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LA JAULA DE ESMERALDA

LA JAULA DE ESMERALDA

Status: En proceso
Genre:Malentendidos / Traiciones y engaños / Reencuentro
Popularitas:923
Nilai: 5
nombre de autor: NATALIA ORTEGA

El huracán le quitó su casa, pero él le quitó su libertad. Esmeralda vive encerrada en una jaula de oro, prisionera del hombre que dice amarla. Entre mentiras, tormentas y secretos, deberá elegir: morir en silencio o destruir todo para ser libre. ¿El amor puede doler tanto como una prisión?


.Confirmo que soy la autora, la autora de esta obra y poseo todos los derechos de autor,

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NovelToon tiene autorización de NATALIA ORTEGA para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

11. EL TRATO DE LA HEREDERA.

El viaje de regreso fue un funeral.

Emiliano no habló. No me miró. Solo manejaba, con la mandíbula tan apretada que veía el músculo saltar bajo su piel. Yo iba pegada a la puerta, lo más lejos de él que el cinturón permitía.

Mi heredero.

Las palabras rebotaban en mi cabeza como balas. ¿Había hablado en serio? ¿O solo fue para callar a su madre?

Cuando llegamos a la mansión, no fue a su despacho. Fue directo al bar y se sirvió un whisky. Doble. Sin hielo. Se lo tomó de un trago.

Yo me quedé en la puerta, temblando. No dé frío. De la certeza de que mi vida acababa de cambiar otra vez.

“¿Era mentira?”, mi voz sonó rota. “Lo del heredero. Lo dijiste para humillar a tu madre, ¿verdad?”

Él dejó el vaso sobre la mesa con un golpe seco. Por fin me miró. Y no había mentira en sus ojos. Solo una oscuridad que me dio más miedo que su furia.

“No.”

Una palabra. Mi sentencia de muerte.

El aire se me fue. “Emiliano, yo… yo no puedo. No voy a…”

“Vas a escucharme”, me interrumpió. Caminó hacia mí. No como un hombre. Como una condena. “Le declaré la guerra a mi familia, Esmeralda. Por ti. Acabo de quemar todos los puentes con la única gente que tiene mi sangre. ¿Crees que lo hice por nada?”

Se detuvo frente a mí. Olía a whisky, a lluvia seca y a peligro.

“Mi madre quiere que anule el matrimonio. Mi padre quiere que te pague y te desaparezca. La junta directiva cree que me volví loco.” Su mano se alzó y me tomó la barbilla, forzándome a mirarlo. “Y todos tienen razón. Estoy loco. Por ti. Por esto.” Su pulgar rozó mi labio inferior. “Así que ahora necesito que esto sea real. Legal. Irrompible.”

“¿Y un hijo lo hace irrompible?”, escupí, con lágrimas de rabia en los ojos. “¿Ese es tu plan? ¿Embarazarme para que no pueda irme?”

“Ese es mi plan para protegerte”, gruñó. “Mientras no tengas un hijo mío, eres descartable para ellos. Eres un contrato que se puede romper. Con un heredero… te conviertes en la madre del futuro de la Rosa. Intocable. Incluso para mi madre.”

La lógica retorcida de un monstruo. Tenía sentido. Y eso era lo peor.

Me soltó y fue a su escritorio. Abrió un cajón y sacó una carpeta. La misma carpeta de cuero negro de mi contrato de matrimonio.

La aventó sobre la mesa frente a mí.

“Nuevo trato”, dijo. “Lee.”

Temblando, abrí la carpeta. Era un anexo. Un contrato sobre el contrato.

CLÁUSULA 1: La Parte B, Esmeralda Castillo, se compromete a concebir un hijo con la Parte A, Emiliano de la Rosa, en un plazo no mayor a 12 meses desde la firma del presente.

CLÁUSULA 2: Una vez nacido el heredero y confirmada la paternidad, la Parte A otorga a la Parte B su libertad total. Divorcio inmediato, sin disputas. Pensión vitalicia. Casa propia. La deuda de la madre de la Parte B queda saldada de por vida.

CLÁUSULA 3: La Parte B tendrá régimen de visitas ilimitado con el heredero. La custodia total reside en la Parte A.

Leí dos veces. Tres. La tinta negra me quemaba los ojos.

“Me dejas ir… si te doy un hijo”, susurré. “Me usas como incubadora y luego me tiras.”

“Te doy lo que quieres”, corrigió él. Su voz era áspera. “Tu libertad. La vida de tu madre. Dinero para que nunca vuelvas a preocuparte. Todo lo que me pediste el día que nos casamos.” Se inclinó sobre el escritorio, quedando a centímetros de mi cara. “Pero yo me quedo con algo también. Me quedo con una parte de ti para siempre. Una parte que lleve mi sangre. Mi apellido.”

“¿Y si no quiero?”, lo desafié. Las lágrimas ya corrían libres. “¿Si no firmo?”

Él se enderezó. Se metió las manos en los bolsillos. Y me dio la respuesta que sabía que me destruiría.

“Entonces te quedas aquí. Como mi esposa. Para siempre. Sin heredero, sin divorcio, sin salida. Encerrada en esta casa, en esta vida, hasta que uno de los dos se muera.” Su mirada era un abismo. “Tú eliges, Esmeralda. Doce meses para ser libre… o una cadena perpetua.”

Tomó una pluma de oro de su escritorio. La puso sobre el contrato, junto a la línea de mi firma.

“Decide.”

Miré la pluma. Miré el contrato. Mi libertad tenía un precio. Un precio que se pagaba con nueve meses de mi cuerpo, con un pedazo de mi alma, con un hijo que nunca sería completamente mío.

Miré a Emiliano. Al hombre que me compró, que me humilló, que me defendió, que me deseó.

Y por primera vez, no vi al monstruo.

Vi a un hombre roto, dispuesto a usar al hijo que no tenía para no perder a la mujer que no podía admitir que amaba.

Con la mano temblando, tomé la pluma.

El clic al destaparla sonó como un disparo en la habitación.

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