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Más Allá Del Cielo Y La Sombra

Más Allá Del Cielo Y La Sombra

Status: En proceso
Genre:Demonios / Romance
Popularitas:443
Nilai: 5
nombre de autor: yamiiy

En un mundo donde demonios y ángeles se enfrentan desde siempre, Kaelen, un poderoso señor demonio, lucha por mantener unida a su familia mientras se enfrenta a prejuicios, secretos y pérdidas.

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Mientras tanto, Valeria había logrado convencer a Damian de encontrarse en una cabaña lejos de la mansión, lejos de miradas y reproches. Lo esperaba sentada sobre una manta de seda negra rojiza, con velas mágicas que lanzaban sombras danzantes sobre las paredes.

—Pensé que no vendrías —le dijo cuando él entró, con la respiración entrecortada por la caminata.

—Casi no vengo —admitió Damian, sin acercarse del todo—. Leo me necesita. Sé que algo está pasando en tu casa. Y yo… yo debería estar con él.

—¿Y tú? —preguntó ella, poniéndose de pie y caminando hacia él despacio—. ¿Quién está contigo, Damian? ¿Quién te ve a ti, más allá de ser el novio dulce y comprensivo? Yo te veo. Veo lo que eres de verdad. Un demonio con fuego en las venas que se está ahogando en suavidad.

—No es malo ser suave —murmuró él, aunque sus palabras sonaron poco convencidas.

—No digo que sea malo —susurró ella, tomándole las manos—. Digo que no es todo lo que eres. Y tienes derecho a mostrar lo demás. Conmigo puedes ser intenso. Puedes ser feroz. No tienes que contenerme. No tienes que contenerte.

Damian la miró a los ojos, y por un instante la imagen de Leonardo se desvaneció, reemplazada por la sensación de poder y fuerza que Valeria le devolvía cada vez que estaban juntos.

—¿Y si me pierdo? —preguntó con voz ronca—. ¿Y si no puedo volver a ser quien era?

—Entonces serás quien eres ahora —respondió ella, acercando sus labios a los suyos—. Y eso también está bien.

Lo besó con fuerza, con seguridad, y Damian no se detuvo. Se dejó llevar, sin saber que cada beso era también un paso más lejos de la luz que lo esperaba.

En la habitación de Elara, Ricardo había vuelto a atar las alas de ella, pero con cintas de seda suave en lugar de hierro o magia dolorosa. Lo hacía con movimientos torpes, como si le costara encontrar la distancia correcta entre ser su dueño y ser algo más.

—Mi madre vendrá a revisar —le explicó sin mirarla a los ojos—. Si las encuentra libres, hará algo peor que atártelas. Tengo que protegerte de ella. Aunque no te guste.

—Gracias —susurró ella, con la voz suave—. Por pensar en mí.

Ricardo se detuvo, con las manos aún sobre las cintas.

—No me des las gracias —dijo con brusquedad—. No estoy siendo bueno. Solo no quiero que ella te destruya. No todavía.

—¿Y después? —preguntó ella con valentía—. ¿Después qué pasará?

Ricardo la miró a los ojos, y por un instante la máscara se le cayó.

—No sé —admitió con sinceridad—. No sé qué será de ti. Ni de mí. Pero mientras estés aquí… intentaré que no sufras más de lo necesario.

—Y yo intentaré entenderte —respondió ella—. Incluso las partes que no quieres mostrar.

Ricardo apartó la mirada, incómodo con esa amabilidad que no pedía y que no sabía cómo devolver.

—No intentes nada —le dijo con sequedad—. Solo… solo quédate tranquila.

Salió de la habitación, dejándola sola en la penumbra, y se apoyó contra la puerta con la espalda, cerrando los ojos. Sabía que estaba caminando por una cuerda floja. Sabía que en cualquier momento todo podía estallar. Pero también sabía que ya no podía verla como algo sin nombre, sin voz, sin sentimientos. Y eso lo asustaba más que cualquier castigo de su madre.

Y en el jardín trasero, Malak observaba desde las sombras cómo Leonardo miraba las estrellas con expresión melancólica, abrazándose a sí mismo contra el frío de la noche. Una sonrisa lenta y peligrosa se dibujó en su rostro.

—Pronto —susurró al viento—. Pronto dejarás de mirar las estrellas desde lejos. Y vendrás conmigo. Aunque tengamos que romper todas las cadenas para lograrlo.

Se desvaneció antes de que Leonardo pudiera verlo, dejando tras de sí solo un rastro de azufre y la certeza de que la amenaza no se había ido. Solo estaba esperando el momento justo para atacar.

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