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Una noche equivocada: el magnate se volvió adicto a mí

Una noche equivocada: el magnate se volvió adicto a mí

Status: Terminada
Genre:CEO / Aventura de una noche / Posesivo / Amor a primera vista / Elección equivocada / La mimada del jefe / Completas
Popularitas:2.8k
Nilai: 5
nombre de autor: Bella

Sofía Nieto reservó una habitación de hotel para entregarle su primera vez al novio con quien llevaba dos años.
Pero, en la oscuridad, terminó abrazando al hombre equivocado.
A la mañana siguiente despertó desnuda junto a Damián Godoy: un magnate diez años mayor que ella, dueño de un imperio empresarial y conocido en toda Ciudad Aurora como el Verdugo. Frío, dominante y peligrosamente poderoso, Damián estaba acostumbrado a conseguir todo lo que deseaba.
Y desde aquella noche, empezó a desearla a ella.
Sofía quiso olvidarlo y volver con su novio. Sin embargo, descubrió que él la había traicionado y acababa de casarse con la mujer que provocó el error del hotel. Como si eso no bastara, un accidente dejó a su padre al borde de la muerte y a su familia con una deuda de medio millón de pesos.
Damián pagó la deuda.
Pero no pensaba dejarla desaparecer después.
—Me debes medio millón, nena. Y pienso cobrarlo.
Sofía entra así en el mundo del hombre más temido de la ciudad: su empresa, su casa y una relación que debía terminar en cuanto la deuda quedara saldada.
Para Damián, ella solo sería un antojo pasajero.
Hasta que comenzó a ponerse celoso de cualquier hombre que la mirara.
Hasta que fue incapaz de dormir sin tenerla entre sus brazos.
Hasta que estuvo dispuesto a enfrentar a su familia, a sus enemigos y al mundo entero con tal de protegerla.
Pero Sofía no quiere cambiar una deuda por una jaula. Mientras lucha por construir una carrera, comprar su propia casa y dejar de vivir para los demás, deberá descubrir si Damián realmente la ama… o si solo desea poseerla.
Él creyó que terminaría cansándose de ella.
No sabía que aquella muchacha que entró por error en su cama acabaría convirtiéndose en su única debilidad.
En su antojo.
En su adicción más dulce.

NovelToon tiene autorización de Bella para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 4

Capítulo 4: El beso robado

Bajé mis pretensiones y me tragué el orgullo.

Después de semanas de mandar currículos y de que nadie me tomara en serio, entré a Velatech, al área de compras, con un contrato de prueba de cinco mil pesos al mes y la promesa de seis mil quinientos si me quedaba de planta. No era gran cosa. Pero tener adónde llegar en la mañana, un escritorio, un jefe que me pedía cotizaciones y no favores, me devolvió el piso que la noche del hotel me había quitado.

Por primera vez en mucho tiempo me sentí una persona normal. Una muchacha con trabajo, con novio, con una amiga que la esperaba en la casa. Casi me convencí de que lo de Damián Godoy había sido una pesadilla que ya se había ido con la mañana.

Casi.

Porque estaba Brenda.

Brenda Chávez se había vuelto una sombra pegada a Kevin y a mí. Se autoinvitaba a todo. Si íbamos a la fonda de antojitos de la esquina —esa de las quesadillas de flor de calabaza que a mí me encantaban—, ella aparecía como por arte de magia, se sentaba entre los dos y pedía por todos. Compraba dos aguas de jamaica: una para ella, otra para Kevin. A mí ni me preguntaba. Le daba a Kevin una brocheta que ella ya había mordido, así, con toda naturalidad, y él la aceptaba sin pensarlo, porque para él Brenda era como una hermana y las hermanas hacen esas cosas.

Yo me mordía la lengua. Alondra me había dicho, con esa calma suya de cirujana: no armes pancho, que la que arma pancho pierde. Y yo aguantaba. Contaba hasta diez, me metía una quesadilla a la boca para no hablar, me repetía que eran manías de amigos de la infancia y que yo era la novia, la de verdad, la que se quedaba.

