Algunas almas necesitan más de una vida para encontrarse...
Algunas promesas sobreviven al tiempo.
Algunas heridas nunca terminan de cerrar.
Y algunas maldiciones esperan pacientemente el momento de cumplirse.
Gideon Huxley lleva más de un siglo viviendo bajo el peso de un pasado que se niega a desaparecer.
Hasta que un encuentro fortuito despierta en él un recuerdo que creía perdido para siempre.
Porque quizá el destino no se haya equivocado de camino.
Quizá simplemente haya esperado cien años para volver a encontrarlos.
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Mentiras Piadosas
Luego de salir de la estación de policía, Charlotte y Beltrán regresaron a la mansión. Él había tenido que suspender una reunión crucial en la corporación, pero no podía dejarla sola en ese estado de alteración. Gideon, por su parte, ya había sido notificado del incidente y venía en camino hacia la propiedad.
—¿Por qué saliste sola, cariño? —preguntó Beltrán mientras subía las escaleras hacia la sala de estar.
—Lo siento, sí... —Charlotte dudó, carcomida por los nervios, sin saber cómo confesarle lo del detective privado—. Yo... yo tenía un asunto personal que atender y...
—¿Qué me estás ocultando, Charlie? —Beltrán arrastró las palabras, deteniendo el paso para mirarla fijamente—. Si no me lo dices ahora, iré yo mismo luego a investigar.
Charlotte suspiró profundamente, sabiendo que no tenía escapatoria frente a su prometido. Con la voz baja, terminó por confesarle que había interceptado al detective Sanz antes de que pudiera ver a Gideon, revelándole el trato secreto del doble pago y todo lo que había sucedido después con el robo del bolso.
Beltrán la escuchó en silencio, frotándose las sienes con incredulidad.
—¿Y de verdad confías en la información de alguien que acepta venderle información a otra persona a espaldas de quien lo contrató primero?
—Bueno... No había pensado en ello de esa manera —murmuró Charlotte, bajando la mirada de forma culpable.
—Cariño, sabes perfectamente lo importante que es para Gideon el paradero de ese medallón.
—Lo sé, no quise interferir en lo de la reliquia... —se defendió ella con un hilo de voz—. Solo quería proteger a Elara. No quería que mi abuelo anduviera husmeando e invadiendo la privacidad de su vida.
Beltrán se acercó a ella y la envolvió en un abrazo cálido y reconfortante. Comprendía perfectamente sus motivos; Charlotte le había tomado un cariño genuino y sorprendentemente rápido a la modista. Acostumbrada a que las personas se acercaran a ella por interés, aquella amistad sencilla y desinteresada significaba mucho más de lo que estaba dispuesta a admitir.
En ese preciso instante, las pesadas puertas de la entrada se abrieron de golpe de par en par. Gideon ingresó al salón a paso rápido, con el rostro desencajado por la tensión y la preocupación evidente en sus intensos ojos azules.
—¡Charlie! —exclamó con su voz profunda, acortando la distancia de inmediato hacia ellos.
Beltrán se hizo a un lado de inmediato, permitiéndoles un momento a solas. Gideon lo primero que hizo fue revisar meticulosamente que Charlotte estuviera sana y salva mientras la envolvía en un abrazo tenso, para luego apartarse un par de centímetros y hablar con severidad.
—¿Qué fue lo que pasó? ¿Te encuentras bien?
—Estoy bien, no te preocupes. Solo fue un susto —respondió ella, intentando calmar los temblores de sus manos.
—¿Por qué saliste a la calle sin el chófer de la familia? —exigió saber él, de nuevo estaba siendo regañada como si fuera una adolescente.
—Quería darme una sorpresa, ya sabes... —Beltrán intervino de inmediato, dando un paso al frente para inventar una excusa creíble—. Cosas de novios, Gideon.
—Está bien, entendí —lo cortó Gideon de inmediato, levantando una mano para detener los detalles, aunque sus intensos ojos azules seguían fijos en su nieta—. Pero no deberías haber salido sola, Charlotte, por más sorpresas o juegos que tengan entre ustedes. La ciudad no es segura.
—Sí, ahora lo sé... —respondió Charlotte en un susurro, mirando a su prometido con una profunda gratitud en los ojos por no haberla delatado frente a su abuelo.
...
Al día siguiente, antes de dirigirse al taller, Elara emprendió el camino hacia el exclusivo restaurante para su encuentro con Regina Campbell.
Llevaba consigo el vestido, el cual ya estaba completamente terminado, pero quería comprobar personalmente si necesitaba algún ajuste de último momento o si encajaba a la perfección en la silueta de la distinguida dueña del establecimiento. Con el portatrajes de alta costura protegido entre sus manos, cruzó la entrada dispuesta a concentrarse en su trabajo.
—Buenos días, señorita Davis. Perdona por hacerte venir tan temprano.
—No se preocupe, señora Campbell. Lo entiendo perfectamente. No nos llevará mucho tiempo.
—Gracias, querida. Es que solo tengo media hora antes de recibir a unos exclusivos clientes marroquíes.
—Entonces, comencemos de inmediato.
Regina sonrió y la guio hacia su oficina personal. Minutos después, tras cambiarse en el cuarto de baño del mismo despacho, regresó a la habitación principal.
—¿Cómo me veo? —preguntó Regina, acercándose a un espejo que, aunque no era de cuerpo entero, le permitía apreciar el diseño.
—Se ve espectacular, señora Campbell.
—Ay, dime solo Regina, por favor; me haces sentir demasiado vieja —bromeó ella con elegancia.
—Lo siento, es la costumbre.
—Eres tan educada... —murmuró Regina, contemplando su propio reflejo. El color azul Francia resaltaba su piel blanca y sus ojos, mientras que el cintillo de pedrería fina en la cintura completaba el diseño de manera magistral—. Es hermoso, mucho más de lo que me hubiera imaginado. Sus manos son sumamente hábiles, Elara. No puedo creer que haya entendido a la perfección cada una de mis especificaciones.
—Ese es mi trabajo, señora... Regina: capturar la esencia de lo que busca y complacer al cliente.
Regina volvió al cuarto de baño para cambiarse y, tras unos minutos, regresó luciendo su ropa habitual.
—Hablaremos luego para completar el pago y coordinar otro pedido que tengo en mente. Por lo pronto, puedes quedarte a desayunar; yo invito.
—Gracias, se... Regina, pero debo regresar de inmediato al taller —se disculpó Elara con amabilidad.
—Ya me comuniqué con Diora, así que me ofendere si te vas —replicó ella con una sonrisa astuta.
Elara sonrió y asintió de buena gana. Sabiendo que Diora había dado su consentimiento, Ella terminó aceptando el generoso gesto.
—Gracias, Regina.
Regina tomó al intercomunicador de su escritorio y llamó a su asistente.
—Rose, lleva a la señorita Davis a la terraza y sírvele uno de nuestros desayunos especiales. —le indicó a la joven, quien asintió de inmediato. Luego, se dirigió de nuevo a la modista—: Nos vemos luego, querida. Disfruta.
Elara asintió inclinando la cabeza con cortesía y siguió a la asistente hacia el exterior, soltando un suave suspiro en el camino. Mientras caminaba, no podía evitar pensar, con divertida preocupación, cómo se las arreglaría ella sola para terminar un desayuno de semejante categoría.
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