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Mi esposo, el Dr. Hielo

Mi esposo, el Dr. Hielo

Status: Terminada
Genre:Doctor / Matrimonio arreglado / Completas
Popularitas:177
Nilai: 5
nombre de autor: elaretaa

Kayla apenas tiene veintitrés años cuando su padre le arregla un matrimonio con un desconocido: Arturo, un neurocirujano brillante al que todo el hospital conoce como el "Dr. Hielo" por su temperamento implacable. En cuestión de semanas pasa de ser una estudiante de medicina libre a convertirse en la esposa secreta del hombre más temido del quirófano.

Las reglas son claras: en el hospital, él es su superior y ella una simple interna. Nadie puede saber que están casados. De día, Arturo la interroga sin piedad frente a sus compañeros y le exige perfección con una frialdad que congela. De noche, es el mismo hombre quien le deja notas manuscritas, le besa la frente mientras duerme y la abraza hasta que el miedo desaparece.

Pero mantener una doble vida tiene un precio. Entre rivales que acechan, secretos que amenazan con salir a la luz y una separación que pondrá a prueba todo lo que sienten, Kayla descubrirá que detrás del hielo arde algo mucho más intenso de lo que jamás imaginó.

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Episodio 17

Tres horas se sintieron como un parpadeo. La alarma del celular de Kayla sonó estrepitosamente, obligando a su conciencia a regresar de aquel breve sueño. Kayla no tuvo más remedio que levantarse, y al hacerlo sintió un peso en la cintura. Cuando volteó a un lado, encontró el brazo robusto de Arturo aún rodeando su cuerpo.

Arturo despertó justo cuando Kayla se movió. No soltó su abrazo de inmediato; al contrario, la estrechó un instante antes de finalmente incorporarse con un rostro que parecía fresco, como si no acabara de estar despierto toda la noche.

—Levántate, date un baño con agua caliente para que tus músculos no se agarroten. Te espero en la mesa en diez minutos —dijo Arturo, volviendo a su habitual modo de mando.

Al llegar al hospital, el ambiente volvió a ser ajetreado. Pero algo era diferente: Kayla ya no caminaba con la cabeza agachada. Aunque todavía había murmullos, se mantuvo erguida al lado de Arturo durante el reporte matutino.

—Hoy hay una craneotomía programada para el paciente con tumor cerebral que se había pospuesto. Kayla, usted sigue como primera asistente. No vuelva a causar problemas —dijo Arturo frente a todo el equipo de neurocirugía.

Jimena, que estaba de pie en la fila de atrás, le mostró un puño cerrado en señal de ánimo, mientras Kayla solo asintió con firmeza.

Dentro del quirófano, el ambiente volvió a ser frío y silencioso. Arturo trabajaba con el microscopio quirúrgico mientras Kayla se concentraba en la aspiración y en asistir con la navegación de los instrumentos.

Esta vez no hubo manos temblorosas. Los consejos de Arturo la noche anterior y la práctica de sutura en urgencias a las dos de la madrugada parecían haberse grabado en la memoria muscular de sus manos.

Pasaron cuatro horas y la operación fue declarada exitosa. Mientras se lavaban las manos en el lavabo quirúrgico, Arturo miró a Kayla desde detrás de su mascarilla, que ya se había bajado.

—Buen trabajo —dijo Arturo escuetamente, y se fue dejando a Kayla.

Solo dos palabras, pero para Kayla valían más que cualquier trofeo. —Bien hecho, Kayla. Eres genial, conseguiste un elogio del Dr. Hielo —murmuró Kayla, llena de orgullo por sí misma.

El breve elogio de Arturo hizo que el ánimo de Kayla estuviera por las nubes el resto del día. Mientras organizaba unos expedientes en la estación de enfermería, un interno llamado William se le acercó. William era conocido por ser bastante amable y solía ser el favorito entre las enfermeras por su rostro atractivo.

—Kayla, eres increíble. Escuché de Jimena que recibiste un elogio directo del doctor Arturo. Eso es rarísimo —dijo William mientras le ofrecía una lata de café frío a Kayla.

—Eh, sí, Will. Fue solo casualidad, hoy todo salió bien —respondió Kayla.

—¿Tienes más turnos después de esto? Si no, vamos juntos a la cafetería. Quiero preguntarte sobre la técnica de aspiración que usaste hoy —la invitó William con un tono bastante cercano, e incluso le tocó el hombro brevemente.

Sin que ellos lo notaran, Arturo estaba de pie no muy lejos de ahí. Sus ojos se entrecerraron con agudeza al ver la mano de William posándose sobre el hombro de su esposa. El aura alrededor de Arturo cayó drásticamente, más fría que de costumbre.

—Interno William —la voz de barítono de Arturo interrumpió la escena, haciendo que William se sobresaltara y retirara la mano de inmediato.

—¿S-sí, doctor Arturo? —respondió William.

