves.
No había señal.
No había vehículo.
Y la tormenta seguía empeorando.
Comprendí la magnitud de nuestra situación.
Estábamos atrapados.
Completamente atrapados.
Yoru se agachó junto a una de las ruedas.
Observó los cortes detenidamente.
Pasó los dedos por el caucho desgarrado.
Su expresión se volvió aún más sombría.
—Lo hizo a propósito.
Levantó la vista hacia nosotros.
—Y lo hizo con el mismo cuchillo.
Un escalofrío recorrió mi espalda.
Todos entendimos a qué cuchillo se refería.
El cuchillo clavado en la cabeza de Akira.
Yoru apretó la mandíbula.
Estaba realmente afectado.
—Maldita sea...
El viento rugió entre los árboles.
Más fuerte que antes.
Más amenazante.
Levanté la vista hacia el bosque.
Miles de troncos oscuros se alzaban entre la nieve.
Silenciosos.
Inmóviles.
Como espectadores observando nuestra desesperación.
......................
No esperamos más.
Bastó una sola mirada entre nosotros para entenderlo.
Nadie tuvo que decir nada.
Todos pensamos exactamente lo mismo.
Esa persona podía volver en cualquier momento.
Y nosotros estábamos completamente indefensos.
—¡Adentro! —gritó Haru.
Fuimos corriendo hacia la cabaña.
La nieve nos golpeaba el rostro mientras atravesábamos el camino.
Yo apenas podía mantener el ritmo.
El miedo parecía darme fuerzas que ya no tenía.
Entramos de golpe.
Haru cerró la puerta principal.
Yoru echó el seguro.
Aoi cerró las ventanas más cercanas.
Durante unos segundos permanecimos inmóviles.
Escuchando.
Esperando.
Pero afuera solo se oía el rugido del viento.
Entonces todos caímos en la misma cuenta.
Los seguros no servirían de mucho.
No si el asesino tenía las llaves.
Un escalofrío recorrió la habitación.
—Muevan los muebles —ordenó Yoru.
Nadie discutió.
Comenzamos a empujar sofás.
Mesas.
Estanterías.
Todo lo que pudiera servir para bloquear entradas.
El trabajo fue agotador.
Las patas de los muebles chirriaban sobre el suelo de madera.
Mis brazos terminaron doloridos.
Pero ninguno se quejó.
El miedo era más fuerte que el cansancio.
Cuando terminamos, la cabaña parecía una fortaleza improvisada.
La puerta principal y trasera estaban bloqueadas por varios muebles pesados.
Las ventanas de la planta baja también habían sido aseguradas.
No era perfecto.
Pero nos hacía sentir un poco menos vulnerables.
Solo un poco.
......................
La tarde cayó lentamente sobre la montaña.
La tormenta continuaba.
El cielo gris había oscurecido tanto que parecía casi de noche.
Nos encontrábamos sentados en el suelo de la sala.
Nadie tenía ganas de encender la televisión.
Nadie tenía ganas de jugar.
Nadie tenía ganas de hablar.
El ambiente estaba cargado de miedo.
De cansancio.
Y de dolor.
Yoru fue el primero en romper el silencio.
—Solo debemos resistir cuatro días más.
Todos levantamos la vista.
—Antes de venir le dije al mayordomo que estaríamos aquí solo una semana.
Sus ojos recorrieron la habitación.
—Si no regresamos en la fecha acordada, enviarán gente a buscarnos.
Por unos segundos nadie reaccionó.
Luego algo cambió.
Algo pequeño.
Pero importante.
Esperanza.
Aoi fue la primera en hablar.
—¿De verdad?
—Sí.
—¿Estás seguro?
—Completamente.
El rostro de Haru se relajó un poco.
Incluso yo sentí que podía volver a respirar.
Cuatro días.
Solo cuatro días.
Era mucho tiempo.
Pero también significaba que no estábamos abandonados.
Alguien sabía dónde estábamos.
Alguien vendría.
—Entonces solo tenemos que aguantar —murmuró Aoi.
—Exactamente —respondió Yoru.
Una pequeña chispa de esperanza volvió a aparecer entre nosotros.
......................
Horas después, el hambre comenzó a hacerse notar.
Ninguno había comido nada desde la mañana.
Y el estrés solo empeoraba la sensación de vacío en el estómago.
Aoi se puso de pie.
—Voy a preparar algo.
Yoru también se levantó.
—Te ayudaré.
Los dos caminaron hacia la cocina.
Poco después comenzaron a escucharse sonidos de ollas y platos.
Aquellos ruidos cotidianos resultaban extrañamente reconfortantes.
Como si intentaran convencernos de que todo seguía siendo normal.
Aunque nada era normal.
Yo permanecí sentado en el suelo.
Mirando la puerta principal.
O más bien...
La barricada que habíamos construido delante de ella.
Los muebles proyectaban sombras extrañas bajo la luz de la lámpara.
Mi mente no dejaba de imaginar escenarios horribles.
¿Qué pasaría si alguien intenta entrar?
¿Qué pasaría si escuchamos golpes durante la noche?
¿Qué pasaría si el asesino ya está dentro de la cabaña?
Tragué saliva.
Intentando apartar aquellos pensamientos.
Pero entonces sentí una mirada.
Levanté lentamente la cabeza.
Haru me observaba.
Desde el otro extremo de la sala.
Sin hablar.
Sin apartar los ojos.
Mi estómago se encogió.
Inmediatamente entendí por qué.
Todavía me culpaba.