Dulce Serrano fue a una convivencia universitaria para hacerles un favor a sus amigas. Terminó contra una pared, besada por Emiliano Montero, el número nueve del equipo de básquet y el hombre al que medio campus quiere llevarse a la cama.
Él solo había salido del salón para librarse de las chicas que lo perseguían. Entonces Dulce tropezó frente a él y Emiliano reconoció la voz de la desconocida que llevaba cuatro días buscando. La sostuvo, ella le exigió que la soltara… y él perdió el control.
Dulce debería odiarlo. Emiliano es enorme, arrogante y peligrosamente intenso: justo lo contrario de los hombres tranquilos que siempre le han gustado. Pero el chico que con todos es hielo la cubre con su chamarra bajo la tormenta, vela su sueño por teléfono y aparece cada vez que ella tiene miedo.
Y Dulce lleva demasiado tiempo viviendo con miedo.
Uriel, un excompañero obsesionado que se hace pasar por su novio, ha vuelto a encontrarla. Cuando sus mentiras convierten a Dulce en el blanco de todo el campus, Emiliano le propone un trato: fingir que están juntos para dejar claro que ella nunca le perteneció a Uriel. Él pondrá el cuerpo, el nombre y hasta su carrera deportiva en juego. Ella no le deberá nada.
El problema es que Emiliano no sabe fingir cuando se trata de Dulce.
Entre rumores que se vuelven virales, una madre dispuesta a separarlos y una atracción que termina ardiendo detrás de cada puerta cerrada, el acuerdo empieza a parecerse demasiado a una relación de verdad. Uriel quiere poseerla. Emiliano quiere protegerla. Pero Dulce se cansó de que otros decidan por ella: esta vez va a defender su nombre, su deseo y su derecho a elegir… antes de que los celos, el escándalo y el deseo los consuman a todos.
Porque el número nueve nunca falla un tiro. Pero con Dulce ya perdió la cabeza, la defensa y el corazón.
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Capítulo 11
Cap 11: Aunque tengas novio
Fer la interrogó hasta las dos de la mañana.
Que desde cuándo, que por qué no le había contado, que qué se sentía que te dijera "muñeca" el galán más inalcanzable del planeta, que si ya se habían besado —Dulce se atragantó con el agua—, que ese atragantamiento contaba como un sí, que era la mejor noticia del año, del siglo, de la historia de la humanidad.
—No ando con él, Fer. Es complicado.
—Todo lo bueno es complicado. —Fer se abrazó la almohada, con los ojos brillándole en la oscuridad—. Mira, Dul, yo nada más digo una cosa. Ese muchacho cruzó medio campus, se metió a una clase que no era suya, se aguantó una tormenta sin paraguas y volvió al día siguiente a las siete de la mañana. En bici. Eso no lo hace un galán al que se le antojó una. Eso lo hace un cuate al que le pegó fuerte. —Bajó la voz—. Yo lo único que quiero es que no te lastimen. Nada más eso.
—Hay… hay cosas que no sabes.
Fer se puso seria de golpe, y le agarró la mano.
—Pues cuéntame, Dul. Lo que sea. ¿Es por el tipo ese que te llama? ¿El que te tiene con el Jesús en la boca cada vez que suena el teléfono? Porque si es eso, si alguien te está haciendo algo, tú me dices y yo…
—No es eso —mintió Dulce, y la mano de Fer le apretó los dedos como diciéndole que sabía que mentía—. O sea. No es nada que no pueda manejar.
—Nadie maneja nada solo, Dulcita. Para eso están las hermanas.
—No somos hermanas.
—Ay, ya. —Fer le soltó la mano y se dejó caer de espaldas en la cama—. Otro día me sales con eso. Un día vamos a ser hermanas y ese día vas a llorar de emoción, ya verás.
Dulce se rio, a pesar de todo. Pero la risa se le apagó pronto.
—Otro día —dijo, más suave—. Te lo cuento otro día. De verdad. Te lo juro.
En eso se abrió la puerta del cuarto de un golpe. Brenda entró como tromba, aventó la bolsa sobre su cama, se metió bajo las cobijas sin lavarse los dientes ni quitarse los zapatos y se tapó hasta la coronilla, dándoles la espalda a las dos.
—¿Y a esta qué le picó? —susurró Fer.
—Ni idea. —Pero a Dulce le quedó un malestar raro, como cuando uno pisa algo blando en lo oscuro—. Brenda, ¿todo bien? ¿Le entregaste la…?
Un gruñido debajo de las cobijas fue toda la respuesta.
Brenda no se movió en toda la noche. Ni para el baño. Nada más ese bulto rígido, dándoles la espalda, respirando fuerte.
