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EL SILENCIO DE LOS COLORES ROTOS

EL SILENCIO DE LOS COLORES ROTOS

Status: Terminada
Genre:Enfermizo / Autosuperación / Mujer poderosa / Completas
Popularitas:8.7k
Nilai: 5
nombre de autor: Naibelys Perez

El silencio de los colores rotos
Sinopsis de la Obra
La vida de Valeria parecía sacada de una pasarela: a sus 25 años era una brillante diseñadora de modas, con una esbelta figura de 1.75 metros, una sonrisa contagiosa y un talento desbordante. Sin embargo, su realidad en casa era muy distinta. Estaba casada con un hombre machista de 33 años que trabajaba como chófer, con quien tenía una hermosa hija de 4 años.
El mundo de Valeria se desplomó cuando a su pequeña le diagnosticaron leucemia. En una carrera desesperada contra la muerte, la única esperanza residía en un donante compatible: su propio padre. Tras suplicarle y arrodillarse, él aceptó donar, pero la tragedia golpeó con crueldad: el día previo a la cirugía, el hombre se emborrachó con sus amigos y faltó a la cita.

NovelToon tiene autorización de Naibelys Perez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

LA FURIA DEL GLACIAR

​La frase de Esteban quedó suspendida en el aire como una chispa que cae sobre un polvorín. Por un segundo, el tiempo pareció detenerse en el estudio revestido de caoba y cristal. Pero esa fracción de segundo fue suficiente para que la máscara de hierro que Valeria había tardado diez años en construir se resquebrajara bajo el peso de una rabia volcánica.

​Una furia ciega, primaria y helada le recorrió las venas, encendiendo una chispa oscura en el fondo de sus ojos negros.

​—¿Creer que puedes venir a mi casa a jugar al psicoanalista de pacotilla? —su voz estalló, cortante, afilada como cristales rotos cayendo sobre el mármol, sin rastro de la fría elegancia de antes—. ¡Te equivocas tan miserablemente, Carvajal!

​Valeria dio un paso al frente, obligándolo a retroceder por pura inercia ante la ferocidad desatada de su postura. Ya no era la diseñadora intocable ni la empresaria glacial; era una mujer acorralada que se negaba a mostrar debilidad ante el depredador que se había atrevido a profanar su santuario.

​—¿Te crees el dueño del mundo porque tu cuenta bancaria tiene más ceros que la de cualquier otro? —espetó ella, con el pecho agitado y los dedos blancos de tanto apretar los puños a los costados—. ¿Crees que puedes comprar rutas, burlar seguridad y aparecerte aquí a recitarme frases de novela barata como si conocieras algo de mi dolor? ¡No sabes absolutamente nada de mí! ¡No sabes lo que es perder la vida entera en un segundo mientras los hombres poderosos como tú miran hacia otro lado!

​Esteban parpadeó, momentáneamente desconcertado por la explosión. La dureza de sus propias palabras pareció golpearlo al ver el fuego desatado en los ojos de la mujer que había intentado encerrar en su lógica de magnate.

​—Valeria... —intentó decir él, dando un paso en falso para calmar el temporal.

​—¡Cállate! ¡No pronuncies mi nombre! —gritó ella con una autoridad tan demoledora que hizo temblar el aire de la estancia—. ¡Escúchame bien y que no se te olvide jamás, porque te lo voy a decir una sola vez!

​Valeria se plantó frente a él, a escasos centímetros de su pecho, con el mentón en alto y la mirada fija, letal, disparando cada palabra como un proyectil directo al centro de su orgullo:

​—¡Tú no estás en tu territorio! Aquí no mandan tus millones, ni tus palacios en América Latina, ni tus jueguitos de poder corporativo. Estás en París, en mi casa, pisando el suelo que yo misma levanté sobre las cenizas de mi propia destrucción. Si te atreves a volver a cruzar esa puerta sin mi permiso, si vuelves a interferir en mis rutas, en mis contratos o en mi vida... te juro por lo más sagrado que tengo que no me importará destruir cada maldito eslabón de tu imperio industrial hasta dejarlo en bancarrota ante los tribunales internacionales. ¡Lárgate de mi vista ahora mismo!

​El eco de su advertencia resonó contra los ventanales blindados, vibrando al ritmo de la lluvia que seguía azotando el exterior.

​Esteban la miró fijamente. Lejos de enfurecerse o responder con la arrogancia que lo caracterizaba, una extraña mezcla de respeto absoluto, asombro y una fascinación casi peligrosa se dibujó en sus ojos verdes. Comprendió que no estaba frente a una simple mujer a la que podía doblegar con caprichos de millonario; estaba frente a una fuerza de la naturaleza igual a la suya.

​Sin apartar la mirada de sus ojos oscuros, Esteban retrocedió lentamente hacia la puerta del ascensor privado. No dijo una sola palabra para defenderse. Sabía que cualquier réplica en ese momento rompería la cuerda que apenas comenzaba a tensarse entre ambos.

​El zumbido mecánico indicó la apertura de las puertas. Esteban entró, se detuvo un instante en el umbral para dedicarle una última mirada cargada de una promesa silenciosa, y el panel de cristal se cerró con un clic definitivo.

​Valeria se quedó sola en medio de la inmensa sala oscura. Las manos le temblaban ligeramente, no de miedo, sino por la descarga monumental de adrenalina. Respiró hondo, cerrando los ojos por un segundo mientras el eco de sus propias palabras aún flotaba en el aire: el león había sido expulsado, pero la guerra entre ambos no había hecho más que empezar.

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Märyoli Paülino
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