CONTINUACIÓN DE POLVO Y PROMESAS Veinte años después de que Valentina y Ethan Blackwood encontraran el amor entre polvo, caballos y promesas, la historia de los Blackwood continúa. Mike Blackwood nació y creció entre los campos de su familia , no imagina una vida lejos de aquellas tierras. Alessandra es una estudiante universitaria de tercer año que llega al pueblo como parte de un intercambio académico para continuar sus estudios Inteligente, decidida y apasionada por los animales, no está dispuesta a dejarse impresionar por un cowboy engreído que parece creer que sabe absolutamente todo ( de quien lo habrá heredado?) Su primer encuentro no podría salir peor. Pero enamorarse no estaba en los planes de ninguno. Mucho menos cuando ambos están convencidos de que el otro es exactamente la clase de persona que deberían evitar. Porque algunas historias de amor comienzan con una promesa. Y otras… comienzan con una discusión. Mike Blackwood y Alessandra están a punto de descubrir que el destino también sabe ensuciarse las botas. Una nueva generación. Un nuevo amor. El mismo rancho donde todo comenzó.
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Siete días
La fecha llegó antes de lo que ambos esperaban.
Alessandra había hablado con la universidad, organizado sus cosas y finalmente tenía todo confirmado.
Le quedaba una semana.
Siete días.
Nada más.
La noticia se instaló en el rancho de una manera extraña.
No hubo grandes despedidas todavía.
No hubo lágrimas.
Ni siquiera hubo demasiadas conversaciones serias.
Pero algo había cambiado.
Todos sabían que aquella sería la última semana de Alessandra en Blackwood Ranch.
Y, aunque nadie lo decía demasiado, todos comenzaron a aprovecharla.
Valentina insistió en que Alessandra debía cenar con ellos todas las noches.
Ethan empezó a mostrarle algunos rincones del rancho que todavía no conocía.
Elliot decidió que tenía que molestarla más que nunca antes de que se fuera.
Y Rose…
Rose simplemente parecía divertirse observando a su hermano.
Porque Mike era el caso más evidente.
Desde que Alessandra había anunciado la fecha, estaba extraño.
No triste.
No exactamente.
Simplemente demasiado pendiente de ella.
—¿Ya desayunaste?
—Sí.
—¿Segura?
—Sí, Mike.
—Bueno.
Cinco minutos después:
—¿Vas a ir al establo?
—Sí.
—Voy contigo.
Alessandra levantó una ceja.
—¿No tenías que revisar la cerca del norte?
Mike se quedó callado.
—Después.
Rose, que estaba tomando su café, escondió una sonrisa detrás de la taza.
Ethan también lo había notado.
Valentina directamente ni siquiera intentaba disimular.
—Mike —dijo ella.
—¿Qué?
—Déjala respirar.
—La estoy dejando respirar.
—La acompañaste desde la cocina hasta el establo.
—Es un camino largo.
Elliot soltó una carcajada.
—Son como treinta metros.
—Exactamente. Muy peligroso.
Alessandra comenzó a reír.
Mike señaló a sus hermanos.
—No sé por qué todos están tan interesados en mi vida.
Rose respondió:
—Porque es más entretenida que la nuestra.
Esa tarde, Alessandra y Mike trabajaron juntos con los animales.
Era algo que habían hecho cientos de veces.
Pero aquella vez todo se sentía diferente.
Cada pequeño momento parecía adquirir importancia.
Cuando ella le pasaba una herramienta.
Cuando él le explicaba algo.
Cuando discutían.
Cuando se reían.
Cuando simplemente permanecían en silencio.
Alessandra observó a Mike mientras ajustaba una cerca.
—¿Qué?
Él levantó la mirada.
—Nada.
—Me estás mirando.
—Sí.
—¿Por qué?
Mike se encogió de hombros.
—Estoy intentando memorizarte.
Alessandra se quedó quieta.
—¿Memorizarme?
—Sí.
—Eso sonó demasiado romántico para ti.
Mike sonrió.
—No te acostumbres.
Ella negó con la cabeza.
—Idiota.
—Asombrosa.
Alessandra sonrió.
—Sigues con eso.
—Probablemente voy a seguir diciéndolo cuando estés en la ciudad.
Ella dejó de sonreír por un segundo.
—¿Sí?
—Sí.
—¿Y si no estoy cerca para escucharlo?
Mike apoyó los brazos sobre la cerca.
—Entonces tendrás que acordarte.
Alessandra lo miró.
Había algo en su expresión que no estaba allí antes.
Algo mucho más sincero.
—Voy a acordarme —dijo.
Esa noche, Alessandra comenzó a preparar algunas de sus cosas.
No era mucho.
Después de cinco meses había acumulado más recuerdos que pertenencias.
Una fotografía con Valentina.
Otra con Ethan, Elliot y Rose.
Una foto que había tomado de los caballos.
Un pequeño recuerdo que le había dado Rose.
Y, escondida entre sus cosas, una fotografía que Mike había tomado sin que ella se diera cuenta.
En ella, Alessandra estaba riéndose mientras intentaba alimentar a un ternero.
Mike se la había enviado semanas atrás con un mensaje sencillo:
“Te ves feliz.”
Ella nunca se la había borrado.
La miró unos segundos antes de guardarla cuidadosamente.
Después cerró la maleta.
Solo faltaban siete días.
Y por primera vez desde que había llegado al rancho, Alessandra entendió algo que le resultaba difícil aceptar.
No le daba miedo regresar a su ciudad.
Le daba miedo extrañar demasiado aquel lugar.
Y, sobre todo, extrañar demasiado a una persona.
A la mañana siguiente, Mike encontró una caja frente a la puerta de la habitación de Alessandra.