*
Dulce despertó al amanecer con la boca seca y una preocupación que no la dejaba. Se levantó descalza y se acercó a la cama de Brenda.
—Brenda —susurró, tocándole el hombro—. Oye, perdón por lo de anoche, si te dije algo que…
El bulto se movió. Se dio la vuelta.
Y de las cobijas asomó una cara pálida, ojerosa, con el rímel corrido en dos surcos negros, el pelo parado como matorral y las diez uñas rojas crispadas sobre el borde de la manta, y esa cara la miró fijo, sin parpadear, con dos ojos que tenían adentro algo que a Dulce le heló la sangre.
—Ay, Dulce —dijo Brenda, con una voz rasposa, ronca de desvelo, que no pegaba con la cara—. Qué madrugadora. ¿Vas a ver a tu galán?
Dulce pegó un grito y salió disparada.
No lo pensó. Agarró la sudadera, agarró el teléfono, agarró lo primero que encontró y salió del cuarto y bajó las escaleras de dos en dos, con el corazón galopando, huyendo de esa mirada como se huye de una pesadilla que sigue a una despierta. Cruzó el vestíbulo. Empujó la puerta. Salió al campus del domingo, gris y vacío y con rocío.
Y en el escalón de la entrada, con las prisas, el pie se le fue.
—¡Ay!
No cayó.
Dos brazos la agarraron por debajo de los codos y la enderezaron en el aire, y Dulce se encontró, de golpe, con la cara pegada a un pecho que ya conocía, que respiraba, que olía a naranja recién partida.
—Te agarré —dijo Emiliano—. Ya van dos. A este paso te cobro membresía.
Y ahí estaba otra vez. El aroma. Naranja recién partida, limpio, tibio, colándose por encima del susto de la cara de Brenda y del frío del rocío y de todo lo demás, y a Dulce se le aflojó el cuerpo entero contra ese pecho, medio segundo, antes de que la cabeza le gritara que se enderezara. Se enderezó. Pero el corazón, que un minuto antes le galopaba de terror, ahora le galopaba de otra cosa, y no supo cuál de los dos galopes le daba más rabia.
Dulce levantó la vista. Ahí estaba, con el pelo despeinado de recién levantado, una bicicleta recargada en la reja detrás de él y una bolsa colgando del manubrio. A las siete de la mañana de un domingo. Frente a la residencia.
—¿Qué… qué haces aquí?
—Vine a devolverte algo.
—¿A devolverme? —Dulce se separó, tratando de recuperar la compostura y el aliento—. Emiliano, la chamarra te la devolví yo. Ayer.
—Me la devolvió Brenda —dijo él, y agarró la bolsa del manubrio y se la puso en las manos—. Que es distinto. Yo dije que me la devolvieras tú. En persona. Y no valen intermediarios.
Dulce miró la bolsa. Adentro estaba la chamarra otra vez, la misma, doblada por manos que no eran las suyas.
—Entonces… ¿me la traes… para que te la vuelva a devolver?
—Exacto. —Emiliano se cruzó de brazos, muy serio, como quien expone un reglamento—. Tú a mí. En la mano. Sin roomies de por medio. Es la regla.
—¡Esa regla no existe!
—La acabo de hacer.
—¿Y por qué no me la mandaste con Toño, o con quien sea? —protestó Dulce, apretando la bolsa—. ¿Por qué en persona, a las siete, en domingo?
—Porque con Toño no te veo. —Lo dijo simple, sin adornos, como quien explica una cuenta de sumar—. Y quería verte.
Dulce se quedó sin argumento. Otra vez. Empezaba a odiar lo fácil que le resultaba a ese hombre dejarla sin argumento con una frase de cinco palabras.
Detrás de ellos, dos muchachos que salían a correr se habían frenado en seco y miraban la escena con la boca abierta; uno ya tenía el teléfono en alto. Dulce lo notó y se le encogió el estómago. El #DulcEmi. Otra vez. Mañana en los grupos.
—Nos están viendo —murmuró.
—Que vean. —Emiliano no se inmutó, y hasta se acomodó de modo que su cuerpo le tapara a ella la cámara del corredor—. Si te incomoda, me pongo aquí. Ya no te ven a ti. Nada más a mí. Pero bajó la voz, y de pronto ya no estaba jugando—. Dulce. Una cosa. En serio.
—¿Qué?
La miró a los ojos. Toda la broma se le había caído de la cara. Debajo quedaba algo tenso, algo que llevaba cargando desde la banca de la noche anterior, desde la palabra "novio" clavada como piedra.
—¿Tienes novio? —preguntó.