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Ni de rodillas te perdono

Ni de rodillas te perdono

Status: Terminada
Genre:Mujer poderosa / Venganza / Venganza de la protagonista / Venganza de la Esposa / Juego de roles / Completas
Popularitas:964
Nilai: 5
nombre de autor: Leslie Michelle Gonz

Renata Linares pasó tres años en prisión por un crimen que jamás cometió. Maximiliano Bracamonte, el hombre al que amaba, creyó las mentiras de Bianca Sáenz, le destrozó la muñeca, la llamó asesina y la entregó a la policía por un supuesto aborto que nunca existió.
Cuando Renata recupera la libertad, ya no es la joven dispuesta a soportarlo todo por amor. Su abuelo le dejó el control de Grupo Linares y una oportunidad para recuperar el apellido, la fortuna y la dignidad que le arrebataron.
Mientras Renata reconstruye su imperio y reúne las pruebas para limpiar su nombre, las mentiras de Bianca empiezan a derrumbarse. El embarazo fue una farsa. El accidente que unió a Maximiliano con ella también. Incluso la mujer que le salvó la vida años atrás no fue Bianca, sino Renata.
Cuando Maximiliano descubre la verdad, ya es demasiado tarde. La mujer que destruyó por confiar en la persona equivocada ya no lo necesita.
Ahora él está dispuesto a enfrentarse a su familia, renunciar a su poder y arriesgar la vida para recuperarla. Pero Renata no salió de prisión para volver a ser la mujer que lo perdonaba todo.
Esta vez, Maximiliano tendrá que demostrar que su arrepentimiento vale más que sus palabras.
Y Bianca todavía guarda una última mentira capaz de acabar con ambos.

NovelToon tiene autorización de Leslie Michelle Gonz para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 16

Capítulo 16: La pulsera del abuelo

Desperté esa mañana sin saber nada de redes ni de sombras ajenas. Lo único que tenía en la cabeza era la promesa que me había hecho la noche anterior: por fin iba a ordenar el cuarto de mi abuelo, el que nadie había tocado desde su muerte, el que tío Raúl había mantenido cerrado con llave como si ahí adentro guardara algo que temiera que yo viera.

Llevaba apenas unas semanas durmiendo otra vez bajo ese techo, en la mansión que había sido de mi abuelo y que ahora, después de la rueda de prensa y del escándalo contable de tío Raúl, volvía a llevar mi apellido con todas sus letras. Pero un techo recuperado no era lo mismo que una memoria intacta, y eso lo entendí en cuanto abrí la puerta del cuarto donde él había dormido los últimos veinte años de su vida.

Le pedí a doña Meche que me acompañara. Ella conocía cada cajón mejor que yo.

—Niña Renata, hay cosas aquí que ni yo recordaba —dijo, abriendo el ropero con el mismo cuidado con que se abre un sobre viejo—. Su abuelo guardaba todo, hasta los boletos de avión.

Encontramos trajes que olían a naftalina, plumas sin tinta, un reloj parado en una hora que ya no significaba nada. Lo que no encontramos fue la pulsera de cuentas que don Ignacio traía puesta en cada fotografía que yo recordaba de él, la que se sobaba entre los dedos cuando algo lo inquietaba, la que de niña me dejaba jugar mientras fingía regañarme por robársela.

—¿Dónde está la pulsera del abuelo? —pregunté, con la voz ya más tensa de lo que hubiera querido.

Doña Meche bajó la mirada, incómoda.

—El señor Raúl mandó vender varias cosas, mija. Poco después del entierro. Dijo que era "para gastos de la casa".

Algo se me cerró en el pecho, apretado y frío. No era solo un objeto. Era de las pocas cosas que me quedaban de sus manos.

Bajé a buscar a tío Raúl a su estudio, todavía con la puerta del ropero abierta detrás de mí en la memoria.

—¿Con qué derecho vendió usted las cosas de mi abuelo? —le pregunté, sin rodeos.

Levantó apenas la vista del periódico, con esa falsa cordialidad que ya conocía de memoria.

—Sobrina, eran cosas viejas. Nadie las iba a extrañar.

—Yo las extraño —dije—. Y el licenciado Ortega ya sabe que las vendió sin autorización de la heredera. Puede sumarse a la lista de cargos, tío, si sigue con esa actitud.

—Siempre con amenazas, sobrina —dijo, doblando el periódico con un golpe seco, como si eso zanjara algo—. Su abuelo hubiera estado avergonzado de ver en qué se convirtió usted.

—Mi abuelo hubiera estado avergonzado de ver en qué se convirtió esta casa mientras yo estaba presa —contesté, sin alzar la voz—. Buenas tardes, tío.

No esperé su respuesta. No la necesitaba.

—————

Le pedí a Ortega que rastreara la venta. Le tomó tres días.