Pero cada agua de jamaica que no era la mía me sabía a advertencia.

Hasta que una tarde, en el departamento de Kevin, se me acabó el aguante.

Me había quedado dormida una siesta en el sillón, cansada del trabajo. Cuando abrí los ojos, entre la neblina del sueño, vi a Brenda echada sobre Kevin, colgada de su cuello, riéndose, mientras la bola de cuates jugaba consola y nadie decía nada. Kevin la apartaba con desgano, como quien espanta una mosca. Sin fuerza. Sin molestarse.

Me levanté con el corazón hecho un puño.

—Kevin. —Mi voz salió más temblorosa de lo que hubiera querido—. Necesito que me digas una cosa. La novia o la mejor amiga. Escoge.

Se hizo un silencio de esos que pesan. Los cuates dejaron los controles.

—A ti, Sofi —dijo Kevin. Pero lo dijo con fastidio, rascándose la nuca, como quien contesta un examen que ya se sabe y le da flojera—. Obvio a ti. ¿Por qué haces esto delante de todos?

Obvio a ti. Y sin embargo Brenda seguía ahí, sin moverse, con una sonrisita.

Se me llenaron los ojos.

—No, Kevin. —Agarré mi bolsa—. Tú y yo no somos el uno para el otro. Si lo fuéramos, no tendría que estar peleando por mi lugar cada tres días.

Me fui. En el elevador bloqueé a Brenda de todos lados: WhatsApp, redes, todo. Pequeña victoria de trapo.

Duramos peleados tres días. Tres días en que él no me marcó y yo me mordí las uñas hasta dejármelas en carne viva, mirando el teléfono cada cinco minutos, ensayando mensajes que borraba antes de mandar. Hasta que, como siempre, fui yo la que cedió primero. Le mandé un mensaje tonto —"¿ya comiste?"— y él contestó al instante, aliviado, con un montón de emojis, y nos reconciliamos como si nada, como si yo no hubiera puesto sobre la mesa el corazón entero y él lo hubiera dejado ahí, enfriándose, tres días.

Siempre yo. Siempre la que da el brazo a torcer, la que marca primero, la que perdona.

Esa noche Alondra me miró recoger el teléfono con una cara que no me gustó.

—¿Ya le hablaste tú, verdad? —Ni levantó la vista del libro.

—Es que él es más orgulloso.

—No, Sofi. —Pasó una página—. Él es más cómodo. Que no es lo mismo. Un día de estos te vas a cansar de ser tú la que repara todo. Y ese día no va a haber mensaje que mandar.

Me metí a mi cuarto sin contestarle. Odiaba que tuviera razón antes de tiempo.

—————

Esa misma semana lo vi por primera vez desde el hotel.

Iba en el paradero, esperando el camión, cuando un auto negro, largo, silencioso, frenó justo frente a mí. La ventanilla bajó sola. Adentro, con un brazo apoyado en el volante y esa cara de piedra que yo conocía demasiado bien, estaba Damián Godoy.

—Sube —dijo. Ni "hola", ni "buenas". Una orden—. Te llevo.

El corazón se me fue a la garganta. Lo reconocí de inmediato, claro que lo reconocí. Pero hice lo único que se me ocurrió: miré hacia otro lado, como si no lo conociera, como si le hablara a una desconocida, y me trepé al primer camión que pasó aunque no fuera el mío. Me bajé tres cuadras después, con las piernas temblando, y caminé el resto.

No, no, no. Yo con ese hombre no quiero nada. Ni que me lleve, ni que me hable, ni que me mire.

Ingenua. Como siempre.

—————

La noche del cumpleaños de Brenda todo se juntó.

