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Capítulo 23
Capítulo 23: Ron y Secretos
Cami me lanzó un vestido a la cara.
—Nos vamos —dijo mientras se pintaba los labios frente al espejo del baño—. Y no acepto un no.
—Es viernes, Cami. Quiero dormir.
—Es viernes, Val. Por eso mismo nos vamos.
Me quedé mirando el vestido. Negro, corto, con tirantes delgados que se iban a caer cada tres minutos. Típico de Cami: elegir ropa pensando en cómo se veía, no en si era funcional.
—¿A dónde? —Pregunté sin moverme de la cama—.
—Un bar cerca del campus. Se llama La Negra. Abrieron hace poco, dicen que los cócteles están brutales y la comida está barata. —Se volteó hacia mí con esa sonrisa que significaba que ya había decidido por las dos—. Anda. Te mereces un ron después de la semana que tuviste.
No podía discutir con eso.
La semana había sido una mierda. Tres exámenes parciales, un proyecto en equipo donde hice todo yo sola, y las mañanas corriendo con Renato que me dejaban las piernas temblando hasta el mediodía.
Renato.
No. No iba a pensar en él un viernes por la noche.
Me puse el vestido.
La Negra era exactamente lo que esperaba: un local chiquito metido entre una papelería y una tintorería, con luces de neón moradas por fuera y música de reggaetón viejo por dentro. Olía a limón, a grasa de cocina y a cerveza derramada. Las mesas eran de madera sin barnizar y las sillas no hacían juego entre sí.
Me encantó.
—¡Aquí! —Cami acercó una mesa cerca de la barra—. Pide tú mientras voy al baño.
Me senté y miré el menú plastificado. Alitas. Papas con queso. Empanadas de carne. Panecillos rellenos. Todo costaba la mitad de lo que cobrarían en cualquier otro bar del centro. Entendía por qué le gustaba a los universitarios.
—Buenas noches, ¿qué vas a ordenar? —El mesero era un joven delgado con delantal negro y cara de sueño—.
—Dos vasos de ron con mezcla. Y unas papas con queso y ajíes. —Pensé un segundo—. Y unos panecillos. Y carne guisada.
El mesero levantó la ceja.
—¿Todo eso para dos?
—Tengo hambre. —Dije sin más explicación—.
Se fue hacia la cocina.
Y entonces lo vi.
Por la ventanita rectangular que daba a la cocina — esa abertura por donde pasan los platos — vi un par de manos que recibían la orden. Manos grandes. Dedos largos. Un antebrazo con una vena que yo conocía demasiado bien porque la había visto tensarse mientras hacía lagartijas a las seis de la mañana.
Renato Solís estaba en la cocina de La Negra.
Tenía un delantal salpicado de grasa, el pelo recogido con un elástico —no, con MI elástico, el elástico negro que le presté la semana pasada cuando el pelo le caía sobre los ojos mientras corríamos — y estaba cargando una torre de platos sucios hacia el fregadero.
Se movía rápido. Eficiente. Como si hubiera hecho esto mil veces. Acomodó los platos, abrió la llave, y empezó a tallar con un estropajo verde mientras con la otra mano organizaba los vasos por tamaño.
«Otro trabajo.»
«¿Cuántos lleva?»
El puesto de carne a la parrilla de don César. Las mañanas repartiendo botellones de agua que mencionó una vez sin darse cuenta. Y ahora esto.
Algo se me apretó en el pecho. No era lástima. La lástima la habría insultado y él la habría rechazado con esa cara de piedra que ponía cuando alguien se le acercaba demasiado. Era otra cosa. Algo que no tenía nombre todavía y que me daba miedo buscarle uno.
Cami regresó del baño.
—¿Qué pediste? —Se sentó y agarró el menú—. Ay, ¿tienen panecillos? Amo los panecillos.
—Ya pedí. —Dije sin quitar los ojos de la ventanita de la cocina—.
—¿Qué miras?
