Renzo Vittorino no es solo un líder; es la encarnación de la ley dentro de la mafia búlgara. Conocido por su frialdad quirúrgica y un código de honor inquebrantable, gobierna mediante el miedo y la eficiencia. Para Renzo, las mujeres siempre han sido accesorios temporales o herramientas políticas; nunca ha permitido que nadie interfiera en sus decisiones, manteniendo un control absoluto.
Al rastrear a un antiguo rival que le debe una suma astronómica, Renzo se enfrenta a una situación que desafía incluso su visión pragmática del mundo. Sin dinero ni bienes, el deudor ofrece su última “mercancía”: una joven mantenida cautiva en el sótano de una casa oscura.
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Capítulo 17
El trayecto de regreso a la clínica se hizo bajo un silencio sepulcral, interrumpido solo por el sonido rítmico de los limpiaparabrisas contra la neblina de la mañana.
Renzo conducía con una mano en el volante y la otra firmemente entrelazada en la de Aurora. Él conseguía sentir el pulso de ella, rápido, nervioso, como el batir de alas de un pájaro enjaulado.
Al llegar al ala privada de la clínica del Dr. Aris, el ambiente era estéril y frío. Renzo no permitió que ningún enfermero la tocase; él mismo la tomó en brazos y la acostó en la cama articulada.
El Dr. Aris entró con una bandeja de metal donde reposaban las primeras ampollas del agente desintoxicante.
Aris— Renzo, esto va a ser violento
avisó el médico, ajustando el goteo del suero.
Aris— El cuerpo de ella va a pensar que está muriendo antes de empezar a vivir.
Así que el líquido incoloro entró en el torrente sanguíneo de Aurora, el efecto fue casi instantáneo. El cuerpo de ella, habituado durante doce años a la dormancia química de Mikhail, reaccionó como si estuviese siendo quemado por dentro.
Aurora— ¡Renzo!
el grito de ella rasgó el silencio de la clínica.
Aurora— Duele... mi sangre... ¡parece fuego!
Las manos de Aurora se cerraron en garra, clavando las uñas en las sábanas. Renzo tiró el paletó para una silla y subió a la cama, posicionándose detrás de ella. Él jaló el cuerpo frágil contra su pecho macizo, prendiendo los brazos de ella con los suyos.
Renzo— Yo estoy aquí, pequeña loba. Deja que el fuego queme. Él está comiendo el Mikhail de dentro de ti
gruñó él contra el oído de ella, ignorando los arañazos que ella le infligía en los antebrazos durante los espasmos.
Las convulsiones comenzaron una hora después. El cuerpo de Aurora se arqueaba, luchando contra las amarras invisibles de la abstinencia.
Ella sudaba frío, el cabello rojizo pegado a la frente, mientras su sistema nervioso entraba en cortocircuito. Renzo la mantenía presa en un abrazo de hierro, usando su propio peso para impedir que ella se lastimase o arrancase el catéter.
Renzo— ¡Más sedativo, Aris!
ordenó Renzo, viendo la pupila de ella dilatarse de forma irregular.
Aris— ¡No puedo, Renzo! Si la sedamos ahora, el proceso de limpieza para. Ella tiene que estar despierta para que el cerebro reaprenda a procesar las señales sin el veneno
explicó el médico, visiblemente tenso.A medida que la tarde avanzaba, el dolor físico dio lugar al terror psicológico. Bajo el efecto de la desintoxicación, la mente de Aurora comenzó a fracturarse.
Las paredes blancas de la clínica, que ella no veía pero sentía, se transformaron en las paredes húmedas del sótano de Mikhail.
Aurora— Él está aquí...
susurró ella, los ojos verdes abiertos y vacíos, fijos en el techo.
Aurora— Renzo, él volvió. Yo oigo las corrientes. ¡Él va a apagar la luz otra vez!
Ella comenzó a debatirse con una fuerza sobrehumana, gritando por socorro, confundiendo el toque protector de Renzo con las manos crueles de su captor.