—Fue a dar, por pura casualidad del mercado de antigüedades, a manos de Maximiliano Bracamonte —me dijo, con el tono cuidadoso de quien sabe que la noticia va a doler de dos maneras distintas—. Compró un lote completo hace meses, sin saber qué era. Su gente apenas identificó la pieza la semana pasada.

Lo llamé esa misma tarde. No hubo saludo de mi parte.

—Tengo entendido que tiene algo que es mío.

—¿Ah, sí? —Su voz sonó divertida, como si llevara semanas esperando esa llamada—. ¿Y qué sería?

—La pulsera de mi abuelo. Cuentas de azabache, cordón viejo. Quiero que me la devuelva.

Hubo un silencio del otro lado, de los que él usaba para hacerme esperar.

—Se la devuelvo con una condición —dijo por fin—. Trabaja para mí una semana. Mi asistente personal, ocho a ocho, sin excepciones. A ver si por fin aprende lo que es servir de verdad.

Apreté el teléfono contra la oreja.

—¿Está usted jugando conmigo, licenciado Bracamonte?

—Nunca he hablado más en serio.

Cerré los ojos. Pensé en las manos de mi abuelo alrededor de esas cuentas, en la manera en que las giraba cuando algo lo inquietaba. No iba a dejar que Max la tuviera ni un día más de lo necesario.

—Acepto.

—————

La semana fue exactamente la humillación calculada que él quería que fuera. Le cargué carpetas, le serví café que nunca tomaba, esperé de pie en juntas donde nadie más que yo notaba que estaba ahí, con los tacones clavándoseme en los talones. El tercer día, Bianca llegó a la oficina sin avisar, se sentó en el borde del escritorio de Max con una familiaridad que no necesitaba palabras, y me pidió, con esa dulzura que ya sabía reconocer como veneno, que le trajera un té.

—Con dos de azúcar, por favor, Renata —dijo, sonriendo—. Ay, qué bien que ya sabes dónde está todo aquí.

No le di el gusto de una respuesta. Le traje el té. Max, detrás de su escritorio, no levantó la vista de los documentos, y yo no supe si eso era piedad o simple indiferencia.

Los días siguientes fueron iguales: correcciones en voz alta delante de sus directores, pequeñas órdenes sin necesidad ("tráeme esto", "espera afuera", "otra vez, mal"), y yo aguantando cada una con la espalda recta, calculando cuántas horas faltaban.

Julián me llamó el jueves, alertado por no sé quién.

—Me dijeron que estás trabajando de asistente para Bracamonte —dijo, sin ocultar el enojo—. Renata, eso es humillante. Puedo mandarte un abogado ahora mismo y sacarte de ahí.

—Es por la pulsera de mi abuelo, Julián. Un día más y se acaba.

—No tienes que probarle nada a ese hombre.

—No se lo estoy probando a él —dije, mirando por la ventana del pasillo hacia las oficinas de Max, dos pisos abajo—. Me lo estoy probando a mí. Puedo aguantar lo que sea con tal de recuperar lo que es mío.

Julián se quedó callado un momento, y por su silencio entendí que no estaba de acuerdo, aunque no iba a insistir más.

—Termina rápido esa semana —dijo por fin—. Y llámame si Bracamonte se pasa de la raya.

El viernes, cuando entré a su oficina con el último documento del día, lo encontré parado junto a la ventana, con la caja de la pulsera cerrada sobre el escritorio, mirándola como si no supiera qué hacer con ella.

—Aquí tiene su... —empezó, y se detuvo. Algo en su cara cambió, apenas, como si hubiera escuchado sus propias palabras un segundo tarde—. Tu semana termina hoy.

—Gracias por avisarme —dije, seca, y salí sin esperar la pulsera, con la dignidad como única moneda que me quedaba.

Alcancé a ver, en el reflejo del vidrio del pasillo, que él se quedaba ahí parado, con la caja todavía en la mano, viéndome alejarme.

—————

No volvió a llamarme esa noche. No hacía falta.

Tocaron la puerta de mi departamento pasadas las diez. Era Max, sin corbata, con la caja en el bolsillo del saco, sin el filo de sarcasmo que traía siempre puesto como armadura.

—Toma —dijo, tendiéndomela—. Es tuya. Siempre fue tuya.

—¿Sin condiciones? —pregunté, todavía desconfiada.

—Sin condiciones.

No dijo nada más. No se disculpó por la semana, no explicó el cambio, no intentó quedarse. Se dio la vuelta y bajó las escaleras antes de que yo lograra decidir si darle las gracias o cerrarle la puerta en la cara.

Abrí la caja despacio. Ahí estaban las cuentas gastadas, el cordón viejo, el mismo objeto que mi abuelo giraba entre los dedos cuando algo lo inquietaba. Cerré la mano alrededor de la pulsera y me quedé de pie en el pasillo vacío, sin saber todavía qué hacer con esa ternura torpe que Max, por primera vez desde que lo conocía, no había intentado disfrazar de crueldad.

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