Todo comienza con una amistad entre un chico y una chica que son mejores amigos. Ella guarda un secreto: está profundamente enamorada de él, pero él tiene novia. Cada vez que habla de ella, la chica siente celos, aunque intenta disimularlos para no perder su amistad. Él asegura amar a su novia y jamás imagina lo que ocurre en el corazón de su mejor amiga. Sin embargo, pasan cuatro años y sus sentimientos comienzan a cambiar. Poco a poco, descubre que siente algo especial por ella. Cuando finalmente comprende que está enamorado de su mejor amiga, quizá sea demasiado tarde.
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Capítulo 10 La llamada que me paralizó
Salí de mi casa con una sola cosa en la cabeza: regresar al hospital.
Mi papá no estaba, así que vi el carro estacionado afuera.
Me quedé mirándolo unos segundos.
—Uy, mi papá me va a matar…
Pero no tenía tiempo para pensar demasiado.
Agarré las llaves que había dejado sobre la mesa y me subí.
Yo sabía perfectamente que estaba tomando el carro sin permiso y que, cuando regresara, probablemente me iba a tocar aguantarme una buena regañiza.
—Después miro cómo le explico —murmuré.
Encendí el carro y salí.
Durante el camino intenté no acelerar demasiado, pero la preocupación me ganaba.
Miraba el celular cada cierto tiempo, aunque sabía que no debía hacerlo mientras manejaba.
Cuando llegué a un semáforo, lo miré.
Tenía 20 llamadas perdidas.
Todas eran de Yuliana.
Sentí un frío por todo el cuerpo.
—¿Qué pasó?
No esperé más.
Me estacioné a un lado de la vía y la llamé.
Contestó casi inmediatamente.
—¡Steven!
—Señora Yuliana, dígame qué pasó.
Escuché su respiración agitada.
—Mijo…
—¿Qué pasó?
—Valeria se puso mal otra vez.
Apreté el volante con fuerza.
—¿Cómo que se puso mal?
—Los médicos estaban con ella. Empezó a presentar una dificultad respiratoria muy fuerte.
—¿Dónde está?
—En la habitación.
—¿Qué tiene?
Yuliana comenzó a llorar.
—Steven…
—Señora, por favor, dígame.
—Entró en paro.
Sentí que el mundo se me vino encima.
—¿Qué?
—Entró en paro cardiorrespiratorio. Los médicos están intentando estabilizarla.
Me quedé completamente paralizado.
—No…
Miré hacia el frente sin saber qué hacer.
—Señora Yuliana, ¿qué significa eso?
—Su corazón dejó de funcionar normalmente y dejó de respirar por sí misma. Los médicos están haciendo todo lo necesario.
Mis manos comenzaron a temblar.
—¿Está viva?
—Sí, mijo. Están intentando reanimarla.
Sentí que los ojos se me llenaban de lágrimas.
—No, no, no…
Apreté el volante con tanta fuerza que sentí dolor en las manos.
—¿Puedo verla?
—Ahora mismo no. No dejan entrar a nadie.
—Voy para allá.
—Manejá con cuidado.
—Sí.
Colgué.
Me quedé unos segundos dentro del carro tratando de respirar.
No podía creerlo.
Valeria había estado estable.
Yo acababa de irme del hospital apenas unas horas.
Y ahora estaba luchando por su vida.
—Aguantá, princesa —dije con la voz quebrada—. Por favor, aguantá.
Volví a arrancar.
Esta vez manejé con cuidado. Ya no me importaba llegar dos minutos antes. No podía cometer una imprudencia por estar desesperado.
Cuando llegué al hospital, estacioné y entré corriendo.
—¡Valeria!
Llegué hasta urgencias.
Yuliana estaba en el pasillo, llorando.
Cuando me vio, vino hacia mí.
—Steven…
—¿Cómo está?
—Los médicos siguen con ella.
—¿Todavía?
Yuliana asintió.
—Sí.
—¿Desde hace cuánto?
—No sé… siento que ha pasado una eternidad.
La abracé.
—Va a salir.
—Eso espero.
Nos quedamos abrazados unos segundos.
Después escuchamos movimiento detrás de la puerta.
Personal médico entraba y salía rápidamente.
Yo no podía dejar de mirar.
—Señora Yuliana…
—¿Sí?
—¿Ella puede sobrevivir?
Yuliana comenzó a llorar nuevamente.
—Los médicos están haciendo todo lo posible.
—Entonces va a salir.
Lo dije como si fuera una promesa.
—Tiene que salir.
Me senté en una silla.
No podía dejar de mover la pierna.
Miraba el reloj.
Un minuto.
Dos.
Cinco.
Diez.
Cada segundo parecía eterno.
Finalmente, una doctora salió.
Yuliana se levantó rápidamente.
—Doctora, ¿cómo está mi hija?
La doctora respiró profundamente.
—Logramos recuperar su circulación y estabilizarla por ahora.
Sentí que me faltaba el aire.
—¿Está viva? —pregunté.
—Sí.
Cerré los ojos y solté el aire que estaba conteniendo.
—Gracias a Dios.
La doctora continuó:
—Pero sigue delicada. Necesitamos mantenerla monitorizada y controlar muy de cerca su respiración y su corazón.
Yuliana asintió.
—¿Puedo verla?
—En unos minutos. Primero necesitamos terminar algunos procedimientos.
Yo miré hacia la puerta.
—¿Y yo?
La doctora me observó.
—Por ahora espere aquí. Cuando sea posible, les diremos.
Asentí.
Me senté nuevamente.
Entonces recordé algo.
El carro de mi papá.
—Uy… mi papá me va a acabar cuando se entere.
Pero, sinceramente, en ese momento eso era lo último que me importaba.
Mi único pensamiento era Valeria.
Mi princesa seguía luchando.
Y yo no estaba dispuesto a irme del hospital.