Alessia Castelli nació para obedecer. Hija de una de las familias mafiosas más poderosas de Italia, jamás ha podido decidir sobre su propia vida. Ni a quién amar. Ni con quién casarse. Ni siquiera qué sueños perseguir.
El día de su boda arreglada, todo cambia cuando es secuestrada por Fabiano Conti, el temido líder de la organización rival. Para él, Alessia no es más que la única pieza capaz de devolverle a la persona que más ama.
Mientras una guerra entre familias amenaza con desatarse, ambos descubren que existen prisiones mucho peores que una habitación cerrada. Ella jamás ha conocido la libertad. Él hace mucho tiempo que olvidó cómo se siente vivir sin culpa.
Entre amaneceres frente al Mediterráneo, pequeños actos de rebeldía y decisiones que nunca antes les permitieron tomar, Alessia y Fabiano comenzarán a cuestionar todo aquello para lo que fueron criados.
Porque, a veces, el enemigo no es quien te roba la libertad... Sino quien te enseña, por primera vez, cómo se siente tenerla.
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Síndrome de Estocolmo reverso
Fabiano
Vuelvo a mi oficina y mis ojos van directo al pequeño florero.
Primero las flores y ahora los muffins.
Son dos pequeños gestos, pero que expresan mucho más de lo que me está diciendo.
Alessia se preocupa por mí.
—Se te está saliendo de las manos —dice Mattheo a mi espalda—. La chica Castelli está desarrollando sentimientos por ti.
—No… Es el síndrome de Estocolmo —repito la misma frase que la escuché decir muchas veces mientras paso mis dedos por las flores.
—No lo creo, Fabiano. Y sí lo está, tú estás sufriendo de una clase de síndrome de Estocolmo reverso, o alguna mierda similar. Te gusta.
Me giro para enfrentarlo, preparado para negarlo, pero las palabras no salen de mi boca.
—Mierda —mascullo cuando entiendo que mi amigo tiene razón.
Alessia me gusta.
—Es linda, no lo negaré. Pero fue un beso, Fabiano. Solo un beso —dice y su boca se abre cuando ve la verdad en mis ojos—. No fue solo un beso —declara molesto—. ¿Te la follaste?
—No… Sí… No como crees. Sigue siendo virgen si esa es tu pregunta.
Su rostro se endurece.
—Maldita sea, Fabiano. Te dije que no te volvieras a acercar a ella —sisea—. ¡Tienes que entregarla si quieres volver a ver a Cloe!
—Lo sé. ¡¿Crees que no lo sé?!
—No lo parece. Lo que parece es que ya no te importa una mierda tu hermana —masculla y siento como si me hubiese dado un golpe en mi plexo solar—. ¡Lo único que te importa es esa mujer!
Me levanto furioso y pego mi pecho contra el suyo.
—Cloe es lo más importante en mi vida.
—Si te dijera que tienes que entregar a Alessia ahora mismo para recuperar a Cloe, ¿lo harías? —Un frío baja por mi espalda cuando pienso en esa posibilidad—. ¿Ves? Por eso te dije que te mantuvieras alejado de ella. Lo único que estás haciendo es provocarte un dolor en el futuro.
—No me importa.
—Y no solo a ti. A ella también. ¿Cómo crees que se sentirá cuando Lucio la obligue a casarse? ¿Cómo crees que se sentirá cuando otro la esté follando?
—Mattheo… —siseo.
—¿Cómo? —insiste—. Si desarrolla sentimientos por ti su vida será un infierno —dice y sé que tiene razón—. Si tanto te importa deberías mantenerte alejado de ella, pero sé que no lo harás. Eres demasiado egoísta para eso.
—¿Te gusta Alessia? —pregunto furioso al mismo tiempo que vuelvo a golpear su pecho con el mío—. ¡Respóndeme!
—¿Celos? ¿En serio? —pregunta viéndose decepcionado—. Pensé que nuestra amistad estaba por encima de cualquier mujer, veo que me equivoqué.
—¿No vas a responderme?
—No. Piensa lo que quieras —espeta—. Seguiré trabajando para recuperar a Cloe, porque sé que soy el único que quiere recuperarla —masculla antes de salir de mi oficina.
Mierda.
Estoy haciendo todo mal.
Mattheo tiene razón.
Lo único que debe preocuparme es recuperar a mi hermana… Y sin embargo… no puedo dejar de pensar en Alessia.
En su sonrisa.
En su inocencia.
