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Los Hijos Secretos del Dueño del Morro

Los Hijos Secretos del Dueño del Morro

Status: Terminada
Genre:Romance / Aventura de una noche / Madre soltera / Grandes Curvas / Niñero / Completas
Popularitas:244
Nilai: 5
nombre de autor: Lins

A los dieciocho años, Raquel era la chica gorda del morro: despreciada por su familia, echada de su casa en plena madrugada. Esa misma noche, en un cobertizo abandonado, encontró a un desconocido moribundo que le pidió que le salvara la vida sin verle jamás el rostro. Le pagó una fortuna. Le dijo que sus ojos eran hermosos. Y desapareció al amanecer.

Seis años después, Raquel vuelve a Río irreconocible: más delgada, más fuerte, madre soltera de dos gemelos. El empleo de sirvienta que consigue para sacarlos adelante la lleva a la cobertura de lujo del hombre más temido de la ciudad: Rafael Monteiro, El Dueño del Morro da Esperança.

El padre de sus hijos. El hombre que nunca supo que existían.

Ahora Raquel tiene que limpiar la casa de su secreto todos los días, mientras Rafael —frío, letal, incapaz de olvidar unos ojos que vio una sola vez en la oscuridad— empieza a sentir que esa empleada le remueve algo que creía muerto. Entre una suegra que la quiere lejos, una prima dispuesta a destruirla y una verdad que puede volarlo todo por los aires, Raquel deberá decidir hasta cuándo puede seguir escondiendo a los dos niños que llevan la sangre del Dueño.

NovelToon tiene autorización de Lins para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 19 — Ahora soy tu novia… ¿y Lucas?

En la primera semana de noviazgo, Raquel aprendió tres cosas sobre Rafael Monteiro.

Primera: se despertaba a las seis y media todas las mañanas, tomaba café negro sin azúcar y se quedaba veinte minutos en la terraza mirando el mar antes de hablar con cualquier ser humano. Si alguien intentaba conversar antes de los veinte minutos, recibía un gruñido.

Segunda: no sabía usar la lavadora. En treinta años de vida, nunca había metido una prenda de ropa en la máquina. Doña Zuleica hacía todo. Cuando Raquel le preguntó por qué, él la miró como si le hubiera preguntado por qué el cielo es azul.

Tercera —y la más importante—: era incapaz de llamarla "Raquel" sin que la voz le cambiara. Cada vez que decía su nombre, la sílaba final se ablandaba, como si la palabra fuera una cosa viva que sostenía con demasiado cuidado.

—Rafael —dijo ella, la segunda mañana, cuando él apareció en la cocina con el cabello alborotado y la camisa de ayer.

—No me digas "don Rafael" —dijo él.

—No te dije "don Rafael". Te dije Rafael.

—Dime Rafa. O amor. O cualquier cosa. Menos "don Rafael".

Raquel se quedó en silencio. La palabra "amor" se le quedó parada en la garganta como una espina de pescado. Nunca le había dicho "amor" a nadie. No iba a empezar ahora.

—Rafael —repitió, deliberadamente.

Él suspiró.

—Está bien. Ya es un progreso.

El miércoles por la noche, doña Zuleica dejó el estrogonoff listo en la cocina —pollo cortado en cubos, salsa cremosa con champiñones, arroz blanco en la olla— y una nota: "Hay ensalada en la heladera. No me arruinen la cocina."

Raquel y Rafael se sentaron a la mesa. Era extraño y era bueno —el tipo de rareza doméstica que ninguno de los dos había experimentado antes—. Ella, porque nunca había cenado con un hombre que no fuera un cliente de restaurante en São Paulo o el padre que le pegaba. Él, porque nunca había cenado con nadie que no estuviera pagado para estar ahí.

Rafael soltó el tenedor a la mitad del plato.

—Raquel, necesito decirte una cosa.

Ella dejó de masticar.

—Eres la primera mujer en mi vida. Para mí, un noviazgo es para casarse.

