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Saga Amor

Saga Amor

Status: En proceso
Genre:Maltrato Emocional / Comedia / Acción / Fantasía LGBT / Completas
Popularitas:169
Nilai: 5
nombre de autor: Ecos Del Infierno

holis buenas como están espero que estén bien y si no entren a leer y en breve lo estarán los amo❤️
les quería comentar que está saga contará con diferentes temporadas la cual cada una sería un tomo iré actualizando y demás conforme vaya escribiendo ❤️

NovelToon tiene autorización de Ecos Del Infierno para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 7 – La noche de las chiques

—¡Ay, te juro que pensé que el lugar era un antro lleno de humo, pero es hermoso! —les digo, con los ojos brillando, apenas entro al departamento de las chicas, donde siempre nos juntamos.

Emily y Sofía ya están en pijama. Yo todavía con el uniforme del Refugio, y un tufo a porro y café que, la verdad, me hace sentir orgulloso.

—¿Así que sobreviviste al primer día? —pregunta Emily, levantando una ceja con esa media sonrisa de sarcasmo que le sale natural.

—Sobreviví y me dieron de merendar tostadas con mermelada casera. ¿Vos en tu trabajo te dan eso? —le contesto, tirándome en el sillón entre ellas.

Sofía ríe mientras me pasa una lata de cerveza.

—A ver, contá todo. Absolutamente todo.

Les describo el cartel, el olor a incienso, Tato con su sonrisa tranquila, Clara con sus rulos de fuego, Isaías con la gorra mal puesta. Les hablo del bizcochuelo mágico, la señora de las plumas, el latte lunar, y cómo la música bajita se mezcla con los murmullos de la gente que parece haberse encontrado ahí de casualidad… pero no.

—Es un lugar cálido, ¿entendés? Como si te abrazara sin decir nada.

Emily me mira en silencio unos segundos. Después dice:

—Me encanta verte hablar así.

Y Sofía, con los ojos brillosos, agrega:

—Yo también siento que este trabajo es lo primero que realmente te abraza.

—Lo es —respondo bajito—. Es el primer lugar donde no tengo que explicarme. Donde ser Roma no es raro.

Las dos me abrazan. Yo respiro hondo. No sé si quiero llorar o reír, pero hago ambas cosas en silencio.

—Ah, y escuchá esto —digo mientras me separo—: el Refugio abre viernes, sábado y domingo toda la noche. Si el sábado quieren ir, están más que invitadas.

—¡Obvio que vamos! —dice Sofía.

—¿Pero tienen alcohol o es solo un nido de hippies con café de lavanda? —pregunta Emily, divertida.

—Tienen alcohol. Les van a encantar los tragos. Hay uno que se llama “Lucidez en reversa”: media copa de vino tinto con cereza y algo más… que después te olvidás cómo se pronuncia.

Sofía aplaude.

—¡Noche de chiques, entonces!

Nos reímos les tres. Como antes, cuando todo era más pesado y la tristeza era el único idioma. Ahora, de a poco, empezamos a aprender el de la esperanza.

La noche se alarga con pizza casera, música suave y confesiones absurdas. Emily sueña con un piercing nuevo, Sofía con tatuarse la luna entera en la espalda, y yo… yo les digo que por primera vez tengo miedo de estar bien.

—No tengas miedo —me dice Emily—. Lo bueno también se puede acostumbrar.

Sofía me toma la mano.

—Y si alguna vez se pone feo otra vez, acá vamos a estar.

—Las amo, chicas.

Y así termina la noche. No con un brindis ni con risas estruendosas, sino con ese silencio cómodo que solo existe entre quienes se quieren de verdad.

---

El sábado cae lento, pero yo ya estoy despierto desde temprano. El cuerpo todavía se acostumbra a este nuevo ritmo. Me miro al espejo y por un segundo no me reconozco. Hay algo en mi cara que no está tan apagado. Como si de a poco volviera a encenderse una chispa.

Me ato el delantal del bar y salgo rumbo a mi segundo turno.

El Refugio ya tiene vida cuando llego: olor a café, pan calentito y algo familiar. Clara me saluda con una sonrisa y un abrazo breve.

—¿Listo para otro sábado?

—Listo —respondo.

Las horas pasan entre pedidos, música bajita y conversaciones cruzadas que me calman. Me gusta observar a la gente: algunos vienen solos, otros en grupo. Una pareja mayor comparte un porro y una lágrima con dos medialunas. Nadie se apura. Nadie molesta.

Ya son casi las diez cuando las veo entrar. Emily con un top negro y camperita de jean; Sofía con pantalón tiro alto y remera simple, pero con un brillo en la mirada que hace que todo parezca más lindo. Se sientan en la barra, justo frente a mí.

—¿Qué van a tomar, señoritas? —pregunto con tono exagerado de mozo.

—Lo que recomiende la casa —dice Sofía.

—Y algo que nos haga reír —agrega Emily.

Les preparo tragos suaves y coloridos, y Clara me deja armar una picada “por cuenta de la casa”. Todos parecen entender que ellas son importantes para mí, sin que yo lo diga.

Entre mesa y mesa, charlamos.

—Me alegra mucho verte así —dice Emily, bajito—. No como si todo estuviera perfecto, pero presente.

—Sí —agrega Sofía—. Antes estabas en piloto automático. Ahora tenés luz en los ojos.

No sé qué responder. Asiento. Es raro que alguien vea eso en mí.

—Es… un refugio —les digo—. No solo por el nombre. Es el primer lugar donde no tengo que esconder nada. Me llaman por mi nombre sin problema. Nadie me pregunta si soy o no soy. Solo me ven.

—¿Y te vas a quedar acá mucho tiempo? —pregunta Emily.

—No lo sé. Pero me gustaría. Es el primer lugar donde me siento parte sin esforzarme en encajar.

Clara se acerca con su buena onda.

—¿Estas dos son tus famosas amigas?

—Sí —respondo, orgulloso—. Emily y Sofía, las que me bancaron cuando ni yo me bancaba.

—Encantada —dice Clara—. Roma habla de ustedes como si fueran sus hermanas del alma.

La noche avanza entre risas, tragos y charlas profundas. Clara pone música bajita, y todo se vuelve como una escena de película: luces tenues, murmullos suaves, un murmullo que abriga.

Antes de irse, Emily me abraza largo.

—Gracias por compartir este pedacito de tu nueva vida con nosotras.

—Gracias a ustedes por hacerlo posible —respondo.

Sofía se suma al abrazo y me susurra:

—Te merecés todo lo lindo que venga. Aunque te cueste creerlo.

Y por un segundo, sí lo creo.

Las veo salir por la puerta del bar, caminando juntas, riéndose de algo que no escucho. Me quedo detrás de la barra, respirando hondo.

No necesito más. Esta noche fue suficiente.

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