Anna es la definición de pragmatismo. Aceptó casarse con un extraño hace tres años solo para cumplir el deseo de su abuela, bajo la condición de que cada uno viviera su vida por separado. Para ella, David es solo un nombre en un acta de matrimonio y una transferencia mensual. David, por su parte, es un titán de los negocios, un hombre cuya posesividad solo es superada por su hermetismo; para él, Anna es un "trámite" lejano que vive en otra ciudad... o eso creía.
Todo cambia en una noche de copas y luces de neón. En una exclusiva discoteca, dos desconocidos se atraen magnéticamente. Anna, decidida a dejar de ser la "esposa de papel", se entrega por primera vez a un extraño de ojos gélidos y manos posesivas. David queda obsesionado con la mujer que desapareció al amanecer
El enredo estalla cuando David decide que esa "desconocida" debe ser suya, sin saber que ya lo es legalmente
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capitulo 4
La oficina de Anna se sentía, por primera vez, como una jaula de cristal. El aire acondicionado, siempre ajustado a la temperatura perfecta para la productividad, le resultaba insuficiente. Cada vez que bajaba la mirada a su agenda y veía la nota "Cena con David – 20:00h", una punzada de ansiedad analítica le recorría el esternón. Ella, que podía predecir fluctuaciones en el mercado con una precisión asombrosa, no podía proyectar cómo sería estar frente al hombre que poseía su apellido pero que era un completo extraño.
—Estás hiperventilando en silencio, Anna. Es fascinante y aterrador —dijo Elena, su amiga de la infancia y la única que conocía la verdad tras el "contrato Bianchi".
Anna dejó caer la pluma estilográfica sobre el escritorio. Sus dedos, usualmente firmes, rozaron la superficie fría del roble.
—No es hiperventilación. Es un cálculo de daños. Ese hombre es un dictador corporativo. La idea de sentarme a cenar con él para "ensayar" una vida que no tenemos me asfixia. Siento que estoy perdiendo mi identidad antes de que él siquiera pronuncie mi nombre.
Elena se levantó y cerró la puerta del despacho con un clic decidido.
—Necesitas una purga. Mañana serás "la señora Bianchi" ante los ojos de un hombre posesivo. Pero esta noche, eres solo Anna. Vamos a L’Éclipse. Sin apellidos, sin contratos, sin expectativas. Una última noche de libertad absoluta antes de que entres en la boca del lobo.
Anna quiso negarse. Su mente práctica le dictaba que debía repasar el historial de inversiones de la Corporación Bianchi para no quedar en desventaja durante la cena. Pero el roce de su blusa de seda contra su piel se sentía repentinamente restrictivo. Necesitaba ruido, oscuridad y el anonimato que solo una pista de baile podía ofrecer.
—Solo tres horas —cedió Anna, y por primera vez en el día, sus labios se curvaron en una sonrisa que no era profesional, sino peligrosamente humana.
A kilómetros de allí, en la cima del rascacielos Bianchi, David se despojaba de su corbata con un gesto brusco, casi violento. La presión de las abuelas le pesaba en los hombros como una armadura de plomo. Había pasado el día revisando informes, pero la imagen de los mensajes de texto de su esposa —esa mujer que se atrevía a cuestionar su logística— le rondaba la cabeza.
—Señor, el vehículo está listo para llevarlo a casa —anunció su jefe de seguridad.
David observó la ciudad, una alfombra de luces que parecía exigirle algo que no estaba dispuesto a dar: sumisión.
—No voy a casa. Llévame a L’Éclipse. Quiero el reservado de la zona sur. Sin escoltas visibles, sin anuncios. Solo quiero una copa y que nadie me hable.
David necesitaba silencio mediático, pero un ruido interno diferente. Su posesividad, usualmente dirigida a los activos financieros, buscaba un desfogue. Se sentía como un volcán bajo una capa de permafrost. Necesitaba estar entre la multitud para recordar por qué prefería estar solo, pero bajo sus propios términos.
L’Éclipse era el epicentro de la sofisticación nocturna. El aroma a tabaco de lujo, perfumes de diseñador y el pulso vibrante del bajo eléctrico creaban una atmósfera donde las inhibiciones se disolvían en vapor de alcohol.
Anna llegó vistiendo un vestido de satén color esmeralda que parecía líquido sobre su cuerpo. No llevaba sujetador; la tela rozaba sus pezones con cada movimiento, recordándole que era un ser de carne y hueso, no un algoritmo. Su cabello, usualmente recogido en un moño estricto, caía en ondas salvajes sobre sus hombros. Al entrar, sintió la primera grieta en su armadura: el placer de ser observada por desconocidos que no sabían que ella era una propiedad legal de los Bianchi.