La frase quedó en la mesa, entre el estrogonoff y la ensalada, como un objeto sólido. Raquel lo miró. Estaba serio —mortalmente serio—, con los codos en la mesa y los ojos clavados en los de ella.

—¿La primera? —preguntó, y la voz le salió más pequeña de lo que quería.

—La primera.

Raquel sintió que algo se le apretaba en el pecho. Porque sabía que no era verdad, no de la manera que él pensaba. Ella había sido la primera. Seis años atrás, en la oscuridad, cuando él no podía ver y ella no tenía nombre. Pero él no lo sabía. Y ella no podía decirlo.

—Está bien —dijo—. Yo… está bien.

Sonó el timbre.

La puerta se abrió antes de que ninguno pudiera levantarse. Lucas Almeida entró como una bala —alto, flaco, bermudas de surf, camiseta sin mangas, chancletas, y una expresión de quien acaba de ganar la lotería.

—¡HERMANO! —gritó Lucas—. ¿El portero me dice que estás con una MUJER aquí? ¿Una MUJER DE VERDAD?

Rafael cerró los ojos.

—Lucas, sal de mi casa.

—¡NO LO PUEDO CREER! —Lucas ni escuchó. Vio a Raquel sentada a la mesa, con el tenedor en la mano, y se le cayó la mandíbula—. ¡¿RAFAEL MONTEIRO TIENE NOVIA?!

—Lucas…

—¡HERMANO, VIVÍ AL LADO TREINTA AÑOS Y NUNCA VI UNA MUJER AQUÍ! —Se volvió hacia Raquel con la mano extendida y la sonrisa más ancha del estado de Río—. ¡Mucho gusto! ¡Lucas Almeida! Vecino, amigo de la infancia, ¡y testigo de que este hombre es real y no un robot!

Raquel le apretó la mano, riéndose. Lucas era imposible de no querer: su energía llenaba el apartamento como alguien que abre todas las ventanas de golpe.

Rafael agarró a Lucas por el cuello de la camiseta y lo empujó hacia la puerta.

—Cena en tu casa, Lucas.

—¡PERO YO QUIERO CONOCERLA!

—Mañana.

—¿Prometido?

—Sal.

La puerta se cerró. Raquel miraba a Rafael con la cara roja de tanto reír. Él volvió a la mesa con la dignidad de un hombre que acaba de ser expuesto por la persona que más lo conoce en el mundo.

—¿Siempre es así? —preguntó Raquel.

—Peor.

Después de la cena, Raquel fue a lavar los platos. Rafael intentó ayudar —y por "ayudar" entiéndase quedarse parado detrás de ella en el espacio entre el fregadero y la heladera, tan cerca que el calor de su cuerpo le subía por la espalda a ella.

—Estás estorbando —dijo ella.

—Estoy ayudando.

—Estás parado.

—Te estoy haciendo compañía.

Raquel le tiró espuma. Él no se movió. Ella tiró más. Él siguió parado. Al tercer intento, él le agarró la muñeca, le sacó la esponja de la mano y la volteó de frente a él.

No la besó. Se quedó mirándola. Aquella mirada que ella conocía: la de quien busca algo en el rostro del otro que no logra encontrar.

—¿Qué pasa? —preguntó ella.

—Nada. Solo te estoy mirando.

Ella se soltó. El corazón le latía demasiado fuerte para seguir parada ahí.

Más tarde, Raquel vio lo que no debía haber visto.

En el sofá de la sala, entre los almohadones, había un objeto que no combinaba con la decoración minimalista de Rafael Monteiro: un cojín cuadrado con la foto de Lucas Almeida estampada —sonriendo, con lentes de sol, haciendo señal de paz—. La calidad era de imprenta de esquina. La tela era poliéster barato. Y la expresión de Lucas era la de alguien que mandó hacerlo específicamente para molestar.

Raquel agarró el cojín. Miró la foto. Miró el pasillo que llevaba al cuarto. Miró el cojín de nuevo.

En la cama, Rafael ya estaba acostado. Raquel entró al cuarto, cerró la puerta y llamó a Fernanda.

