Mónica Morgan lo perdió todo cuando descubrió que el hombre que amaba siempre había preferido a su propia hermana. Con el corazón destrozado y después de perder al hijo que esperaba, decidió alejarse de aquella vida y comenzar de nuevo.
Nunca imaginó que encontraría una nueva oportunidad en los brazos de Cristopher Sinclair, un hombre poderoso, distante y completamente ajeno a los sentimientos. Él le propone un trato: fingir ser su pareja a cambio de setenta mil dólares. Para Mónica, solo sería un acuerdo; para Cristopher, una forma de demostrarle algo a su abuelo.
Pero fingir estar enamorados resulta más difícil de lo esperado. Las miradas comienzan a durar demasiado, la cercanía deja de sentirse incómoda y los celos aparecen donde no deberían existir.
Mónica sabe que aquello tiene una fecha de finalización. Cristopher insiste en que entre ellos no hay nada real.
Sin embargo, si todo comenzó como una mentira… ¿qué ocurrirá cuando alguno de los dos termine enamorándose de verdad?
NovelToon tiene autorización de Michelle RR para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 6
Esa noche, Mónica no pudo cerrar los ojos. El insomnio no era nuevo, pero esta vez dolía distinto. Sabía que Leandro no volvería a casa, ni siquiera por cortesía, ni por respeto, ni mucho menos por amor. Sabía exactamente dónde estaba: en el hospital, al lado de Alejandra. Tenía sentido. Alejandra siempre había sido su centro, su debilidad. Mónica ya no era más que una sombra entre ellos, una presencia que incomodaba.
La luna colgaba en el cielo como si se negara a ceder su lugar al sol. Atrapada en un tiempo suspendido, la noche se hacía eterna. Los minutos parecían horas, y las horas, castigos. Cada latido en el pecho de Mónica era un eco del vacío. Intentó dormir. Lo intentó tantas veces como pudo, pero el sueño se rehusaba a visitarla. Ya era costumbre esperar a Leandro hasta la madrugada, solo podía conciliar el sueño cuando lo escuchaba entrar, cuando sentía que estaba, aunque no la mirara, aunque no la tocara. Pero ahora no tenía sentido. No volvería. Y si lo hacía, no sería por ella.
Y aun así, a pesar de su frialdad, de sus silencios, de su desdén… ella se quedó.
Cuando el sol por fin se asomó por la ventana, fue como una traición. Una burla luminosa a su pena. Todo parecía estar bien, como si el mundo siguiera girando sin importar el dolor que a ella la tenía paralizada. Pero Mónica sabía que esa mañana era el inicio de una nueva noche. Una que ya no tendría fin.
Se levantó sin haber dormido ni un segundo. Su cuerpo estaba exhausto, pero más lo estaba su alma. Tomó una ducha rápida, como por inercia. Luego se vistió sin pensarlo demasiado, sin emoción. Era hora de hacer lo que venía posponiendo desde que volvió del hospital. Era hora de empacar.
Abrió el armario, ese armario que alguna vez pensó que llenaría, para cenas, viajes, eventos. Pero ahora lo único que sacaba de allí eran restos. Un vestido ya desgastado, un par de camisas, cuatro pantalones, un traje formal y dos pares de zapatos. Eso era todo. En una casa tan grande, tan lujosa, donde había prometido construir un hogar con amor… lo único que verdaderamente era suyo cabía en una pequeña maleta.
Nunca quiso gastar de más. Siempre fue cuidadosa, incluso en eso pensaba en Leandro. En no causarle molestias, en no parecer una carga. Y sin embargo, hoy se iba como si lo hubiera sido todo este tiempo. Cerró la maleta con manos temblorosas. El sonido de una puerta que se cierra y no volverá a abrirse.
Bajó lentamente las escaleras, su corazón agitado ante lo inevitable. Y entonces, justo cuando llegó al último escalón, sonó el timbre. Su pecho se estremeció con la esperanza. Su mente le rogó no hacerlo, pero su corazón fue más rápido. Abrió la puerta, esperando ver la figura de Leandro arrepentido, preocupado, tal vez solo presente.
Pero no. Era Richard. Ahí estaba, sosteniendo en una mano un portafolio de cuero, y en la otra, los papeles del divorcio. La realidad la golpeó con fuerza. No había vuelta atrás.
—Tanto tiempo, Mónica —dijo Richard, sorprendido al verla en ese estado, con el rostro pálido, las ojeras profundas, y una tristeza que no se podía esconder.
—Lo mismo digo, Richard —respondió ella, forzando una sonrisa que no llegaba a los ojos.
—Aquí están los papeles del divorcio. Me alegra saber que estás tomando una buena decisión —comentó, intentando mantener el tono profesional, pero le era difícil. No era así como había imaginado verla otra vez.
—No fue por elección —murmuró, tan bajo que apenas se escuchó. Luego, con voz más firme, agregó— Sí, ya era hora de abrir los ojos.
— Disculpa mis modales, ¿quieres pasar?
— No, no es necesario, debo de ir al bufete rápidamente, solo quería entregarte estos papeles, se lo necesario que son en este momento.
—Perdón por hacerte perder el tiempo con algo tan… insignificante —dijo bajando la mirada.
—No lo digas —respondió con seriedad—. Esto no es insignificante. Es tu vida, Mónica. Tu libertad. Tu dignidad. Y si necesitas ayuda, cualquier tipo de ayuda, solo dímelo. Te apoyaré en todo lo que pueda… incluso en lo que no.
Mónica lo miró, con los ojos vidriosos, luchando contra las lágrimas.
—Gracias, Richard. En serio… gracias.
Él asintió y se despidió con una mirada tierna y preocupada. Cuando se fue, el silencio volvió a inundar la casa. Un silencio que ya no era cómodo. Era abrumador.