En mi primera vida, amé a Julián con todo mi corazón.
Le entregué mi confianza, mi fortuna y hasta la casa de mi familia.
¿Y cómo me lo agradeció?
Me asesinó.
Junto a Lucía, mi supuesta mejor amiga, me hizo firmar los documentos que necesitaban y después puso veneno en mi sopa. Morí creyendo que había perdido al amor de mi vida.
Pero desperté diez años antes.
Tengo diecisiete años. Estoy de nuevo en la escuela. Mi fortuna sigue intacta y el cucaracho que me mató todavía cree que puede manipularme.
Esta vez, no.
No necesito adelgazar para ser valiosa. No necesito comprar amor. Y definitivamente no necesito salvar a un hombre que solo quiere hundirme.
Voy a recuperar mi vida, proteger mi fortuna y descubrir quién soy lejos de ellos.
Porque en esta segunda oportunidad, Julián aprenderá una verdad muy sencilla:
La heredera gordita ya no lo quiere.
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COBRO INMEDIATO
El resto de la tarde transcurrió bajo una calma tensa. Julián no volvió a dirigirne la palabra, pero su mirada clavada en la nuca me decía que su orgullo sangraba por la herida.
Al sonar el timbre de la última hora, recogí mis cosas sin prisa. Tenía una cita pendiente en la zona de casilleros.
Cuando llegué al pasillo principal, una multitud considerable de estudiantes paseaba por el área con la lentitud fingida de quienes esperan un espectáculo. La noticia del ultimátum sobre los regalos de Julián había corrido como pólvora durante el receso.
Julián ya estaba allí, parado frente a mi casillero con la mandíbula apretada y una bolsa de compras de papel en la mano. A su lado, Lucía mantenía la cabeza gacha, fingiendo una timidez afligida para ganarse la simpatía de los espectadores.
—Aquí tienes —dijo Julián en voz alta en cuanto me acerqué, lanzando la bolsa al suelo a mis pies con un gesto de soberbia estudiada—. No quiero nada que venga de ti ni un segundo más. Quédate con tus cosas.
La gente a nuestro alrededor ahogó un murmullo. Él esperaba que yo me sintiera avergonzada por el gesto brusco, pero me limité a mirar la bolsa en el piso sin mover un solo músculo.
—Levántala —dije en un tono neutro, mirándolo directamente.
—¿Qué? —pestañeó Julián, descolocado.
—Dije que la levantes y me la entregues en la mano como una persona civilizada —respondí, cruzándome de brazos—. Tú la trajiste, tú la recoges. No soy tu empleada para andar levantando la basura que tiras al suelo.
Un par de risas ahogadas resonaron entre los estudiantes del equipo de baloncesto que observaban desde la esquina.
El rostro de Julián cambió de color, pasando del pálido al rojo encendido. Sintiéndose acorralado por las miradas de todos, apretó los dientes, se agachó torpemente, recogió la bolsa y me la extendió con el brazo rígido.
Tomé la bolsa y revisé el contenido frente a él.
—Falta la tableta gráfica —dije tras una rápida inspección.
—Está en mi casa —siseó él entre dientes—. Mañana te la traigo.
—No, Julián. El plazo vence hoy —saqué mi teléfono móvil del bolsillo—. Si no está en mis manos antes de las cinco de la tarde, el chofer de mi casa irá a buscarla con una lista firmada por el abogado de mi padre. Y créeme, no quieres que mi padre se entere de cuántas cosas de valor terminaron en tu habitación bajo el título de "regalos de compromiso".
—¡Eres una neurótica! —estalló Julián, dando un paso al frente de forma amenazante—. ¡Te aprovechas de que tienes dinero para humillarme frente a todos! ¡¿Crees que a alguien le importa tu maldita tableta?!
—A mí me importa —intervino una voz desde detrás de la multitud.
Los alumnos se abrieron paso y Mateo apareció caminando a paso tranquilo. Llevaba su bolsa de deportes al hombro y una manzana en la mano. Se detuvo a medio metro de Julián, superándolo en estatura y corpulencia por varios centímetros.
—Una tableta gráfica de ese modelo cuesta lo que tú gastas en seis meses de comida, Julián —dijo Mateo con tono desinteresado, leal a su costumbre de hablar con hechos—. Si no es tuya y te la están pidiendo de vuelta, lo educado es entregarla. No armar un berrinche en el pasillo.
Julián miró a Mateo con rabia contenida.
—Tú no te metas, Mateo. Esto es entre Sofía y yo.
—Estamos en un pasillo público y estás gritando —respondió Mateo sin inmutarse, dando un mordisco a su manzana—. Además, estás tapando el paso hacia la salida.
Julián miró a Mateo, luego me miró a mí, y finalmente a la multitud que lo rodeaba. La presión social que antes usaba a su favor ahora se había vuelto completamente en su contra.
—Tendrás tu maldita tableta antes de las cinco —dijo Julián en un susurro lleno de odio.
Dio media vuelta y echó a caminar a zancadas hacia la salida, dejando a Lucía atrás. Ella se quedó parada un segundo, desorientada, antes de correr tras él llamándolo por su nombre.
Me quedé mirando el pasillo vacío por un momento. El temblor en mis manos amenazaba con volver, pero respiré hondo y mantuve la compostura.
—Gracias —le dije a Mateo en voz baja mientras me acomodaba la mochila.
—No hay de qué —respondió él, mirándome con atención—. Pero no te confíes. Los tipos como él son más peligrosos cuando se sienten acorralados.
—Lo sé —sonreí con amargura, pensando en el veneno de mi vida pasada—. Sé exactamente de lo que es capaz cuando se le acaba el dinero.
Mateo pareció notar algo en mi mirada, un destello de oscuridad que no encajaba con la chica de preparatoria que todos conocían, pero no hizo preguntas. Solo asintió levemente.
—Si necesitas que alguien te acompañe al auto, avísame.
—Estaré bien.
Salí del colegio y subí al auto blindado que mi padre había enviado para recogerme. Mientras el vehículo avanzaba por las calles de la ciudad, saqué mi teléfono y llamé directamente al asistente personal de mi padre.
—¿Señorita Sofía? —contestó la voz eficiente del secretario.
—Hola, Carlos. Necesito que hagas dos cosas por mí antes de que termine el día —dije, mirando por la ventana—. Primero, cancela la tarjeta de crédito adicional que está a nombre de Julián y que está vinculada a mi cuenta secundaria. Segundo, quiero una auditoría completa de los fondos que mi familia donó al club estudiantil el año pasado.
—Entendido, señorita. Me pondré a ello de inmediato.
Colgué la llamada y me recliné contra el asiento de piel.
Julián creía que perder su beca y devolver mis regalos era el fondo del pozo, pero no tenía idea de que la verdadera pesadilla económica apenas estaba comenzando. Mañana descubriría lo que significaba intentar mantener su estilo de vida sin el respaldo de la heredera a la que había jurado destruir.