La miró.
Luego la miró a ella.
—¿Ya empezaste?
Alessandra asintió.
—Tengo que hacerlo.
Mike bajó la mirada hacia la caja.
—Parece demasiado pronto.
—Me voy en una semana.
—Precisamente.
—¿Precisamente qué?
Mike levantó los ojos.
—No quiero que esta semana pase tan rápido.
Alessandra sintió un nudo pequeño en la garganta.
—Yo tampoco.
Por un instante quedaron frente a frente.
Sin bromas.
Sin provocaciones.
Sin fingir.
Solo ellos dos.
Y siete días que, de repente, parecían demasiado pocos.
—No quiero que esta semana pase tan rápido.
Alessandra lo miró en silencio.
—Yo tampoco.
Mike bajó la mirada hacia la caja que ella estaba preparando.
Durante unos segundos pareció estar pensando en algo.
Demasiado.
Alessandra lo conocía lo suficiente como para reconocer esa expresión.
—¿Qué estás tramando?
Mike levantó la mirada.
—Nada.
—Mike.
—Estoy pensando.
—Eso dijiste ayer.
—Y sigo haciéndolo.
Alessandra sonrió.
—¿Y llegaste a alguna conclusión?
Mike apoyó un hombro contra el marco de la puerta.
—Sí.
Ella esperó.
—Nos quedan siete días.
—Ya lo sé.
—Y me parece una cantidad ridículamente pequeña.
Alessandra asintió lentamente.
—A mí también.
Mike cruzó los brazos.
—Entonces tengo una propuesta.
—Eso suena peligroso.
—Probablemente.
—¿Cuál?
Mike sonrió de lado.
—Quiero que cada día sea una cita.
Alessandra parpadeó.
—¿Cada día?
—Cada uno.
—Mike…
—Siete días. Siete citas.
Ella soltó una pequeña risa.
—¿Y desde cuándo hacemos tantas citas?
—Desde ahora.
—¿Y quién decidió eso?
—Yo.
—Ah, claro.
—Pero puedes aprobarlo.
—¿Y si digo que no?
Mike se acercó un poco.
—Entonces tendré que convencerte.
—¿Cómo?
—Todavía no lo sé.
Alessandra negó con la cabeza, divertida.
—Eres imposible.
—Pero tengo una buena razón.
—¿Cuál?
Mike la miró directamente.
—Quiero que cuando vuelvas a la ciudad no te acuerdes solamente de que me conociste en un rancho.
Alessandra sonrió.
—¿Y de qué quieres que me acuerde?
Mike hizo una pausa dramática.
—De mí.
Ella arqueó una ceja.
—Eso fue bastante directo.
—Estoy intentando aprovechar mi última semana.
Alessandra soltó una risa.
—¿Y qué tiene que ver el chico de las manzanas con todo esto?
Mike inmediatamente puso cara de ofendido.
—Precisamente.
—¿Precisamente?
—Quiero asegurarme de que cuando estés allá no te acuerdes del tonto de las manzanas.
Alessandra se echó a reír.
—¡Mike!
—¿Qué?
—¡Sigues pensando en él!
—No pienso en él.
—Acabas de mencionarlo.
—Porque tú lo mencionaste.
—Porque quería molestarte.
—Funcionó.
Alessandra sonrió ampliamente.
—Entonces estás celoso.
Mike suspiró.
—Ya admití eso hace meses.
—Es verdad.
—Pero ahora tengo un plan.
—¿Un plan?
—Siete días. Siete citas. Y ninguna tendrá manzanas acarameladas.
Alessandra se cruzó de brazos.
—¿Y si quiero una?
Mike la señaló.
—Eso sería traición.
Ella volvió a reír.
—Está bien. ¿Y cuál sería la primera?
Mike sonrió.
—Eso es secreto.
—¿Ni siquiera me vas a decir qué tengo que ponerme?
—Ropa.
—Qué información tan útil.
—Estoy lleno de detalles.
Alessandra negó con la cabeza.
—¿Y las otras seis?
—También son secretas.
—¿Me estás diciendo que durante siete días tengo que dejar que tú decidas qué vamos a hacer?
—Exactamente.
—Eso parece una mala idea.
—¿Pero vas a aceptar?
Alessandra lo observó durante unos segundos.
Después sonrió.
—Sí.
Mike pareció sorprendido.
—¿Sí?
—Sí.
—¿Así de fácil?
—No te emociones. Si una de tus citas es horrible, se termina el acuerdo.
—Acepto el riesgo.
—Y una condición.
—¿Cuál?
Alessandra se acercó un poco.
—Quiero que disfrutes tú también.
La sonrisa de Mike se suavizó.
—Eso no va a ser difícil.
Se quedaron mirándose.
Esta vez ninguno apartó la mirada.
Mike extendió una mano.
—Entonces… ¿trato?
Alessandra miró su mano y después volvió a mirarlo.
—Trato.
Ella estrechó su mano.
Mike no la soltó inmediatamente.
—Siete días —murmuró.
—Siete días.
—Y prometo hacer que valgan la pena.
Alessandra sonrió.
—Eso espero, Blackwood.
Mike sonrió de lado.
—Prepárate.
—¿Para qué?
—Para tu primera cita.
—¿Cuándo?
—Esta noche.
Alessandra abrió los ojos.
—¡¿Esta noche?!
—Te dije que no pensaba perder tiempo.
Y esta vez fue Alessandra quien se quedó riendo mientras Mike se alejaba por el pasillo, claramente satisfecho consigo mismo.
Solo había una semana.
Así que Mike Blackwood había decidido convertirla en siete recuerdos imposibles de olvidar.