—Nada. Las luces de ahí atrás están chidas.
Mentí. Mentí porque si le decía "Renato está lavando platos en la cocina", Cami voltearía, haría un escándalo, y él se daría cuenta de que lo vi. Y yo sabía — con una certeza que me llegaba desde algún lugar muy dentro del pecho — que ser visto ahí le dolería.
Así que me callé.
Pero cambié de silla.
Me senté del lado que daba directo a la ventanita. Desde ahí podía ver cada vez que él pasaba cargando platos, cada vez que se limpiaba el sudor de la frente con el dorso de la mano, cada vez que alguien de la cocina le gritaba una orden y él asentía sin hablar.
Cami no notó nada. Estaba ocupada tomándose fotos con el ron.
Los vasos de ron llegaron. La mezcla estaba buena, picante, con un toque de naranja que te dejaba la lengua caliente. Cami pidió otros dos antes de que terminara el primero.
—Por sobrevivir los parciales. —Alzó su vaso—.
—Por no matarte cuando me dejaste todo el proyecto de Comunicación. —Choqué el mío contra el suyo—.
—¡Oye! Yo hice la portada.
—La portada.
—Con diseño bonito y todo —dijo con cara de ofendida antes de soltar la carcajada—.
Nos tomamos el ron de un trago. El calor me bajó por la garganta y se me instaló en el estómago como una fogata chiquita.
La comida llegó. El mesero puso todo en la mesa y apenas cabía. Papas cubiertas de queso y ajíes. Panecillos crujientes rellenos de carne. Un guiso con caldo rojo y espeso. Me serví una porción y al probarla casi gemí.
—Está increíble. —Dije con la boca llena—.
—¿Verdad? Te dije que este lugar era bueno.
Comí. Pero mis ojos iban a la ventanita cada treinta segundos.
Renato pasó con una olla enorme. Renato pasó con un trapo sobre el hombro. Renato pasó y se detuvo un momento frente a la ventanita y nuestras miradas se cruzaron.
Se congeló.
Fue un segundo. Tal vez menos. Pero vi cómo algo se le rompía en la expresión. No era enojo. No era sorpresa. Era vergüenza. Pura y directa, como un golpe seco en el pecho. Los ojos se le oscurecieron y la mandíbula se le tensó y apartó la mirada tan rápido que fue como si me hubiera quemado.
Desapareció de la ventanita.
No volvió a pasar por ahí en los siguientes diez minutos.
«Está evitando que lo vea.»
Pedí otro ron. Me lo tomé sin mezcla. Necesitaba que el ardor me distrajera del nudo que se me estaba formando en la garganta.
Cami iba por su cuarto ron y ya se reía de todo. Se reía de las canciones, del mesero, de un video que le mandaron por WhatsApp, de mí porque según ella tenía "cara de querer pelear con alguien".
—No tengo cara de nada. —Dije—.
—Tienes cara de perra enojada, Val. Desde hace rato. ¿Qué te pasa?
—Nada. Es el ron.
—El ron te pone contenta, no así.
Me conocía demasiado bien. Maldita Cami y su capacidad de leerme incluso borracha.
—Estoy cansada, es todo.
—Bueno, pues entonces relájate. Mira, esa canción me gusta. —Se paró de la silla y empezó a bailar en su lugar, moviendo las caderas con esa soltura que yo jamás iba a tener—.
Sonreí a pesar de todo. Cami era así. Luz pura. El tipo de persona que entraba a un cuarto y todo se sentía menos pesado.
Entonces el tipo se acercó.
Era grande. Más alto que yo, ancho de hombros, con cara roja de alguien que lleva horas bebiendo. Tenía una camisa de cuadros desabotonada hasta la mitad del pecho y los ojos vidriosos. Se paró justo al lado de Cami, tan cerca que ella dejó de bailar.
—Oye, mamacita. ¿Bailas conmigo o qué?
Cami dio un paso atrás.
—No, gracias. Estoy con mi amiga.