—Mírate —susurró Elena al oído—. Tienes a medio club conteniendo el aliento.
Anna no respondió. Se dirigió a la barra y pidió un Martini seco. El frío del cristal contra sus dedos contrastaba con el calor creciente de la discoteca. Bebió un sorbo lento, sintiendo el alcohol quemar suavemente su garganta. Se sentía ligera, casi eléctrica.
En el nivel superior, oculto tras un cristal unidireccional y sombras estratégicas, David observaba la pista de baile. Sostenía un vaso de cristal tallado con whisky puro. Sus ojos grises, entrenados para detectar la anomalía más pequeña en un contrato, se detuvieron de repente.
No sabía que era su esposa. Solo vio a una mujer en verde esmeralda que se movía con una elegancia analítica, como si estuviera midiendo el ritmo de la música con su propio pulso. Había algo en la línea de su cuello, en la forma en que su cabeza se inclinaba al reír con su amiga, que disparó un instinto de propiedad en David que nunca había sentido por un objeto inanimado.
—¿Quién es ella? —preguntó David, su voz un gruñido bajo.
—No lo sabemos, señor. No está en la lista de invitados frecuentes —respondió la sombra a su lado.
David dejó el vaso sobre la mesa de mármol. Sus dedos se cerraron en un puño. No aceptaba un "no" en los negocios, y su cuerpo le estaba dando una orden que no podía ignorar. Necesitaba bajar allí. Necesitaba tocar esa piel que brillaba bajo las luces de neón. El estrés de las matriarcas se desvaneció, reemplazado por una obsesión táctica.
Abajo, Anna se sentía observada. Sus pies en la tierra percibían una vibración diferente, una mirada que pesaba más que el resto. Se giró hacia las sombras de la zona VIP superior, pero no vio nada. Sin embargo, su instinto le dijo que el peligro —o la salvación— estaba cerca.
—Voy por otra copa —le dijo a Elena, moviéndose a través de la multitud.
El calor humano era denso. Anna sentía el roce de hombros y manos extrañas, pero se sentía extrañamente invulnerable. Llegó a un pasillo lateral, buscando un respiro del ruido, cuando una sombra se proyectó sobre ella.
David había bajado por la escalera privada. Se detuvo a pocos metros de ella. La luz de un neón azul golpeó el rostro de Anna, resaltando la curva de sus labios. David sintió un impacto físico en el pecho. Ella era más que una cara bonita; tenía una mirada que gritaba inteligencia y un desdén refinado que lo retaba sin decir una palabra.
Anna lo miró. Vio a un hombre de una belleza brutal, con hombros que parecían sostener el techo del lugar y unos ojos que la escaneaban como si estuviera leyendo su código fuente. No reconoció a David; la única imagen que tenía de él era una foto granulada en un informe económico y la cara distorsionada de una videollamada fría. Este hombre, en la semi-oscuridad, era una fuerza de la naturaleza.
—Estás en un lugar peligroso para estar sola —dijo David. Su voz no era la del "Heredero de Hielo" de la oficina; era la de un cazador que acababa de encontrar su trofeo.
Anna arqueó una ceja, su pragmatismo luchando contra la oleada de calor que le recorría el vientre.
—No estoy sola. Estoy conmigo misma. Y créeme, soy la compañía más segura que podría tener.
David soltó una risa seca, un sonido ronco que vibró en el aire entre ellos. Se acercó un paso más, invadiendo el espacio personal de Anna con una confianza posesiva. El aroma de él —sándalo, cuero y éxito— la envolvió.
—Esa es una respuesta muy analítica para una noche de viernes.
Anna sintió que su armadura terminaba de romperse. El desafío en la voz de ese extraño era el combustible que su alma necesitaba para olvidar el contrato. Por primera vez en tres años, no pensó en el futuro, ni en las abuelas, ni en el apellido Bianchi.
—A veces —susurró Anna, inclinándose mínimamente hacia él—, el análisis indica que el riesgo es la única opción lógica.
David extendió una mano, sus dedos rozando casi imperceptiblemente el brazo desnudo de Anna. El contacto fue como una descarga eléctrica. Él sintió la suavidad de su piel y ella la firmeza posesiva de su toque. En ese momento, en el pasillo de una discoteca, bajo identidades reservadas, el contrato matrimonial era papel mojado. El depredador y la estratega se habían encontrado, y ninguno de los dos sabía que estaban a punto de entregarse al único enemigo que no podían derrotar: el deseo por el propio cónyuge, disfrazado de pecado con un desconocido.