Ethan Vance lo tenía todo: millones en el banco, trajes de diseñador a medida y una lista interminable de mujeres hermosas dispuestas a pasar la noche con él. Su vida era perfecta, libre de compromisos y, sobre todo, libre de niños. Para Ethan, los bebés eran "pequeñas alarmas ruidosas que arruinaban la diversión".
Pero el destino tiene un sentido del humor bastante retorcido.
Una madrugada, tras una noche de fiesta descontrolada, Ethan regresa a su lujoso penthouse y encuentra un paquete inesperado junto a su sofá: una canasta de mimbre con una bebé de pocos meses y una nota que cambiará su vida para siempre.
El hombre que es capaz de cerrar tratos multimillonarios con una sola mirada, ahora está al borde del colapso nervioso porque no sabe cómo abrir un pañal autoadhesivo y su costosa camisa de seda acaba de ser bautizada con saliva (y algo peor).
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Capitulo 8.
Ethan Vance no pedía favores; daba órdenes y pagaba facturas con la cantidad de ceros suficiente para que lo imposible se hiciera realidad en cuestión de horas.
Con el teléfono pegado a la oreja, caminaba de un lado a otro por su oficina privada en el segundo piso del penthouse. Había recuperado su postura imponente, pero la tensión en sus hombros delataba que no estaba cerrando un trato comercial ordinario.
—No me importan los tecnicismos, Arthur —siseó Ethan, deteniéndose frente al escritorio de caoba—. Le di mi palabra a ese oficial de policía de que tendría los papeles de la custodia temporal sobre su escritorio mañana a primera hora. Si tengo que comprar el juzgado de familia entero para acelerar el proceso, búscame el precio y firmaré el maldito cheque.
Al otro lado de la línea, Arthur Pendelton, el abogado principal y más costoso de la firma legal de Ethan, dejó escapar un suspiro de agotamiento. Estaba acostumbrado a las exigencias extravagantes de su jefe, pero esto superaba cualquier límite.
—Ethan, estás hablando de la custodia de una menor de edad que apareció en tu puerta sin documentos, no de la absorción de una empresa de seguros —explicó Arthur, midiendo cada palabra—. El protocolo de bienestar infantil es estricto. Un hombre soltero, con tu historial en las revistas de chismes y sin un vínculo sanguíneo demostrado todavía, no es precisamente el candidato ideal que un juez de familia aprueba en cinco minutos. Si la policía investiga tu estilo de vida nocturno, estamos en desventaja.
Ethan golpeó el escritorio con el puño, haciendo que el portalápices de cristal tintineara.
—Mi estilo de vida nocturno no tiene nada que ver con esto. Bajo este techo esa niña tiene seguridad privada de primer nivel, un penthouse de dos plantas y la niñera más cara del mercado —argumentó Ethan, inflando el pecho—. Está mejor aquí que en cualquier hogar de tránsito del gobierno. Mueve tus influencias, Arthur. Llama al juez de distrito, recuérdale quién financió su última campaña benéfica y dile que requiero una orden de guarda temporal de emergencia por veinticuatro horas mientras gestionamos la prueba de ADN privada.
Hubo un silencio en la línea. Arthur sabía que cuando a Ethan se le metía una idea en la cabeza, era más fácil desviar un río que hacerlo cambiar de opinión.
—Está bien —cedió el abogado—. Conseguiré la guarda provisional de emergencia alegando que eres el presunto padre biológico y que la menor corre riesgo de desamparo si es trasladada. Pero necesito que vayas al laboratorio hoy mismo. Si el ADN da negativo en unas semanas, el juez revocará la orden de inmediato y la niña irá al sistema estatal. ¿Estás seguro de querer meterte en este Laberinto, Ethan?
Ethan miró de reojo la nota arrugada que descansaba sobre su escritorio. Las palabras "No dejes que la encuentren" seguían quemándole la retina.
—Haz tu trabajo, Arthur. Del resto me encargo yo —cortó Ethan, colgando la llamada sin esperar respuesta.
Salió de la oficina y bajó las escaleras mecánicas hacia la sala de estar. Allí estaba Julia, sentada en la alfombra con una paciencia infinita, mostrándole a la pequeña Mia unos cubos de tela de colores que acababan de llegar en el primer envío de la tienda de artículos para bebés.
La niña, al escuchar los pasos pesados de Ethan, giró la cabeza con rapidez. Al verlo, soltó un balbuceo ruidoso y comenzó a agitar los brazos, haciendo que el pañal de su talla crujiera de forma adorable.
