Ella renace decidida a cambiar su destino y a sobrevivir.
*Esta novela pertenece a un mundo mágico*
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Barón Evans
Dos días después...
Davina estaba lista.
O, al menos, tan lista como podía estar una mujer que iba camino a exigir responsabilidades al padre de su hijo... un hombre al que nunca había visto, cuyo rostro seguía siendo un misterio y que, en su imaginación, todavía llevaba una capa negra, una camiseta de rayas y unas garras de metal.
[Aunque espero que al menos las garras solo existan en mi cabeza.]
Durante esos dos días había aprovechado cada minuto.
Había estudiado las costumbres de la nobleza.
Las normas de etiqueta.
Las leyes.
La forma correcta de dirigirse a un duque.
Incluso practicó delante del espejo varias maneras de comenzar la conversación.
—Su excelencia...
No.
Demasiado sumisa.
—Duque Krugher, tenemos que hablar.
Demasiado agresiva.
Aunque bastante satisfactoria.
—Buenos días. ¿Recuerda aquella noche?
No.
Sonaba demasiado vergonzoso.
Al final decidió improvisar.
Era un plan terrible.
Pero, curiosamente, era el plan que más se parecía a ella.
Sin embargo, durante esos dos días también había conocido mejor al hombre que ahora era su padre.
El barón Evans.
La antigua Davina apenas había interactuado con él en los recuerdos que había visto.
Ahora entendía por qué.
Era un hombre de edad avanzada.
Su cabello gris estaba cuidadosamente peinado hacia atrás y sus movimientos transmitían la serenidad de alguien que llevaba décadas viviendo entre documentos, tierras y obligaciones.
No era severo.
Tampoco autoritario.
Simplemente...
Distante.
No abrazaba a su hija.
No preguntaba cómo se sentía.
No expresaba afecto con palabras.
Pero había algo curioso.
Siempre estaba pendiente de que nada le faltara.
Cada mañana preguntaba discretamente a los sirvientes si Davina había desayunado.
Si necesitaba vestidos nuevos, los compraba.
Si un médico recomendaba un remedio, él pagaba el mejor disponible.
Si el techo de la residencia necesitaba reparaciones, ordenaba arreglarlo inmediatamente para que su hija no pasara incomodidades.
Era un hombre que expresaba el cariño con responsabilidades.
No con abrazos.
[No sabe demostrar afecto...]
[Pero sí se preocupa.]
Aquello le produjo una extraña tranquilidad.
Quizás el barón nunca sería un padre cariñoso.
Pero tampoco era una mala persona.
Simplemente pertenecía a otra generación.
Otra forma de entender la familia.
La mañana de su partida, el barón la recibió en el despacho.
Como siempre, permanecía sentado detrás de un enorme escritorio lleno de documentos.
Levantó la vista cuando ella entró.
—Davina.
Ella hizo una pequeña reverencia.
—Padre.
El anciano tardó unos segundos en hablar.
Como si estuviera escogiendo cuidadosamente las palabras.
—Me informaron que deseas viajar al ducado Krugher.
Davina sintió un pequeño sobresalto.
[Ya se enteró.]
Asintió con tranquilidad.
—Sí.
El barón la observó durante un largo momento.
No parecía enfadado.
Solo...
Pensativo.
—¿Puedo saber el motivo?
Ella dudó unos segundos.
No podía contarle toda la verdad.
Todavía no.
—Hay un asunto importante que debo resolver personalmente.
El anciano permaneció en silencio.
Finalmente asintió.
—Entiendo.
No hizo más preguntas.
Aquello sorprendió a Davina.
[Pensé que insistiría.]
El barón tomó una pequeña campanilla de plata.
Un mayordomo entró casi de inmediato.
—Preparen el carruaje de mi hija.
Que viaje con escolta.
Quiero cuatro caballeros acompañándola durante todo el trayecto.
Davina abrió ligeramente los ojos.
El barón volvió a dirigirle la palabra.
—El camino hasta el ducado es largo. No es prudente viajar sola.
Ella sonrió con suavidad.
—Gracias, padre.
El hombre acomodó algunos documentos.
Como si la conversación hubiera terminado.
Pero justo cuando Davina se dirigía hacia la puerta...
Escuchó su voz.
Mucho más baja.
—Regresa sana y salva.
Ella se detuvo.
No eran palabras especialmente emotivas.
Ni una declaración de cariño.
Ni un abrazo.
Pero bastaron para comprender algo.
El barón Evans nunca había aprendido a demostrar afecto.
Sin embargo...
Sí se preocupaba por ella.
Aunque fuera de la única manera que conocía.
Davina sonrió.
Una sonrisa sincera.
—Lo haré.
Salió del despacho con una sensación inesperadamente cálida en el pecho.
[Quizás...]
[La antigua Davina nunca lo notó.]
[Pero este señor, a su manera...]
[La quiere.]
Un rato después, el carruaje abandonó lentamente la mansión Evans.
Davina observó por la ventanilla cómo el paisaje comenzaba a cambiar.
Respiró hondo.
Acarició inconscientemente su vientre.
—Muy bien, pequeño...
Murmuró para que nadie más la escuchara.
—Vamos a conocer a tu padre.
Guardó silencio unos segundos.
Luego añadió con una pequeña mueca.
—Y espero de verdad que no tenga una mano con cuchillas.
Porque si además de magia de oscuridad resulta que se parece al Freddy Krugher de mi mundo...
Creo que voy a necesitar otra reencarnación para superar el susto.
que en las noches se buscan a ver si algo hace que dejen ese orgullo para que su hijo nazca en un lugar estable con padres dejen su orgullo por el
Si me reí, pero se pasó de descarada, y Jean no va dejar de pasar la. oportunidad de satisfacerse de su esposa tóxica masoquista , pobre criatura cuando sea grande y pregunté cómo eran sus padres 🤣🤣
me fascina leer