Ya reconciliada con Kevin, no me quedó de otra que ir a la fiesta —en un antro caro de una zona alta de Ciudad Aurora, con las luces bajas y la música golpeando en el pecho— porque no ir habría sido darle el gusto de verme ausente. Y ella lo sabía. Por eso me invitó tan dulce, tan "vente, Sofi, sin ti no es lo mismo", para tenerme ahí de espectadora de su reinado.

Aguanté como pude. Las horas, el humo, las risas de la bola de cuates, las miradas de Brenda vestida de gala midiéndome de arriba abajo, mi vestido de tianguis contra el suyo de boutique. Y sobre todo el brazo de Kevin, que se soltaba del mío cada vez que ella lo llamaba "Kevin, ven, ayúdame con el pastel", "Kevin, tómame una foto", "Kevin, esta canción es nuestra, ¿te acuerdas?". Yo asentía, sonreía, brindaba, y por dentro me iba haciendo chiquita.

A la medianoche ya no pude más. Salí a tomar aire, harta, con ganas de irme a mi casa, a mi cuarto, a no ver a nadie.

Afuera, recargado en el cofre de ese auto negro, con las manos en los bolsillos y el saco abierto, estaba él.

—Te ves cansada —dijo Damián.

—¿Me está siguiendo? —Se me heló todo.

—Casualidad. —Ni él se lo creyó—. Anda, te acomodo en el auto. No vas a agarrar taxi a esta hora sola.

Me abrió la puerta con una cortesía que era pura trampa. Y yo, tonta, con tal de escaparme de la fiesta, me subí. Él le dijo dos palabras al chofer, que bajó y se perdió en la esquina, y de pronto estábamos los dos solos en la penumbra del asiento trasero, con la música del antro apenas colándose por los vidrios.

—Deme un momento y me bajo —dije, buscando la manija.

No alcancé.

Su mano me tomó la barbilla, igual que aquella noche a oscuras, y me giró hacia él. Pero esta vez había luz suficiente para ver esos ojos negros fijos en mi boca, y no había ninguna confusión: él sabía perfectamente quién era yo, y yo sabía perfectamente quién era él.

—Suélteme —alcancé a decir.

Me besó.

No fue un beso. Fue una toma de posesión. Me sujetó la nuca con una mano y me besó hondo, con hambre, doblándome hacia atrás contra el asiento de piel, y por un segundo horrible mi cuerpo se acordó de aquella noche y respondió antes que mi cabeza. Me jaló hasta sentarme a horcajadas sobre sus piernas, con mi falda subida y su respiración caliente en mi cuello, y sentí sus dedos bajar por los botones de mi blusa hasta aflojar el primero, despacio, como una amenaza cumpliéndose.

—Vente conmigo —me dijo al oído, ronco—. Te pongo casa, te compro autos, te monto una empresa para que juegues a la señora directora. Lo que quieras. Nada más deja a ese muerto de hambre y vente.

El asco me devolvió la cabeza de golpe.

Cuando volvió a buscarme la boca, lo mordí. Le clavé los dientes en el labio inferior con toda la rabia que traía adentro, hasta que sentí en la lengua el sabor a metal de su sangre. Él se apartó de un tirón, sorprendido, con el labio partido y una gota roja resbalándole hacia la barbilla.

Yo tenía sangre en los labios también. La suya.

—No —dije, jadeando, con las manos temblando mientras me abrochaba la blusa—. No voy a ningún lado con usted. Y esto no se vuelve a repetir.

Esperé el golpe. La furia. El "el Verdugo" del que todos hablaban.

En cambio, Damián se pasó el pulgar por el labio herido, se miró la sangre, y sonrió. Una sonrisa lenta, torcida, casi divertida. Se acercó de nuevo —yo me pegué a la puerta— y me habló bajito, al oído, con una calma que me erizó la piel entera:

—¿Sabes qué, nena? Ese "no" tuyo no me quita las ganas.

Hizo una pausa. La sangre le manchaba los dientes cuando sonrió.

—Me las da todas.

1
Ely Mercado
Kevin quiso otra torta ya mordida🙄
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