—Veo que los abogados no lograron calmar su mal genio, señor Vance —comentó Julia sin levantar la vista del juguete—. Su voz se escuchaba hasta el piso de arriba. Si sigue gritando así, va a asustar a la niña.
Ethan se acercó, metiendo las manos en los bolsillos de su pantalón. Miró a la bebé con una mezcla de fastidio y una extraña fascinación que no lograba admitir.
—Esa niña no se asusta con nada, Julia. Sobrevivió a mis primeros intentos de cambiarle el pañal, eso la hace inmune a cualquier trauma mayor —respondió él, agachándose hasta quedar a la altura del sofá—. Mis abogados ya están moviendo los hilos. Mañana tendré la custodia legal temporal. Nadie se la va a llevar de este apartamento.
Julia se detuvo y lo miró fijamente a través de sus gafas, sorprendida por la determinación en el rostro del CEO.
—Vaya. Hace unas horas quería entregarla al primer oficial que cruzara la puerta y ahora está dispuesto a demandar al Estado por ella —señaló Julia, entornando los ojos—. ¿Qué cambió, señor Vance? ¿Le dio un ataque de filantropía de repente?
Ethan desvió la mirada hacia la ventana, aclarándose la garganta. Su orgullo de tiburón no le permitía mostrarse vulnerable, y mucho menos confesar que la nota anónima implicaba un peligro que su instinto de alfa se negaba a ignorar.
—Es una cuestión de principios y de imagen corporativa —mintió Ethan con total seriedad—. Un Vance no permite que las autoridades entren a su propiedad privada a quitarle algo que fue depositado en su puerta. Sería una mala señal para el mercado financiero. Si los inversores ven que no puedo defender un perímetro doméstico de un metro de mimbre, pensarán que soy débil en las negociaciones internacionales. Es pura estrategia, nada más.
Julia soltó una risita ahogada, volviendo a su tarea de acomodar los juguetes de la bebé.
—Claro, señor Vance. Lo que usted diga. El mercado financiero debe estar muy preocupado por el destino de esta manta rosa —bromeó ella con ironía—. Pero si de verdad se va a quedar con ella, aunque sea por unas semanas, va a tener que empezar a actuar como un protector de verdad. Venga aquí.
—¿Qué? No, yo pago para que tú hagas eso —retrocedió Ethan un paso, como si le hubieran pedido que tocara una anguila eléctrica.
—Usted mismo le dijo a la policía que este aire lo pagaba usted y que era su responsabilidad —le recordó Julia, agarrando a la bebé por debajo de los brazos y extendiéndosela—. Además, los papeles legales no significan nada si ella no se siente segura con usted. Tómela. Ya está limpia y no tiene Plutonio encima, se lo garantizo.
Ethan tragó saliva. Miró a la pequeña Mia, que lo observaba con una fijeza que parecía juzgar sus millones de dólares. Con una torpeza que contrastaba ridículamente con su cuerpo atlético y su presencia imponente, extendió los brazos. Esta vez no la tomó por las axilas como a un cachorro; siguiendo los movimientos que le había visto hacer a Julia, colocó una mano grande debajo de su espalda y la otra sosteniendo firmemente esa cabecita gorda y llena de pelusa oscura.
Al traerla hacia su pecho, la bebé soltó un suspiro de satisfacción profunda. Acomodó su mejilla directamente contra la camiseta negra de Ethan, justo encima de los latidos acelerados de su corazón, y cerró los ojos, quedándose completamente en paz.
Ethan se quedó inmóvil, conteniendo la respiración por unos segundos. El peso de la niña en sus brazos ya no se sentía como un paquete incómodo o una bomba de tiempo; se sentía como una responsabilidad real, un ancla pesada que acababa de fijarlo al suelo en medio de su vida superficial y caótica.
—Está bien, mini-persona... Mia —corrigió en un susurro, asegurándose de que Julia no lo escuchara pronunciar el nombre—. Mis abogados ganarán esta ronda en el juzgado. Te quedarás aquí. Pero más vale que esa prueba de ADN demuestre que eres una Vance, porque si tengo que aprender a peinar coletas y a comprar vestidos por el resto de mi vida, voy a necesitar que tengas mi misma habilidad para destruir a la competencia en los negocios.
La bebé solo se movió un poco, dejando una pequeña mancha de baba húmeda en la camiseta limpia del CEO, ajena por completo a que el hombre más frío de la ciudad acababa de declarar una guerra legal completa para asegurar que nadie pudiera apartarla de su lado.