—Vamos, no seas mala. Nada más una canción. —Le puso la mano en la cintura—.
Cami se quitó la mano de encima.
—Te dije que no.
—No te hagas la difícil, güerita. —El tipo se rio como si fuera un chiste. Se acercó más. Le agarró el brazo—.
Algo me explotó adentro.
Me paré de la silla tan rápido que la tiré. Caminé hacia ellos con los puños cerrados y el corazón golpeándome las costillas. No pensé. No calculé. Solo sabía que ese idiota estaba tocando a mi mejor amiga y que eso no iba a pasar.
—Suéltala. —Dije y mi voz salió baja, firme, peligrosa de una manera que ni yo reconocí—.
El tipo me miró. Sonrió. Esa sonrisa asquerosa de hombre que no se toma en serio a una mujer enojada.
—Cálmate, flaquita. Es entre ella y yo.
Abrí la boca para responder, para decirle exactamente cuántos huesos le iba a romper si no quitaba sus manos de Cami, pero no me dio tiempo.
Una mano salió de la nada y agarró la muñeca del tipo.
Renato.
Todavía traía el delantal salpicado. Tenía un plato roto pegado al pantalón, como si hubiera salido tan rápido que se llevó algo por delante. El pelo se le había soltado del elástico y le caía sobre un ojo. Y la mano con la que sostenía la muñeca del borracho — Dios mío — la apretaba con una fuerza que le estaba poniendo blancos los nudillos.
El tipo intentó retirar el brazo. No pudo.
—¿Qué te pasa, idiota? ¡Suéltame!
Renato no dijo nada. Solo apretó más.
El tipo se dobló. Las rodillas se le aflojaron y cayó con una de ellas al suelo, haciendo una mueca de dolor. Renato lo tenía agarrado con una sola mano y ni siquiera parecía esforzarse. Su cara estaba perfectamente en blanco. Sin emoción. Sin rabia visible. Solo esos ojos oscuros clavados en el borracho como si estuviera decidiendo si quebrarlo o soltarlo.
—La señorita dijo que no. —Su voz salió tranquila. Helada. Sin un gramo de duda—. ¿O necesitas que te lo explique de otra forma?
El bar se quedó en silencio. La música seguía pero nadie hablaba. Todos miraban.
El tipo balbuceó algo. Renato lo soltó. El borracho se agarró la muñeca, se paró a tropezones y se fue hacia la puerta sin mirar atrás.
Silencio.
Cami tenía los ojos enormes. Me miró a mí. Miró a Renato. Volvió a mirarme.
—¿Qué?.. acaba...?
Renato se dio la vuelta sin decir nada. Vi la tensión en sus hombros, la rigidez en su espalda. Caminó de regreso hacia la cocina. Pero antes de entrar, se detuvo. Giró la cabeza apenas lo suficiente para verme de reojo.
Un segundo.
Después desapareció por la puerta de la cocina.
—Val. —Cami me agarró del brazo—. ¿Ese era Renato? ¿TU Renato?
—No es mío, Cami.
—¿El de la carrera? ¿El que te obliga a correr a las seis de la mañana? ¿Trabaja aquí?
—Aparentemente.
—¿Y acaba de... partirle la muñeca a un tipo por mí?
—No se la partió. Solo se la apretó.
—Val, lo puso de rodillas con una mano. UNA MANO.
Sí. Lo vi. Vi cada segundo. Vi cómo le marcaban las venas del antebrazo. Vi cómo ni siquiera alteró la respiración. Vi cómo sus ojos se quedaron muertos de emoción mientras controlaba a alguien que le sacaba treinta kilos.
Y vi cómo, antes de irse, me miró a mí.
No a Cami. A mí.
«Estaba protegiendo a mi amiga.»
«¿Desde cuándo Cami también es suya para protegerla?»
El pensamiento me cruzó la cabeza y se me quedó ahí, clavado, como una espina que no podía sacarme.