Renata necesitaba dinero para proteger a su hermana menor, Julián necesitaba redimir a su familia, honrar la memoria del único hombre que creyó en él y salvar a la mujer de la que siempre estuvo enamorado en silencio.
La solución parecía sencilla, firmar un contrato, donde la única condición era no involucrar los sentimientos. Sin embargo, en un juego donde las deudas se saldan con caricias y el pasado esconde un fraude imperdonable, la única forma de sobrevivir al deseo será rompiendo sus propias reglas.
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Capítulo 4: Tiburones en la tormenta
La situación era asfixiante, pero lo más repugnante no era la ruina inminente, sino la actitud de los antiguos amigos y socios de su padre. Hombres que la habían visto crecer y que ahora al verla desprotegida, la observaban con una lujuria mal disimulada, a pesar de que ella estaba al borde del abismo y rozando la quiebra, Renata Lozano jamás se convertiría en la amante de nadie.
Al día siguiente al llegar a la empresa, sintió el peso de las miradas una mezcla entre lástima y rencor silencioso por parte de los empleados, ellos veían tambalear su único medio de subsistencia y, de manera injusta, la culpaban a ella, ignorando que también era una víctima de la tragedia.
Renata caminó con el mentón en alto hasta el despacho de su padre, y sobre el imponente escritorio de caoba se amontonaban las carpetas con la contabilidad de la empresa, las demandas de embargo y la lista interminable de proveedores descontentos.
En la sala contigua la esperaban tres hombres: el doctor Salazar, el abogado corporativo de la familia; el señor Valdés, uno de los proveedores principales de materia prima; y el señor Osorio, un antiguo socio de su padre que se había presentado sin invitación con la excusa de “ofrecer sus condolencias y apoyo moral”.
Renata se ajustó su chaqueta, respiró hondo para disimular el nudo de angustia en la garganta y entró en la oficina con la cabeza en alto, y presionó el botón del intercomunicador para dar la orden a la secretaría.
—Hazlos pasar, por favor —ordenó a la secretaría con voz impecable.
Cuando la puerta se abrió, los tres hombres ocuparon el despacho y se acomodaron frente a ella.
—Buenas tardes, caballeros—dijo, tomando asiento detrás del escritorio.
Estaba muy nerviosa, por suerte el robusto mueble enorme, le servía de escudo.
—Renata, querida... —comenzó Osorio, acomodándose en el sillón frente a ella.
La mirada del hombre no se fijó en los documentos, sino en la curva de sus clavículas y el cansancio que reflejaba en su mirada.
—Estás demasiado joven para cargar con semejante peso, tu padre era un gran hombre, pero dejó esto hecho un verdadero caos, no tienes por qué pasar por esta humillación.
—Aprecio sus palabras, señor Osorio, pero el motivo de esta reunión es estrictamente operativo —interrumpió Renata con voz firme, extendiendo los brazos sobre los balances impresos—Abogado Salazar, ¿Cuál es el estado real del pasivo tras la liquidación del personal de la casa?
El doctor Salazar, un hombre maduro que, a diferencia de los otros dos, jamás la había mirado con lascivia ni falta de respeto, se limpió las gafas con un pañuelo, antes de responder con tono frío y profesional:
—Las cuentas corporativas están congeladas, señorita Lozano, si no se liquida la deuda con la empresa del señor Valdés antes del viernes, entraremos en concurso de acreedores, y el remate de activos será inevitable, eso incluye la casa familiar, los vehículos y sus cuentas personales.
Valdés cruzó los brazos sobre el pecho, luego soltó una risa seca y descortés.
—Mi empresa no es una organización de beneficencia, señorita Lozano. Entiendo su luto y que usted sea una estudiante de idiomas que no sabe nada de finanzas, pero mi gente tiene que cobrar. Si no hay dinero este viernes, la demanda seguirá su curso.
El silencio que se instaló en la habitación era muy pesado, Renata presionó los puños por debajo del escritorio para evitar que le temblaran las manos, conocía las palabras en francés, alemán e inglés, pero los números frente a ella hablaban un idioma hostil que amenazaba con dejarlas a ella y a su hermana en la calle.
Fue entonces cuando Osorio se inclinó hacia adelante, y a pesar de la mirada de reprobación del abogado Salazar, el hombre apoyó ambos codos sobre la madera pulida, entonces su sonrisa fingida se tornó turbia mientras bajaba el tono de voz a un susurro casi íntimo.
—Valdés está en lo cierto, Renata... Las deudas deben cubrirse, pero existen acuerdos privados fuera de la vía judicial. Yo puedo saldar el pasivo de Valdés esta misma noche, adquirir la cartera y congelar la orden de remate.
—¡Señor Osorio, exijo respeto! Este no es el espacio para propuestas fuera de las normas —protestó Salazar, alterado.
El abogado intentó mediar, pero la mirada punzante de Valdés le cortó el aliento, pese a que Salazar sabía que la propuesta del hombre rozaba en lo abusivo, el temor a ganarse un enemigo influyente en el gremio terminó por hacerlo callar.
— ¿A cambio de qué ofrecería su ayuda, señor Osorio? —Preguntó Renata con una mirada fría.
—Solo pido que seas sensata —contestó él, bajando el tono a un murmullo íntimo—Una mujer tan refinada y bella no tendría por qué desgastarse entre demandas y acreedores.
Seguro de tener la sartén por el mango, Osorio no disimuló su descaro, la recorrió despacio con los ojos, deteniéndose en sus labios y en el cansancio de su rostro con una superioridad que le provocó a Renata una profunda repulsión.
—Necesitas un protector. Alguien que gestione el desastre que dejó tu padre... y que se asegura de que a ti y a la frágil Emma no les falte nada. Podemos llegar a un arreglo privado, discreto. Un apartamento a tu nombre, por ejemplo.
— ¿De dónde sacas la certeza de que accedería a un chantaje así? —preguntó Renata, sin pestañear.
—Porque a cambio de un poco de tu atención y afecto, te aseguro una vida sin apuros económicos.
El abogado Salazar bajó la vista hacia sus documentos, soltando un suspiro cargado de impotencia, Valdés por su parte; se limitó a encogerse de hombros, indiferente a la transacción moral que presenciaba, al fin y al cabo, solo quería que le pagaran el monto adeudado.
Renata sintió un ardor en el pecho, pero no de miedo, sino de rabia, se puso de pie con lentitud, y a a pesar de estar devastada por el duelo, su postura emanaba una autoridad que hizo que Osorio borrara su sonrisa de golpe.
—Señor Valdés —dijo Renata, dirigiéndose únicamente al proveedor—El viernes a primera hora tendrá en su despacho el inventario de las obras de arte y las joyas de mi familia para cubrir el primer abono de la deuda. El doctor Salazar redactará el compromiso de pago en este mismo instante.
Luego, giró el rostro hacia Osorio con el ceño fruncido y la mirada encendida:
—Y en cuanto a usted, señor Osorio... Mi padre cometió muchos errores en los negocios, pero el peor de todos fue llamarlo amigo. Guarde su dinero y sus miserables intenciones, porque prefiero ver la casa familiar reducida a escombros y vender hasta el último de mis abrigos en una subasta pública antes de recibir un solo centavo de sus manos.
—Te vas a arrepentir, niña engreída —masculló Osorio, poniéndose de pie con el rostro encendido de humillación—Sin la empresa y sin tu padre no eres nada. En dos semanas estarás rogando por una salida.