Hay lugares que nunca se olvidan. Para Rubi, aquel pequeño pueblo siempre había sido el lugar al que regresaba cada verano. El rancho de sus abuelos, los mismos caminos de tierra, los caballos, las tardes interminables y una familia que prácticamente había crecido junto a la suya. Y luego estaba él. Wyatt Carter. Durante años fue simplemente el hermano mayor de su mejor amigo. El cowboy que siempre parecía estar cubierto de polvo, que sabía montar cualquier caballo y que tenía la extraña costumbre de aparecer justo cuando ella estaba a punto de meterse en problemas. Pero han pasado años desde el último verano. Y algunas cosas cambiaron. Ella no esperaba volver a encontrar el pueblo exactamente como lo había dejado. Mucho menos esperaba que Wyatt tampoco fuera el mismo. Porque quizás regresar al lugar donde comenzó todo no sea tan sencillo como recordar viejos veranos. Y quizás este verano tenga algo que ninguno de los dos estaba preparado para enfrentar.
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Donde todo comenzó
Rubí permaneció inmóvil en el porche.
El papel seguía escondido detrás de su espalda.
Wyatt estaba a unos metros, junto a la camioneta, con una mano apoyada sobre la puerta. El viento movía ligeramente los árboles que rodeaban la propiedad, pero ninguno de los dos parecía tener prisa por romper el silencio.
—¿Qué tienes ahí? —preguntó él.
Rubí apretó el papel entre los dedos.
—Nada.
Wyatt arqueó una ceja.
—¿Nada?
—Una flor.
—La flor la veo.
Rubí miró la pequeña flor que había dejado sobre la baranda.
—Entonces ya sabes qué es.
—Me refiero al papel.
—Es… una nota.
—Eso también lo imaginé.
Rubí sintió que empezaba a ponerse nerviosa.
—¿Por qué te interesa tanto?
Wyatt comenzó a caminar hacia ella.
Un paso.
Luego otro.
Rubí no retrocedió, aunque una parte de ella quería hacerlo.
—Porque parece que alguien te está dejando cosas.
Ella lo miró fijamente.
—¿Y cómo sabes eso?
Wyatt se detuvo frente a ella.
—Porque ayer vi el papel que tenías.
Rubí abrió ligeramente los ojos.
—¿Me viste?
—Cuando saliste al jardín.
—¿Y por qué no dijiste nada?
—Porque pensé que querías mantenerlo en secreto.
Rubí tragó saliva.
—¿Y ahora?
—Ahora tengo curiosidad.
—Pues tendrás que quedarte con ella.
Wyatt sonrió de lado.
—Sigues siendo igual de terca.
—Y tú sigues creyendo que puedes conseguir lo que quieres.
—No siempre.
La respuesta la tomó desprevenida.
Rubí bajó la mirada hacia el papel.
—¿Sabes quién los está dejando?
Wyatt tardó unos segundos en responder.
—Tal vez.
Rubí levantó inmediatamente los ojos.
—¿Tal vez?
—Conozco a casi todo el mundo en Blackwood.
—Eso no significa que sepas quién es.
—No.
—Entonces no sabes.
—No dije eso.
Rubí entrecerró los ojos.
—Estás jugando conmigo.
—Un poco.
—Wyatt.
Él soltó una pequeña risa.
—Está bien.
Se inclinó ligeramente hacia ella.
—Si quieres saber quién los deja, tendrás que descubrirlo.
—¿Y tú no vas a ayudarme?
—Quizás.
—Eres desesperante.
—Me lo han dicho.
Rubí lo observó unos segundos.
Había algo en su mirada.
Una tranquilidad demasiado sospechosa.
Como si supiera más de lo que estaba dispuesto a admitir.
—¿Fuiste tú?
La sonrisa de Wyatt desapareció.
Por primera vez parecía realmente sorprendido.
Rubí sintió que el corazón le latía con fuerza.
—¿Qué?
—Los poemas.
Wyatt no respondió inmediatamente.
El viento movió un mechón de cabello de Rubí y ella tuvo que apartarlo de su rostro.
—¿Por qué piensas que fui yo?
—La letra.
—¿Reconoces mi letra?
—No.
—Entonces…
—La vi en una fotografía.
Wyatt bajó la mirada por un instante.
—¿Qué fotografía?
Rubí recordó la caja que había encontrado detrás de la casa.
—Una antigua.
Él levantó la mirada nuevamente.
—¿Dónde la encontraste?
—En el jardín.
Wyatt guardó silencio.
Aquello confirmó algo.
Rubí lo notó.
—Sabes de qué fotografía hablo.
Wyatt respiró profundamente.
—Rubí…
—¿Fuiste tú?
Él dio un paso hacia ella.
Ahora estaban tan cerca que Rubí tuvo que levantar ligeramente el rostro para mirarlo.
—Si hubiera sido yo —dijo Wyatt en voz baja—, ¿qué harías?
Rubí se quedó sin respuesta.
No esperaba esa pregunta.
—No lo sé.
—¿Te molestaría?
—No.
—¿Te gustaría?
Rubí abrió la boca, pero ninguna palabra salió.
Wyatt sostuvo su mirada.
Durante unos segundos, el mundo pareció reducirse a aquel pequeño espacio entre los dos.
Entonces él levantó una mano y señaló el papel que Rubí todavía escondía.
—Léelo.
—¿Por qué?
—Porque ya tienes demasiadas preguntas.
—Y tú demasiadas respuestas.
—Quizás.
Rubí bajó la mirada hacia la nota.
—¿De verdad no vas a decirme quién es?
Wyatt sonrió suavemente.
—Todavía no.
Y se apartó.
Rubí lo observó caminar hacia la camioneta.
—¡Wyatt!
Él se volvió.
—¿Sí?
—Eres un cobarde.
La sonrisa de él se hizo más grande.
—Eso tampoco me lo habían dicho.
Subió a la camioneta y arrancó.
Rubí permaneció en el porche hasta que el vehículo desapareció por el camino.
Solo entonces volvió a mirar el papel.
Lo abrió.
Esta vez sí iba a leerlo.
Pero apenas vio las primeras palabras, su expresión cambió.
No era otro poema.
Era una sola frase.
«*Si quieres saber quién soy, vuelve al lugar donde comenzó todo.»*
Rubí frunció el ceño.
Miró hacia el camino.
Después hacia el viejo granero.
Y finalmente hacia el lago, visible a lo lejos entre los árboles.
El verano apenas comenzaba.
Y, de repente, Rubí sintió que alguien estaba invitándola a seguir una historia que había comenzado mucho antes de que ella regresara.