—Fer, creo que a Rafael le gustan los hombres.

—¿QUÉ?

—Escucha. Dijo que soy la primera mujer de su vida. Treinta años. Nunca tuvo novia. Y hay un tipo que vive al lado hace treinta años que acaba de entrar aquí gritando.

—¿Y?

—Y hay un cojín con la foto de ese tipo en el sofá.

Fernanda se quedó en silencio dos segundos. Después empezó a reírse. A reírse de verdad —la risa que sale del estómago y no para.

—¡Amiga, eso es teoría de la conspiración!

—¡No es teoría! Piénsalo conmigo: un hombre guapo así, treinta años, nunca tuvo novia, el mejor amigo pegado…

—Quel, para.

—Fer, ¿y si soy una fachada? O sea, él necesita una novia mujer para disimular…

—RAQUEL DA SILVA, ESTÁS LOCA.

Rafael apareció en la puerta del cuarto. Raquel no lo vio: estaba de espaldas, sentada en el borde de la cama, gesticulando con el celular en la oreja.

Él se quedó parado. Oyó: "…¿y si es bi? Un bi puede gustarle los dos, ¿no? Tal vez le gusta Lucas Y yo…"

Rafael se apoyó en la pared. Su expresión pasó por cinco etapas en tres segundos: confusión, shock, indignación, incredulidad, y por fin algo que era casi —casi— risa.

Raquel colgó el teléfono. Se dio vuelta. Lo vio.

La sangre se le fue del rostro.

—¿Cuánto oíste?

—Lo suficiente para saber que crees que soy gay.

—Yo no… yo no dije eso… estaba viendo una telenovela tailandesa…

—¿Qué telenovela tailandesa?

—Es… es sobre dos hombres…

—Raquel.

Ella cerró la boca. Él cruzó los brazos. El silencio pesaba como el concreto.

Rafael fue al armario del pasillo. Sacó una foto amarillenta del fondo de un cajón. Volvió y se la mostró a Raquel: dos niños de unos doce años. Uno sentado en un carrito de rulemán improvisado, el otro de pie atrás empujando. El de atrás era Rafael —flaco, piernas largas, la misma mandíbula—. El de adelante era Lucas —con lentes, sonrisa enorme.

—Lucas es mi vecino desde niño. Su madre y la mía son amigas. Compró el apartamento de al lado porque es práctico, no porque sea romántico. —Rafael guardó la foto—. Y el cojín es una broma que hizo en mi cumpleaños número veinte. Nunca lo tiré porque él revisa.

—¿Y el hecho de que nunca hayas tenido novia?

Rafael la miró. La broma le abandonó el rostro.

—Porque nunca tuve novia antes. Eres la primera. De verdad.

Raquel quería que el suelo se abriera y se la tragara. Quería volver en el tiempo y nunca haber llamado a Fernanda. Quería especialmente no haber dicho "un bi puede gustarle los dos" con él apoyado en la pared a tres metros de distancia.

—Yo… perdóname —dijo—. Soy una idiota.

Rafael no respondió. Se quedó en silencio tres latidos del corazón. Después extendió la mano, la jaló por la muñeca y la trajo contra su pecho.

—¿Quieres más pruebas de que me gustan las mujeres? —dijo, la voz baja, la boca cerca de la oreja de ella—. ¿De que me gustas tú?

Raquel enterró el rostro en su pecho y no respondió. El corazón de él latía bajo la camisa —firme, fuerte, absolutamente heterosexual.

Esa noche, en medio del sueño, Raquel murmuró algo. No gritó, no se movió: apenas susurró, con la boca apoyada en el hombro de Rafael:

—Tus ojos… también son hermosos.

Rafael abrió los ojos en la oscuridad. El techo blanco. La respiración de ella. Y aquella frase —"tus ojos son hermosos"— girando en su cabeza como una llave que casi encaja en una cerradura.

Él había dicho eso. Seis años atrás. Con los ojos vendados, en la oscuridad, a una mujer cuyo rostro nunca vio.

Se quedó despierto hasta que salió el sol.

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