Una joven inocente a muerto, pero, lo inimaginable ha sucedido; un alma proveniente de otra época, ha reencarnado en su cuerpo, Victoria fue una reina tirana, que gobernó con firmeza y conquisto reinos sin titubear, ahora, para sobrevivir, tendrá que convertirse en la reina de la mafia.
Pero, en su camino se cruzara con Alexey, un líder mafioso a quien no se verá como un digno rival, si no que también, podrías ser su aliado más poderoso.
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Capítulo 4: Negociación a Mano Armada
El penthouse de Alexey Volkov se alzaba en el piso cincuenta del rascacielos más moderno del distrito financiero. Desde sus ventanales de suelo a techo se contemplaba el mar de luces de la metrópoli, una selva de concreto que el magnate consideraba su feudo privado. Sin embargo, esa noche, la paz del despacho del capo mafioso estaba interrumpida por el sonido de las gasas al ser rasgadas y el olor a yodo antiseptico.
Alexey permanecía sentado con el torso desnudo, revelando una musculatura esculpida en años de entrenamiento militar y batallas callejeras, surcada por cicatrices de bala y hoja. El médico privado de la organización terminaba de saturar la profunda herida que la daga de Victoria le había infligido en el hombro.
—La hoja no tocó la arteria por milímetros, Señor Volkov —comentó el médico, limpiándose las manos con un paño—. Quienquiera que le haya clavado este bronce, sabía exactamente cómo infligir el máximo dolor sin matar a la víctima de inmediato.
—Se llama precisión —murmuró Alexey, apretando la mandíbula mientras la aguja atravesaba su piel. En lugar de rabia, sus ojos grises reflejaban un brillo ardiente, casi salvaje—. Y la mujer que lo hizo no es una novata.
En ese momento, las puertas de cristal blindado del piso privado se abrieron. Los guardias de la entrada no tuvieron tiempo de dar la alarma. Victoria entró en la estancia con la misma calma soberbia de siempre, vistiendo un abrigo largo de piel de visón sobre su traje negro, sosteniendo una carpeta de documentos bajo el brazo. Los escoltas personales de Alexey desenfundaron sus armas de inmediato, rodeándola en un semicírculo táctico.
Alexey hizo una señal con la mano para que el médico se retirara y se puso de pie sin molestarse en cubrirse el torso sangrante.
—Entrar en mi casa sin invitación suele ser un billete de ida al fondo del puerto, preciosa —dijo Alexey, caminando hacia la barra de licores con paso firme y sirviéndose dos vasos de vodka puro.
—Tus sistemas de seguridad son una ofensa a la ingeniería moderna —replicó Victoria, caminando hacia el centro del salón y arrojando la carpeta sobre la mesa de cristal—. Tus guardias se distraen demasiado fácil cuando se les nubla la vista con un poco de presión en las carótidas. He venido a regularizar nuestro acuerdo.
Alexey tomó los dos vasos, se acercó a ella y le extendió uno. Victoria lo aceptó, sosteniendo la mirada del capo con una altivez intacta.
—¿Qué acuerdo? —inquirió Alexey, acortando la distancia entre ambos hasta que el calor de su cuerpo rozó el vestido de la joven—. Que yo sepa, irrumpiste en mi casino, ejecutaste a mi gerente, te quedaste con mis ingresos y me clavaste un metal en el hombro. Eso en mi mundo no es un acuerdo, es una declaración de guerra.
—Es una reestructuración de la propiedad —corrigió ella, dando un trago corto al vodka sin pestañear—. Esos documentos son las escrituras de transferencia de los muelles del sector sur, los cuales acabo de arrebatarle a mi familia esta misma noche. Te entrego el control del tráfico de carga en ese puerto a cambio de que tus hombres no interfieran con la red de casinos que voy a levantar en el centro.
Alexey soltó una risa baja, un sonido grave que hizo vibrar el aire entre ellos. Dejó su vaso sobre la mesa, dio un paso adelante y sujetó a Victoria por la cintura con un brazo de hierro, pegándola brutalmente contra su pecho desnudo.
—Crees que puedes negociar conmigo como si fueras un diplomático de un imperio —susurró él, apretando el agarre hasta que Victoria sintió el pulso acelerado del gigante contra sus costillas—. Te equivocas, muñeca. En esta ciudad, el único rey soy yo. Si quieres esos muelles, vas a tener que ganártelos de una forma muy diferente.
Victoria no intentó zafarse. En lugar de eso, levantó la mano libre y le clavó las uñas directamente en la herida recién suturada de su hombro, aplicando una presión despiadada.
Alexey ahogó un rugido de dolor, pero en lugar de soltarla, apretó los dientes, sonrió con ferocidad y le sujetó la nuca con la otra mano, estampando sus labios contra los de ella en un beso lleno de violencia, posesión y un deseo desenfrenado. El sabor del vodka y la sangre seca de ambos se mezcló de nuevo en sus bocas. Victoria respondió al ataque mordiéndole el labio superior con furia, mientras usaba la otra mano para estrellar su vaso de cristal contra el costado de Alexey.
El cristal se rompió en mil pedazos, cortando la piel del magnate, pero ninguno de los dos cedió. Rodaron sobre la mesa de cristal, destrozando la estructura mientras se propinaban golpes, llaves de contención y besos salvajes que sofocaban los gruñidos de dolor. Era un combate de dos depredadores que se negaban a someterse, donde cada caricia era una puñalada y cada beso una victoria temporal sobre el ego del otro.
Cuando finalmente se separaron, agitados y sangrando sobre los restos del cristal roto en el suelo del penthouse, Alexey estaba sobre ella, sujetándole las dos muñecas contra el suelo, mientras Victoria lo miraba desde abajo con unos ojos dorados encendidos de triunfo.
—Acepto el trato de los muelles —jadeó Alexey, con la cara manchada de sangre propia y ajena, pero con una sonrisa de absoluta fascinación—. Pero cada semana vendré a cobrarme los dividendos en persona... y de esta misma forma.
—Inténtalo, bárbaro —respondió Victoria, dándole un frentazo directo en la nariz que lo hizo retroceder entre risas mientras ella se incorporaba con una elegancia intacta.