En su belleza.
En todo lo que ella es.
Suspiro.
Me gusta.
Negarlo ahora sería absurdo.
Me gusta más de lo que probablemente podré admitir delante de alguien… y es por eso mismo que debo alejarla.
Quiero que cuando vuelva a su vida no extrañe esto. No si eso la condenará a una vida infeliz.
Quiero su libertad… quiero su felicidad… Y si para dársela tendré que alejarme, lo haré.
Por ella lo haré.
Aunque me destroce en el intento.
*****
No vuelvo a salir de mi despacho en toda la tarde.
Cuando necesito café, uno de mis hombres lo trae.
Cuando necesito firmar documentos, los suben.
Cuando necesito respirar, simplemente abro la ventana.
Todo con tal de no cruzarme con Alessia.
Un golpe suave en la puerta detiene mi pluma.
—¿Fabiano?
Cierro los ojos.
No respondas.
—¿Estás ocupado?
Sí. Con la tarea más difícil de toda mi maldita vida: No abrir esa puerta.
—Hice... otro intento con los muffins. —Mi pecho se contrae—. No explotaron esta vez.
Una pequeña sonrisa amenaza con aparecer. La aplasto antes de que nazca.
Me quedo en completo silencio.
—¿Fabiano?
Sus pasos no se alejan.
Permanecen al otro lado de la puerta. Esperando.
Luego escucho el giro de la manilla. Pero la puerta no se abre. Puse el seguro después de mi conversación con Mattheo, necesitando poner una distancia entre Alessia y yo.
La manilla vuelve a moverse una vez más. Después otra. Como si no quisiera aceptar que esta vez la puerta no va a abrirse.
—¿Fabiano? —pregunta mucho más bajito.
Aprieto los dedos alrededor de la pluma.
Vamos, Less.
Vete.
Por favor.
No hagas esto más difícil.
Del otro lado ya no habla.
Solo permanece allí.
Durante un minuto. Quizá dos.
Hasta que finalmente escucho sus pasos alejándose por el pasillo.
El silencio que deja detrás pesa mucho más que su voz.
*****
No ceno.
No trabajo.
No leo.
No hago absolutamente nada.
Solo miro una hoja durante horas sin ser capaz de recordar qué estaba escribiendo.
Cuando el reloj marca pasada las tres de la mañana, me doy por vencido.
No puedo seguir encerrado aquí.
Salgo del despacho procurando no hacer ruido.
Toda la casa duerme.
Camino por el pasillo como un ladrón. Un ladrón que viene a robar cinco minutos de paz.
Me detengo frente a su puerta.
No debería entrar. Debería volver a mi habitación.
Debería dar media vuelta y olvidarme de ella.
Mi mano baja sola hasta la manilla y la puerta se abre lentamente.
La habitación está iluminada únicamente por la luz de la luna.
Alessia duerme hecha un ovillo.
Todavía lleva puesto mi enorme sweater.
Abraza una almohada contra su pecho.
Me acerco despacio.
Tiene los ojos ligeramente hinchados, como si hubiera llorado.
El estómago se me revuelve.
¿Lloró por mí?
No.
No puedes hacerte esa pregunta.
No tienes derecho.
Me siento en el borde de la cama sin despertarla.
Un mechón rubio cubre parte de su rostro. Lo aparto con muchísimo cuidado.
Ella suspira. Después vuelve a acomodarse, pero no despierta.
—Lo siento, Less... —murmuro tan bajo que ni yo mismo estoy seguro de haber hablado.
Ella suspira en sueños y vuelve a abrazar la almohada.
Aprieto la mandíbula.
Ojalá pudiera odiarte.
Todo sería muchísimo más fácil.
No sabes cuánto desearía que las cosas fueran diferentes.
Mi mirada recorre su rostro dormido.
Mañana volveré a ignorarla. Volveré a mantener la distancia. Volveré a convencerme de que es lo correcto.
Pero esta noche... Esta noche solo necesito asegurarme de que sigue aquí.
De que sigue respirando.
De que todavía puedo verla una vez más antes de obligarme a dejarla ir.
Me obligo a levantarme.
Retrocedo un paso, luego otro.
Ella no despierta, gracias a Dios.
Porque si me hubiera pedido que me quedara... No sé si habría sido capaz de volver a marcharme.
los niños iguales a Fabiano 🥰
construyeron una familia antes de casarse
Yesenia te felicito por otra historia excelente
Gracias 🌷