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La Muñeca Del Bosque Negro

La Muñeca Del Bosque Negro

Status: En proceso
Genre:Demonios / Terror
Popularitas:143
Nilai: 5
nombre de autor: Damian Benitez

es de terror, una creepypasta

NovelToon tiene autorización de Damian Benitez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Los Que Nunca Descansaron

Los tres golpes resonaron una vez más.

Toc...

Toc...

Toc...

La vieja casa de madera crujió como si hubiera envejecido cien años en apenas unos segundos.

Samuel permanecía inmóvil, sujetando con fuerza el fragmento del espejo roto. Gabriel respiraba agitadamente mientras observaba la puerta sin parpadear.

Ninguno de los dos habló.

Entonces llegó una voz.

Era la voz de un hombre mayor.

Débil.

Con un tono de súplica.

—Padre Gabriel... soy Julián... tuve un accidente... ayúdeme...

Samuel miró al exsacerdote.

—¿Lo conoce?

Gabriel cerró los ojos durante un instante.

—Sí...

—¡Entonces tenemos que abrir!

Gabriel negó con tanta fuerza que casi perdió el equilibrio.

—Julián murió hace doce años.

Samuel sintió un vacío en el estómago.

Los golpes regresaron.

Toc...

Toc...

Toc...

La voz cambió.

Ahora era la de una mujer.

—Gabriel... por favor... tengo frío...

El exsacerdote comenzó a temblar.

Samuel observó cómo una lágrima recorría el rostro del anciano.

—Es... mi hermana...

Su voz se quebró.

—Murió cuando yo tenía diecisiete años.

Samuel comprendió entonces lo que estaba ocurriendo.

Aquella presencia no imitaba voces al azar.

Escogía a los muertos que cada persona había amado.

La puerta volvió a estremecerse.

Pero esta vez no fueron golpes.

Alguien comenzó a raspar lentamente la madera con las uñas.

Rrrrrr...

El sonido hizo que la piel de Samuel se erizara.

Gabriel caminó rápidamente hasta una estantería y sacó un pequeño frasco de vidrio

Dentro había agua bendita.

Con manos temblorosas dibujó una cruz sobre la puerta.

El ruido cesó inmediatamente.

Los dos esperaron.

Un minuto.

Dos.

Tres.

Nada.

Samuel respiró aliviado.

—Creo que se fue...

Gabriel permaneció serio.

—No.

Solo está esperando.

Cuando el amanecer iluminó las ventanas, decidieron salir.

El bosque estaba envuelto en una neblina espesa.

Samuel sintió que todo parecía demasiado silencioso.

Ni un solo pájaro.

Ni un insecto.

Solo el sonido de sus pasos sobre las hojas húmedas.

Caminaron hasta la antigua iglesia.

La puerta principal seguía abierta.

Todo estaba exactamente igual.

Las bancas.

El altar.

El crucifijo roto.

Como si los acontecimientos de la noche anterior jamás hubieran sucedido.

Samuel comenzó a dudar de sus propios recuerdos.

Hasta que encontró algo.

En el piso del pasillo central había pequeñas huellas de barro.

Las mismas que había visto en su apartamento.

Pero esta vez no pertenecían a una sola muñeca.

Había decenas.

Quizás cientos.

Entraban y salían del altar.

Como si durante la noche todo el templo hubiera estado lleno de pequeños cuerpos caminando en silencio.

Gabriel se arrodilló.

Tocó una de las huellas.

Todavía estaba húmeda.

—Anoche estuvieron aquí.

Samuel observó el altar.

Algo llamaba su atención.

La base de piedra tenía una grieta.

No recordaba haberla visto antes.

Se acercó lentamente.

Introdujo la mano.

Sus dedos tocaron algo metálico.

Tiró con cuidado.

Era una pequeña caja de hierro completamente oxidada.

Tenía grabada una fecha.

1701.

Y una frase escrita en latín.

Gabriel la tradujo en voz baja.

—"Que nadie vuelva a escuchar su nombre."

Samuel abrió la caja.

Dentro solo había tres objetos.

Una llave antigua.

Un rosario ennegrecido.

Y una carta doblada.

El papel estaba sorprendentemente bien conservado.

En la parte superior podía leerse:

"Para quien encuentre esta caja."

Samuel comenzó a leer.

"Si estás leyendo estas palabras, significa que hemos fracasado."

"Mi nombre es Esteban Salazar, sacerdote de esta parroquia."

"Fuimos demasiado tarde para salvar a la joven Isabela."

"El demonio ya había comenzado a consumir su alma."

"Sin embargo..."

"Descubrimos algo que el culto ignoraba."

Samuel intercambió una mirada con Gabriel.

Siguió leyendo.

"La muchacha sigue viva."

"No su cuerpo."

"No su voz."

"Su alma."

"Ella resiste."

Samuel sintió que el corazón comenzaba a latir con fuerza.

La carta continuaba.

"Mientras Isabela conserve un solo recuerdo de quién fue..."

"La prisión permanecerá cerrada."

"Pero llegará el día en que olvide su propio nombre."

"Cuando eso ocurra..."

"La prisión dejará de existir."

Gabriel terminó la frase en voz alta, casi sin darse cuenta.

—"...y solo quedará el demonio."

Un pesado silencio se apoderó del templo.

Samuel volvió a mirar el retrato de Isabela que llevaba en la mochila.

La joven de la pintura sonreía con tranquilidad.

Le costaba creer que aquella misma persona hubiera pasado más de tres siglos atrapada entre la porcelana y la oscuridad.

Entonces algo cayó del interior de la carta.

Era un pequeño pétalo seco.

Al tocar el suelo, se deshizo en polvo.

En el reverso había una única frase escrita con tinta roja.

"Solo la Sangre del Primer Culpable puede romper el ritual."

Samuel frunció el ceño.

—¿Quién es el Primer Culpable?

Gabriel permaneció inmóvil.

Su rostro perdió todo color.

No parecía sorprendido.

Parecía aterrorizado.

—Pensé... que esa parte de la historia se había perdido.

¿La conoce?

El anciano tardó varios segundos en responder.

Cuando finalmente habló, su voz apenas era un susurro.

—El ritual no fue realizado por desconocidos...

Samuel sintió un escalofrío.

—Entonces... ¿quiénes fueron?

Gabriel bajó lentamente la cabeza.

—Las familias más antiguas de San Rafael.

Un trueno sacudió el cielo.

El anciano continuó.

—Y algunas de ellas... siguen viviendo aquí.

En ese instante, el campanario derrumbado dejó escapar un sonido imposible.

¡Dong...!

La vieja campana, oxidada y partida por la mitad, acababa de sonar sola.

Una vez.

Luego otra.

¡Dong...!

¡Dong...!

Gabriel levantó la vista hacia la torre.

Su expresión cambió por completo.

—No...Samuel siguió su mirada.

En lo alto del campanario, bajo la lluvia, había una figura inmóvil.

Era una mujer.

Vestía un antiguo vestido azul.

Su largo cabello negro se movía con el viento.

Por un instante, Samuel sintió esperanza.

No veía a la aterradora muñeca.

Veía a la Isabela del retrato.

La joven levantó lentamente una mano, señalando hacia el bosque.

Luego movió los labios.

Solo dijo dos palabras:Encuéntrame...

Y desapareció.

Pero justo donde había estado de pie, otra silueta comenzó a formarse entre la niebla.

Era mucho más alta.

Sus ojos dorados brillaban como dos brasas encendidas.

Y una sonrisa imposible se dibujó en la oscuridad.

Azael acababa de dejar de esconderse.

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