Renzo— ¡Aurora, mírame! ¡Oye mi voz!
pidió Renzo, segurando el rostro de ella con las dos manos, forzándola a enfocar en la dirección de él.
Renzo — El Mikhail está muerto o va a podrirse en una celda. Yo soy el Renzo. usted está en mi casa. ¡Está segura!
Pero ella no lo oía. Ella estaba inmersa en un delirio donde el olor a moho y el sonido de la bota de Mikhail arrastrándose en el suelo eran reales.
En un acto de desesperación para traerla de vuelta, Renzo pegó la frente en la de ella y comenzó a hablar, no con la voz del Capo impiedoso, sino con la voz del chico herido que él un día fuera.
Renzo— ¿Quiere saber de dónde vienen mis cicatrices, Aurora?
preguntó él, la voz baja y vibrante.
Renzo— Mi padre no era un rey, era un verdugo. Él me encerraba en una perrera con los perros de caza cuando yo fallaba un entrenamiento. Yo pasaba noches luchando por un pedazo de carne con animales que eran más humanos que él. Yo también conozco el oscuro, Aurora. Yo también conozco el sabor del miedo en el fondo de la garganta.
Aurora paró de gritar. El temblor del cuerpo de ella disminuyó ligeramente mientras la historia de Renzo perforaba la niebla del delirio.
Renzo— Yo veía a los perros comer y deseaba ser uno de ellos para no sentir la soledad
continuó Renzo, las lágrimas de Aurora mojándole los dedos.
Renzo— Pero yo no desistí. Yo maté el miedo primero, y después maté el hombre que me enseñó. usted va a hacer lo mismo. usted no va a dejar que un compuesto químico decida lo que usted ve.usted es una Vittorino ahora. Y los Vittorino no se rinden a los fantasmas.
Cerca de la medianoche, la fiebre bajó. Aurora estaba exhausta, la respiración pesada, pero los espasmos habían cesado. Renzo no había salido del lado de ella ni por un segundo.
Él estaba despeinado, con la camisa rasgada y marcas de uñas en el pecho, pero sus ojos nunca dejaron de vigilar el rostro de ella.De repente, Aurora frunció la frente. Ella movió la cabeza lentamente de un lado para el otro.
Aurora— Renzo...
murmuró ella, la voz casi sumida.
Renzo— Estoy aquí.
Aurora— Hay... hay algo diferente.
Renzo— ¿Qué siente?
preguntó él, el corazón fallando un latido.
Aurora— No es todo negro. Hay... manchas. Como si hubiese nubes blancas pasando por detrás de las párpados. Duele... arde mucho... pero hay sombras.
Renzo miró al Dr. Aris, que observaba los monitores. El médico sonrió y asintió positivamente. El bloqueo químico estaba cediendo.
Renzo— Es la luz, Aurora
dijo Renzo, la voz embargada por una emoción que él no sentía hacía décadas.
Renzo— Está comenzando a ver las sombras del mundo.
Él bajó las luces del cuarto hasta que quedaron casi inexistentes. Aurora abrió los ojos lentamente. Por primera vez en doce años, las pupilas de ella reaccionaron, contrayéndose ante el mínimo estímulo.
Ella no conseguía ver el rostro de él aún, pero veía un bulto inmenso, una sombra protectora que se inclinaba sobre ella.
Ella estendió la mano trémula y tocó el rostro de Renzo.
Aurora— usted es la mayor sombra de todas
dijo ella, con una sonrisa flaca.
Renzo— Y voy a ser la única que nunca va a abandonarte
prometió él, besándole la palma de la mano.
Renzo— Duerme ahora. Mañana, las sombras van a ganar colores. Y yo voy a estar aquí para enseñarte el nombre de cada una de ellas.
maltratado y desnutrido su cuerpo y cerebro no se dañaron ?...y ahora en un año lee planos ya me parece muy fantástico!! no es como demasiado?