Esta es la historia de Alejo, quien acaba de perder al amor de su vida.
Con el corazón roto, intenta comprender cómo seguir adelante cuando Santiago, la persona con la que imaginó compartir sus días, ya no está.
NovelToon tiene autorización de Benjamín J. Gohega para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Te crucé en el colectivo.
Tres días atrás habías estado en mi casa. Hacía meses que habías dejado la universidad. Estabas muy convencido de que no era lo tuyo. Tu relación no iba bien y creo que eso también te afectaba. Te lo dije, pero me lo negabas una y otra vez.
Era una situación complicada la tuya. Tu noviazgo venía desde el comienzo de tu adolescencia: había sido tu primera novia, tu primera relación sexual. Que se querían no había duda, pero se hacían mucho daño a veces. Y ninguno de los dos se daba cuenta, lamentablemente.
Vos siempre esperabas a que ella te dejara para correr a mis brazos buscando consuelo. Y ahí estaba yo, entrando de nuevo en ese ciclo interminable en el que llevábamos ya unos años, estancados. Normalmente venías y llorabas el primer día, te quedabas a dormir y al otro ya estabas un poco mejor. Te la pasabas horas, y hasta días, pidiéndole que vuelva con vos, que vuelvan a estar juntos.
Y yo, como un espectador viendo toda la obra de teatro, mudo, sin decir nada.
Cuando ya veías que ella no te respondía, o te decía su típica frase (que te dijo tantas veces que perdí la cuenta): “Dejate de joder, nunca más nos vamos a volver a ver. Suerte, seguí con tu vida, Santiago”,
recién ahí dabas el brazo a torcer y retomábamos lo nuestro. Aunque no sé si para ese entonces existía “lo nuestro”.
Pasábamos mucho tiempo en mi casa, pero cuando venían los chicos de la universidad te ibas y llegabas más tarde, ya que nadie sabía de lo nuestro y vos tampoco tenías ganas de contarles.
Muchas veces pensé que, si hubiera sabido cómo sería la relación desde el comienzo, ni siquiera te hubiera pagado el pasaje de colectivo. Creo que ni te hubiera mirado. Porque, a pesar de que la pasábamos bien y que el tiempo compartido era lo mejor, siempre terminabas arreglándote con tu novia y me “pausabas” en tu vida. Ya no venías ni hablábamos cuando pasaba eso.
Y como habías dejado la universidad, no te veía hasta tu próxima ruptura.
Era una tarde soleada, preciosa, de esas que la vida te regala después de un frío y mojado invierno. El suelo aún estaba húmedo, pero todo brillaba particularmente hermoso con los rayos del sol primaveral de septiembre.
Iba sentado casi en el último asiento del colectivo pensando en vos y, de repente, ahí estabas, frente a mí. Incómodos, no supimos si darnos la mano, chocar puños o darnos un abrazo. Solo dijimos “hola”, de la manera más torpe posible.
Hacía meses que no nos veíamos. Pero no venías solo. Estabas con tu novia, que venía atrás tuyo. Así que no dije nada. Ella me saludó de mala gana y yo me quedé paralizado. No por lo que vi, sino por saber que no habías tenido el coraje de contarme.
Estaban esperando un bebé. Y su panza ya se notaba.
Por eso era que te habías perdido. Ahora entendía mejor. Recién me empezaba a dar cuenta.
Me puse los auriculares y seguí escuchando mi música, indiferente, como queriendo demostrarte que ya te había superado. Me repetía a mí mismo que era el final, que ya no éramos jóvenes. Contenía mis ganas de llorar hasta que empezó a sonar "The Scientist" de Coldplay, y las primeras lágrimas comenzaron a caer por mis mejillas.
Me tapé un poco el rostro y toqué el timbre para bajar. Aún faltaban decenas de cuadras para bajarme, pero ya no quería seguir en el mismo colectivo. No podía. Y tampoco quería que me veas llorar.
Ni bien bajé, me senté adentro de la garita, en la parada del colectivo, y lloré. Lloré como un niño. No porque ibas a ser papá, sino porque no me lo habías dicho. Y, en el fondo, porque sabía que conmigo era imposible que tengas esa familia, esa que tanto decías de joven que querías tener.
De repente se largó a llover. Me paré y comencé a caminar a mi casa bajo la lluvia de primavera. Internamente sentía que me aliviaba el alma. Esa lluvia era lo que necesitaba.
Decidí seguir con mis estudios. Solo eso. Nada de amores a medias. Nada de Santiago, nada de vos. Nada de tus interminables separaciones. Ya era un punto final a toda esta locura.
Llegué a mi casa y lo primero que hice fue ir al baño y tirar tu cepillo de dientes a la basura. Ese cepillo que te había comprado para que tengas cuando te quedabas a dormir en mi departamento. Ya no te ibas a volver a quedar. Ya no te lo iba a permitir.
Me fui hasta el kiosco y me compré unas latas de cerveza. Ya en el comedor de mi casa puse música y me senté solo a pensar en todo lo que había pasado, en mi reacción, en tu cara cuando me viste.
Necesitaba hablar con alguien. Llamé a Ciro, que en ese entonces cursaba en la universidad conmigo. Ya habíamos ido a cenar varias veces, también a bailar, porque compartíamos el mismo grupo de amigos. Y él era el único “amigo gay”, por así decirlo, que tenía.
Esa noche, ni bien llegó, le conté todo. Ya no me aguantaba. Le pedí disculpas por no haber compartido todo eso antes. Él siempre dudó de la amistad que tenía con vos, pero no podía decirle nada.
—¿No será que Santy necesita un empujón? Siempre que lo veo está mirándote con unos ojos de amor —me decía Ciro, entre otras cosas, siempre dudando de tus intenciones.
Y yo siempre negaba con la cabeza, totalmente sonrojado.
Antes de esa noche no podía contar nada. Santiago me había hecho prometer desde un principio que nunca diría nada, ya que él era heterosexual y, a veces, tenía novia, y otras me tenía a mí. Ya ni recuerdo la cantidad de veces que se separaron y volvieron.
Pero conmigo ahora iba a ser diferente.
Yo no pensaba volver a verlo.
No esta vez.
No.