Yo, Evana. viví una hermosa vida con el hombre que amé y con mis hijos también. Pero alguien me lo arrebato todo.
He vuelto al pasado para descubrir a mi asesino y el de mi familia.
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Capitulo 2
El dolor ardiente en la espalda y el olor a hierro caliente se desvanecieron de golpe, reemplazados por una sofocante sensación de ahogo.
Evana tomó una bocanada de aire rasposa y violenta, incorporándose de golpe en la cama. Sus manos, temblorosas y sudorosas, buscaron desesperadamente sobre sus prendas la herida de bala, pero solo encontraron la suave tela de un pijama de seda. No había sangre. No había impactos. Tampoco estaba el piso de madera de su casa rural, ni el aroma al pan matutino, ni los cuerpos inertes de Thomas, Leo y Mía.
A su alrededor, la luz tenue de la mañana filtraba a través de amplios ventanales de cristal templado. Se encontraba en la recámara principal de su antiguo penthouse en el centro financiero de la capital. Un lugar que había abandonado hacía casi dos décadas.
—No... no, no, no... —balbuceó, mirando sus manos suaves, libres de los callos del trabajo rural.
Se levantó como loca y corrió hacia el baño principal. En el gran espejo de marco dorado, la imagen que la devolvió la miró con horror. No era la mujer de cuarenta años que vestía con sencillez en el pueblo; era su versión joven de veintiún años, con el cabello impecable rojo oscuro, la piel firme y unos ojos oscuros apagados por la sombra del agotamiento.
El impacto psicológico la hizo tropezar hacia atrás hasta caer sobre los azulejos fríos. El contraste entre los diecisiete años de amor en aquella villa y esta realidad le destrozó el juicio.
«¿Fue una pesadilla? ¿Fue una alucinación? ¿Dónde están mi esposo y mis hijos?»
Los pensamientos se amontonaban violentos en su cabeza, sofocándola.
La sola duda de que su familia hubiera sido una simple invención de su mente la aterraba mil veces más que la muerte misma. Tocó su vientre plano con ambas manos, buscando en vano el recuerdo del peso de sus embarazos, pero solo sintió el vacío absoluto.
Los días siguientes se convirtieron en un abismo de tinieblas. Evana se encerró bajo llave en su departamento, negándose a encender las luces, a comer o a responder las constantes llamadas que hacían vibrar su teléfono sobre la mesa de noche. Se arrastraba de la cama al piso, abrazando las rodillas contra el pecho en el rincón más oscuro del salón, cubierta por una manta y sollozando en silencio hasta deshidratarse.
El dolor del luto era real; la sangre de Thomas todavía se sentía fresca en sus dedos en sus recuerdos, y la risa lejana de Mía y Leo retumbaba como un eco doloroso en cada rincón de aquel penthouse vacío. Vivir en un mundo donde ellos no existían era una tortura insoportable.
Al cuarto día de aislamiento total, el sonido brusco de unos golpes secos e imperiosos contra la puerta principal retumbó en todo el piso.
—¡Evana! ¡Abre esta puerta de una buena vez! —resonó la voz dura, fría y autoritaria de su padre desde el pasillo.
Evana no se movió del suelo. Mantenía la mirada fija en el vacío, con los labios agrietados y los ojos hinchados de tanto llorar.
—Tienes una reunión ejecutiva en dos horas. Deja de comportarte como una niña y abre.
Escuchar esa voz —la misma que durante toda su infancia la había sometido a un entrenamiento cruel para convertirla en una máquina de negocios— actuó como un detonante dentro de su pecho. Una chispa atravesó la densidad de su depresión.
En ese segundo, mientras las palabras despiadadas de su padre rebotaban en la puerta, la mente de Evana conectó los cables de la realidad. Si aquello no hubiera sido un sueño, si realmente había regresado diecinueve años atrás antes de tomar el control total de la compañía... significaba que la tragedia de su familia no era una pesadilla, sino un futuro inminente. Un futuro que alguien había planificado con sangre fría.
Se puso de pie despacio. Sus piernas temblaron por la falta de alimento, pero su postura se erigió recta. Se limpió las lágrimas con el dorso de la mano.
Alguien los había buscado. Alguien los había encontrado en aquel pueblo remoto. Y alguien los había masacrado a todos.
El dolor desgarrador que la había mantenido postrada en el piso mutó en una furia helada, concentrada y calculadora. Miró su reflejo en el cristal de la ventana que daba a los rascacielos de la ciudad. Si el destino le había devuelto la vida a este tiempo, no pasaría esta segunda oportunidad lamentándose en la oscuridad.
«No importa cuántos años me tome, ni a cuántas personas tenga que destruir en el camino», pensó, apretando los puños hasta que las uñas se le clavaron en la palma de la mano. «Voy a averiguar quién envió a esos hombres a mi casa. Y cuando lo descubra, desearán no haber nacido».
Evana caminó hacia el vestidor, dejó caer la manta al suelo y abrió el armario. Seleccionó un traje sastre de corte impecable, lista para vestirse de nuevo con la armadura que el mundo corporativo exigía. Su mirada ya no era la de la mujer quebrada de hace unos minutos; ahora albergaba la determinación implacable de una cazadora.
Gracias por los capítulos autora