Arturo se acercó con las manos en los bolsillos de su bata blanca y miró a William como si el interno fuera una bacteria que necesitaba ser eliminada. —Parece que usted tiene mucho tiempo libre como para andar relajándose por aquí.

—Disculpe, doctor. Acabo de terminar la observación en la sala —respondió William, nervioso.

Arturo resopló levemente. —En ese caso, parece que necesita más desafíos. El doctor Fabián acaba de reportar que hay una pila de expedientes médicos de los últimos cinco años que necesitan ser digitalizados. Considero que usted es la persona indicada para hacerlo. Los expedientes están en el archivo del sótano.

—Pero, doctor, son miles... —la frase de William fue cortada por Arturo.

—¿Algún problema? —preguntó Arturo con una ceja levantada y una mirada sumamente intimidante.

—N-no, doctor. Entendido —dijo William con resignación.

William miró a Kayla con expresión de auxilio y luego se apresuró hacia el archivo, aquel lugar frío y aburrido.

Kayla, que presenció todo, solo pudo quedarse boquiabierta. Después de que William se fue, Arturo dirigió su mirada a Kayla.

—Y usted, no acepte regalos de cualquiera. No sabemos si ese café ya estaba vencido o no. Vaya a mi oficina, hay bibliografía que debe resumir —dijo Arturo.

—Pero si está recién comprado, doctor —replicó Kayla.

Arturo no respondió; solo se dio la vuelta y se alejó. Pero en su interior, se sentía satisfecho por haber logrado alejar aquella molestia. Arturo no permitiría que nadie tocara lo que era suyo, ni siquiera con la excusa de una discusión médica.

La calma en el pasillo del hospital se esfumó de golpe cuando la alarma de Código Azul retumbó por todo el edificio, seguida del aullar de sirenas de ambulancia frente a la entrada de urgencias.

La noticia se propagó rápidamente: hubo un choque múltiple en la autopista que dejó decenas de víctimas fatales y heridos graves. Arturo, que hacía un momento estaba a punto de interrogar a Kayla en su oficina, giró sobre sus pasos de inmediato.

Su expresión cambió por completo: la mandíbula se endureció y sus ojos irradiaron una concentración letal. —¡Kayla, olvide la bibliografía, acompáñeme a urgencias ahora! —ordenó Arturo sin voltear.

Al llegar, urgencias ya parecía un campo de batalla. El olor metálico de la sangre impregnaba el aire, las enfermeras corrían de un lado a otro y los gritos de dolor se escuchaban por todas partes.

—¡Doctor Arturo! ¡Paciente en cama 3 con traumatismo craneoencefálico grave, Glasgow 5, pupila anisocórica! —gritó un residente.

Arturo se lanzó de inmediato hacia el paciente y realizó una evaluación relámpago con movimientos sumamente eficientes. —¡Preparen manitol! Tenemos que hacer una descompresión de inmediato. ¡Kayla, coloque el monitor y ayude con la intubación, rápido! —ordenó Arturo.

Kayla se quedó paralizada un instante al ver tanta sangre, pero el grito de Arturo la devolvió a la realidad. —¡No se quede ahí parada! ¡Este paciente no tiene tiempo para esperar a que usted esté lista! —le espetó Arturo.

Kayla reaccionó de inmediato. Dejó de lado su aprensión y se concentró en las instrucciones de Arturo. Durante horas quedaron atrapados en el torbellino de la emergencia. Arturo se veía sumamente ocupado, yendo de un paciente a otro, dando instrucciones rápidas, realizando procedimientos de urgencia y suturando heridas abiertas.

En medio del caos, Kayla se robó una mirada hacia su esposo. La bata blanca de Arturo ya estaba cubierta de manchas de sangre y sudor; su cabello, habitualmente impecable, estaba revuelto. Sin embargo, a los ojos de Kayla, Arturo se veía fascinante con aquella dedicación sin límites por salvar vidas.

Mientras Arturo suturaba una herida en el brazo de un paciente, el sudor le escurría desde la frente hasta casi entrarle en los ojos. Como tenía guantes quirúrgicos estériles puestos, no podía limpiárselo.

Arturo gruñó levemente porque la vista se le nublaba. Kayla, que acababa de terminar de colocar un suero en la cama de al lado y vio aquello, sin pensarlo dos veces tomó un pañuelo limpio y se acercó.

—Quédese quieto un momento, doctor —susurró Kayla en voz baja.

Kayla secó el sudor de la frente y las sienes de Arturo con suma delicadeza. Aquel gesto hizo que Arturo se detuviera en la sutura durante dos segundos.

Arturo miró a Kayla a los ojos desde detrás de su mascarilla. Hubo un destello extraño en aquellos ojos fríos, algo más cálido de lo habitual.

—Gracias —murmuró Arturo tan bajo que apenas se oyó entre el bullicio de urgencias, antes de volver a concentrarse en la sutura.

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Continuará…

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